Urgente: un regalo de última hora del Rey Baltasar

Quiero darte esta noche un regalo muy especial. Compartiré contigo una historia que viví hace ya muchos, muchísimos años… Recuerdo cada instante de aquel día como si hubiera ocurrido ayer mismo. Es sin duda el momento más especial de toda mi vida. Y lo viví junto a dos buenos amigos, Melchor y Gaspar.

Los tres llevábamos de viaje varios meses. Estábamos muy cansados. Aunque íbamos acompañados de varios sirvientes, el viaje se hacía cada vez más pesado. Tras hablar con el Rey Herodes estábamos más confundidos que nunca: él no sabía nada de otro Rey que debía nacer en Judea. Como buenos magos mirábamos constantemente al cielo y la estrella que perseguíamos gracias a los conocimientos astronómicos de Melchor se había detenido en Belén. ¡El problema es que allí no había rastro de ningún niño! ¡Y mucho menos de ningún Rey!

Aquella misma noche vimos a un grupo de pastores alborotados en medio del pueblo. No paraban de hablar. Estaban muy contentos. Les había pasado algo. Nos acercamos a preguntarles qué les ocurría y nos dijeron que muy cerca, a las afueras de Belén, habían conocido a un niño precioso recostado en un pesebre, recién nacido, a su madre y a su padre. Y nos dijeron que teníamos que ir a adorarle. “¿Pero cómo iba a estar el Rey que estábamos buscando en un pesebre?”, pensé.

Al final los tres decidimos ir a buscar a aquel niño. No perdíamos nada. ¿Sería aquel niño recién nacido el Mesías al que nos tenía que llevar la estrella? Nos tuvimos que alejar bastante de la ciudad de Belén, que estaba iluminada por antorchas, y nos sumergimos en la oscuridad del campo, entre varios olivos. Entonces, de repente, oímos aquel llanto. “Buahhhh. Buahhh”. En un establo. A lo lejos vimos al niño en brazos de una mujer sentada, su madre. El padre avivaba un fuego para que los tres entraran en calor. Junto a ellos había un buey, una mula y un burrito marrón oscuro.

Y de repente, nos vieron a lo lejos. Pero en vez de asustarse, la mujer, que mecía al niño en sus propios brazos, nos hizo un gesto con la mano para que nos acercáramos. Tanto ella como el padre nos sonrieron. Decidimos acercarnos a aquel lugar inhóspito pero que sentíamos muy cálido. No sabíamos muy bien por qué.

Nunca olvidaré que el niño se me quedó mirando fijamente unos segundos y que justo en aquel mismo instante sentí en mi corazón un fuerte pálpito. Mis rodillas se quebraron y me arrodillé ante aquel bebé regordete, que estaba a punto de quedarse dormido en los brazos de su mamá. Así fue mi primer encuentro con Dios. Lo vi en brazos de una mujer preciosa, que me sonrió con dulzura. Cuando me puse de nuevo de pie, aquella mujer me habló y me dijo: “¿Me ayudas? ¿Quieres cogerlo un momento?”. Yo le dije que no estaba acostumbrado a coger a un bebé. Y ella me respondió: “Le vas a gustar, ya lo verás”.

Después de aquel momento tan especial cada vez que me he encontrado a un hombre y a una mujer sin hogar, a un niño llorando que necesitaba consuelo, a una persona que tenía frío, a un enfermo que se sentía solo, o simplemente alguien que no tenía un lugar en el que reposar la cabeza, me he acordado de aquel niño tan especial. Tan bonito. ¡Tan luminoso! Y de aquella madre y de aquel padre que no tenían sitio en la posada de Belén. El niño se llamaba Jesús, la madre María y el padre José.

Sólo quería decirte una última cosa. Que tú también tienes la oportunidad de coger al niño Jesús en brazos. Hoy mismo si quieres. De hecho, ¡ya lo has cogido tantas veces sin ni siquiera darte cuenta..! Cuando has cuidado de un niño; cuando has atendido a un enfermo; cuando has dado una palabra de consuelo sincera a un desconocido; cuando has mirado a los ojos de aquellos pobres que viven rodeados de edificios pero cuyo techo es, con suerte, una caja de cartón… 

Si pones los ojos en el Cielo -que no está arriba de tu cabeza sino en lo más profundo de ti, en tu corazón- siempre habrá una estrella que te indique que cerca, más cerca de lo que crees, hay un Niño envuelto en pañales. ¡Bendito Niño! Si te atreves a buscarle probablemente su madre, sonriendo, te diga: “¿Me ayudas? ¿Quieres cogerlo un momento?”

Te manda un abrazo enorme,

El Rey Baltasar

Hágase la luz

Perspectiva. Hoy me he despertado con esta palabra en la cabeza y la buscado en el diccionario. Admito que siento cierto placer al rastrear en ese libro tan gordo como la Biblia donde hay miles de combinaciones posibles, capaces de hacer magia. Me he quedado con la tercera definición. “Manera de ver algo desde un punto espacial determinado”. Y he pensado que no es lo mismo observar desde lo alto de una montaña que mirar desde lo más bajo de un valle. Tampoco es lo mismo observar el asfalto desde la ventana de mi impersonal oficina que, arrodillado en el banco de una iglesia, contemplar el Cielo a través de una vidriera de colores.

Hace unos meses salí a caminar a la montaña con un buen amigo. Había sido una semana dura. Quizás estresante en el trabajo. Quizás estaba preocupado por el futuro. Digo quizás porque no me acuerdo bien. Lo que único que sé es que era sábado y que sentí gran alivio en el estómago al observar la ciudad de Madrid desde lo alto de una cumbre en la sierra.

No recuerdo el nombre de la montaña que subimos pero hay impresiones que nunca se olvidan. Mirar desde lo alto, desde muy muy alto, me hizo sentirme pequeño, muy pequeño. Y al mismo tiempo me vi grande. Más grande que nunca. Pequeño en medio de la naturaleza salvaje pero grande ante los problemas de la ciudad que me abruma y que ahora veía diminuta, como si de una maqueta de juguete se tratara. Si llego pronto o tarde al trabajo; si tardo diez minutos más en entregar un artículo a mi jefe; si recibiré esa importantísima llamada de teléfono con la que llevo días soñando; si me peleo con mi chica por no se qué; si he descubierto el sentido completo de mi vida… ¡Qué más da!

Me viene a la cabeza otro momento cumbre. Mi amigo y yo subimos La bola del mundo. El nombre de este pico sí que lo recuerdo. Nevaba muchísimo. La niebla y el color blanco lo envolvían prácticamente todo. El agua gélida golpeaba mis mejillas como si fueran diminutos cuchillos. Y se nos hacía tarde. Si no nos dábamos prisa, se nos echaría la noche encima. Pero nosotros continuábamos subiendo el monte mientras que los otros caminantes bajaban, decepcionados, huyendo de una borrasca imposible. “¿Se ve algo allí arriba?”, preguntó mi amigo a unos caminantes que descendían. Pero no. No había vistas.

Y de repente a mi amigo, que es católico como yo, se le ocurrió decir en voz alta: “Te pedimos Señor que quites las nubes y nos regales un paisaje mucho más claro”.  Como si hubiera pronunciado un encantamiento, las nubes desaparecieron y pudimos contemplar el cielo azul mientras que las nubes huían a la derecha con pavor. No había sido magia. Era la oración. Suspiré. “Y dijo Dios: hágase la luz. Y de repente la luz se hizo”, relata el Génesis.

Pero al observar el mundo con más claridad, mi amigo vio otra montaña a lo lejos y me propuso subirla. Y yo, que no estaba demasiado en forma, resoplé perdiendo un poco la paciencia. Mientras que él, desde arriba, veía una nueva oportunidad de seguir caminando, yo, timorato y cansado, desde más abajo, sentía que además de subir una montaña, por culpa de la claridad en el cielo, ahora me tocaría remontar una segunda cumbre. No me quedaban fuerzas.

Al final me arrojé, como las cabras, al monte. A luchar contra la nieve y las piedras con mis zapatillas de paseo. En pleno invierno. Estuve a punto de resbalarme varias veces y, al final, me caí. Gracias a Dios no me rompí nada. Cuando ya estaba en las faldas de aquella montaña, con la adrenalina de haber logrado algo que me parecía imposible, logré motivarme para seguir subiendo cumbres y perder de paso treinta kilos que me sobraban. Sí, treinta. Lo conseguí. Y aunque aún no soy una cabra montesa, sueño con que quizás algún día pueda llegar a ser tan ligero como ellas, que son capaces de desafiar la gravedad como los astronautas cuando pasean por la luna.

«Ya no merezco ser llamado hijo tuyo»

Ha pasado de apestar a colonia cara Dolce & Gabana a desprender, por cada poro de su piel, una leve fragancia a fosa séptica. Está sucio. Como si hubiera limpiado una chimenea. Calza unas Nike, está embutido en una chaqueta de cuero y lleva un iPhone con la pantalla rota en el bolsillo de los vaqueros. Pero ya no le queda prácticamente nada más. Lleva una semana sin ducharse.

Hace dos meses atrás dormía en una cama de sábanas blancas de lino. Acompañado pero solo. Ahora lo hace entre cartones, como si fuera basura para reciclar. Más solo. ¿Más solo? Son las siete y cinco de la mañana. Ha empezado a amanecer. Abre los ojos. Pero no se levanta. Miles de pensamientos revolotean en su cabeza en apenas diez segundos.

—Qué frío. Necesito una raya. Me mataré. Lo juro. Prefiero estar muerto que ser un pobre de mierda. Si no me mato yo algún día me despertaré congelado. Puto frío. Tres noches ya. Tres putas noches durmiendo en la puta calle. Tengo hambre. Me muero de hambre. ¡Mírate! ¡Das asco! Doy puto asco. Ni siquiera puedo pensar del hambre que tengo. Necesito una raya. ¡Joder! Soy un cobarde. Si ni siquiera me voy a matar. No tengo valor ni para matarme. Soy una inmensa mierda. Eso es único lo que soy. Una inmensa mierda. Marrón oscura. Negra. Necesito es una raya. O un cigarro. O una chica. ¡Ja! ¡Venga, hombre! Si doy asco. ¿Quién va a querer arrimarse a este saco de huesos? Si no tengo dinero ni para un café. Parezco sacado de Auschwitz. Doy pena.

Trata de levantarse lentamente. Nada diría ahora que cuando tenía veintidós años corría un maratón cada tres meses. Se cruje la espalda y los dedos de las manos y trata de entrar en calor recorriendo impulsivamente los tres metros que hay dentro del cajero automático en el que duerme. Como un ratón en su jaula. Él se siente más bien como una de esas ratas alargadas que viven en las alcantarillas. Y que nadie quiere ver. Observa que del portal de enfrente salen un niño y su padre. De la mano. La ciudad comienza a despertarse.

— ¡Pobre niño! No sabe a qué mundo ha venido. ¿Y su padre? Mira el bobo del padre. ¿No se le cae la cara de vergüenza? ¡Mira que haber traído a un crío a este mundo de mierda! Iluso. Tonto. La que le espera. No le sueltes la mano. A mi me la soltaron y, ya me ves, aquí estoy. No me ves. Soy bobo. Un idiota. ¡Un subnormal! ¡Joder! Mira que haberme ido de casa. La culpa es de mi padre. Me cago en mi puta vida. ¡Siempre tan bueno! ¡Taaaan delicadooo! No sabe bien lo que es este mundo al que me trajo. Joder. Joder. ¡Joder! Puta vida de mierda. ¿Por qué no me paró, joder? ¿Por qué dejo que su “hijito” se llevara la herencia y que me fuera de casa? Si ni siquiera soy su hijo. Le estafé. ¡Todos los trabajadores de mi padre tienen algo que llevarse a la boca y yo, aquí, muriéndome de hambre! ¡De asco! ¿Y mi hermano? Don Perfecto. ¡Ay, don Perfecto! Mejor no me caliento. Puta vida.

El joven sale del cajero, su jaula nocturna, a respirar aire puro. Y a fumar. Se enciende un cigarrillo que ha encontrado gastado a la mitad en la acera. Le ayuda a calmar un poco el mono. Trata de limpiar la boquilla con los dedos. La ensucia más. Se saca una cerilla. Enciende el pitillo y aspira. Entre calada y calada, ve como un tenue rayo de sol se cuela entre los edificios, la contaminación y las nubes. Tiene una idea. Exhala.

—No puedo más. Ya está. Volveré a la casa de mi padre. Le diré algo así: «Soy lo peor. Lo siento, papá. Perdón. Mil veces perdón. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros del campo, pero dame de comer. Trabajaré. Haré lo que quieras. Pero necesito un techo. ¿No te doy pena? Te dejaré en paz. Me portaré bien. Cumpliré tus normas. Pero ayúdame. ¡Ayúdame! Dame algo de comer. Aunque sea hoy. Déjame algún sitio en el que pueda dormir” ¿Colará?

Tira el cigarrillo, apurado, al suelo. Lo apaga con la suela de sus Nike. Saca el iPhone del bolsillo, apagado. Si hubiera tenido batería hubiera escrito en sus notas. «Día 4. Toca volver a la casa de mi padre».

El día después de la vuelta a casa del hijo pródigo

Mientras que las nubes grises se alejan en el cielo, un rayo de luz fuerte, más potente que el resto, golpea al hijo menor en el rostro. Sigue recostado en el suelo. Ha dormido encogido en posición fetal, en el parqué de madera, a la vera de una cama que ha pasado la noche desangelada. Vacía. El joven, entre sueño y sueño, ha acabado boca arriba. Con brazos y piernas estiradas, como si estuvieran a punto de dibujar un ángel gigante la nieve. Bosteza. Saca de dentro un gran quejido. Hace un ademán de incorporarse.

Al fin, tras pensárselo dos veces, se levanta de un salto. Es puro nervio. Se dirige directo al baño. Le duelen todos los huesos. Lógico. No tienen apenas músculo ni carne para reposar. Tiempo al tiempo. Sólo lleva una noche en casa y una cena. Se baja los calzoncillos y los pantalones, se sienta en el retrete y su estómago se deshace con rapidez de los restos de un ternero cebado. Suspira. Se levanta más ligero. Se sube de nuevo los pantalones. Tira de la cadena.

Coge agua del barreño. Y se la arroja a la cara para quitarse las legañas. El agua sigue caliente. Está limpia. Ayer utilizó el mismo cubo para limpiarse el barro del camino. ¿Magia? No. La habrán cambiado durante la noche. Algún sirviente. O su propio padre. Se mira de nuevo al espejo. Se ha quitado unos años de encima.

Busca su antigua maquinilla de afeitar. La encuentra. Es de las pocas cosas que se dejó en casa cuando se marchó. Después de untarse un poco de jabón en las mejillas, rasura bien la piel de su cara y se quita los pocos pelos rebeldes que le salen en algunos lugares del rostro. En la perilla se pueden entrever incluso algunas canas. Limpia la maquinilla y se echa más agua en la cara para limpiarse. Afeitado parece un adolescente. En su rostro aparece una media sonrisa, que nunca termina de desplegarse por completo cuando está solo. Entre sus delgados labios salen a relucir sus dientes, tintados aún por el vino rosado de la cena. Coge el cepillo de dientes, echa un buen pegote de pasta y empieza a frotar las encías. De arriba a abajo. De izquierda a la derecha. Repite la operación. Una y otra vez. Coge un buche de agua. Hace gárgaras. Escupe. Un poco de sangre mezclada con restos de vino y agua. Exhala aire con todas su fuerzas. El oxígeno le sabe bien. Como un trago de whisky duro. Suspira.

Ha dormido solo con los pantalones puestos. Hace calor en aquella casa a pesar de que la calle está completamente gélida, cubierta con una mullida capa de copos de nieve. Aún no es Navidad, pero queda poco. Se desnuda del todo. Antes de arrancar el día quiere limpiarse en profundidad. Que no quede rastro de su antigua vida. Sus mejillas se sonrojan. Quiere estar presentable. Para su padre. ¿Para su padre?

Coge una esponja y empieza a frotarse la piel con ganas, jabón y agua caliente. Repasa bien sus codos y sus rodillas. Termina metiendo de nuevo la cabeza, con sus cabellos largos enredados, en el cubo de agua cálida, como hizo anoche. Contiene por segundos —parecen minutos— el flujo del aire a sus pulmones. El mundo se para. En seco. Saca la cabeza chorreando como si fuera a rematar un balón y empapa toda la pared. Respira jadeando. Le falta el aire. ¿Cuántas veces le había faltado el aire y ni siquiera se ha dado cuenta de ello? Se mira de nuevo en el espejo mientras se seca. “Parezco un hombre nuevo”, se repite. De golpe y porrazo, una duda se cuela en su cabeza. “¿Parezco un hombre nuevo o soy un hombre nuevo?”.

Vuelve a la habitación para buscar la camisa blanca que le prestó ayer su padre. Las sandalias están en la alfombra y la camisa doblada, encima de la cama, sin ninguna arruga. Aún huele a flores. Percibe un matiz. Una fragancia a rosas rojas recién cortadas. ¿Y las espinas? Siente de repente un escalofrío por todo el cuerpo. Corriendo, aún medio mojado, se pone la camisa, los calzonzillos, los pantalones. Sigue descalzo. Casi se resbala.

Se dirige de nuevo al lugar en el que está empezando a sentirse más cómodo en aquella casa enorme. El espejo. Entre los botones de la camisa revisa, como si fuera su propia madre, que se ha limpiado bien el ombligo y que no queda rastro de suciedad en ninguna parte de su cuerpo. Ve de nuevo las cicatrices que adornan su piel escuálida. Unas líneas rojizas que tardarán en irse. ¿Desaparecerán alguna vez? Se lo preguntará a su padre. Vuelve a ser un niño. El niño que nunca quiso dejar de ser.

Piensa en su hermano. “Es normal que me odie”. Él tampoco quiere verle. “Mi hermano, don Perfecto”. Su hermano le recuerda quien era. Y quien no puede llegar a ser. “Tu hijo”. Esas dos palabras las lleva clavadas, como un dolor fuerte de estómago, desde anoche. Escupe en el lavabo. Baja la mirada al suelo. Sus pies siguen callosos y sucios. Desiste de limpiarse más. Se pone las sandalias.

—¡El desayuno está listo!—grita uno de los sirvientes de su padre por el hueco de la escalera. El joven se emociona. El hijo menor ya no es el hijo pródigo.

Recobra el ánimo. Vuelve a tener hambre. Mentira. Nunca deja de tener hambre. Endereza la cabeza para contemplar su rostro en el espejo. Toma el cepillo del pelo, se hace una raya a la izquierda y separa sus mechones ondulados y castaños, poco a poco. Poco a poco. Su melena larga y castaña ya no parece un estropajo. Antes de bajar a desayunar se contempla por última vez. Esta vez se asoma como un junco al cristal de la ventana, al trasluz. Sus ojos están relucientes. Reflejan el sol potente. Antes de abrir la puerta, coge el peine como si fuera un pincel y se coloca bien el flequillo. Sus dientes aparecen otra vez entre sus labios. Completamente blancos. Sus mejillas están despejadas y sonrosadas. Y su frente despejada. Suspira. De alivio. Es un nuevo día. El día después de la vuelta del hijo pródigo a la casa del padre. ¿Su casa? Su casa. Abre la puerta, la deja a su espalda y da un portazo.

— Papá, ¡ahora mismo bajo!—grita escalera abajo.

La primera noche del hijo pródigo en casa

Cuando terminó la fiesta y todos los sirvientes se habían ido a la cama, el hijo menor se dirigió, de puntillas para no hacer demasiado ruido, a su antigua habitación. No quería despertar a su hermano mayor. Se sentía satisfecho. Normal, sobre todo después de haber relamido las costillas de un ternero cebado que había matado su padre solo para él. Nunca había probado un vino mejor. Y pensar que llevaba una eternidad, tres días, sin probar bocado. Los sirvientes habían comido cordero. Aquello había sido un auténtico banquete de bodas. Pero, ¿dónde estaba la novia? 

Su habitación estaba como la dejó hace unos años. Quizás un poco más limpia. Se quitó poco a poco los botones de la camisa blanca que le había prestado su padre al llegar a casa. Todavía olía a flores frescas. Resopló. Con el torso desnudo se puso delante del espejo y lo que vio fue un cuerpo flaco, desangelado, lleno de arañazos. Seguía un poco sucio. Daba pena. “¿Aquello había sido la novia de aquella fiesta? ¿En serio?”, se dijo a si mismo.

Se atrevió a explorar un poco más en el espejo. Por unos segundos se cruzó con sus propios ojos. Y se sobresaltó. Desvió de nuevo la mirada a su torso y vio restos de barro en el ombligo, una parte del cuerpo que ni recordaba que existía. Murmulló mientras se dirigía a la cama. “Veintisiete años pero mis rodillas rechinan como si tuviera setenta”. Estaba acostumbrado a murmullar. Sonrió. Se sentó en la cama y se quitó con delicadeza las sandalias que le había regalado su padre al volver a casa. Sus pies estaban llenos de callos y durezas. El camino había sido extenuante. Si su padre no hubiera salido a su encuentro, cubriéndole de besos y llevándole en volandas a casa, entre abrazo y abrazo, no habría podido dar un paso más.

Descalzo, se acercó de nuevo al espejo. Sentía necesidad de ver de nuevo su reflejo. Vio sus costillas desangeladas, recubiertas por piel más que por carne. Sintió pena de si mismo. ¿O asco? Resopló de nuevo. Se acordó de su hermano. Se le iluminaron los ojos al pensar en él. Casi no habían hablado. No sabía qué decirle. Estaba más gordo que cuando lo vio por última vez. ¿O era él el que estaba más flaco? De pequeños todo el mundo les decía que eran dos gotas de agua. Echaba de menos ser un niño. ¿Podría volver a serlo de nuevo?

Abrumado por tantos pensamientos, se dirigió al baño. Metió la cabeza en un barreño de agua caliente que le habría dejado preparado alguno de los sirvientes de su padre. Y dejó reposar sus pensamientos en el agua unos siete segundos. Cuando necesitó respirar, sacó la cabeza del agua caliente y, sin secarse con una toalla, dejando que las gotas que caían de su largo cabello quitaran la suciedad que aún quedaba en su torso desnudo, fue sincero consigo mismo. Había conseguido lo que quería. Ya no tenía hambre. Era lo que buscaba cuando decidió volver a casa. ¿Pero era lo único que quería?

Mientras se secaba con una toalla, miró por la ventana el camino que había recorrido. Y resopló por tercera vez. Desvió la vista a la cama. Blandita. Acolchada. Llena de cojines. Se recostó en ella. Pero había algo que no le hacía sentirse del todo cómodo. Tras varios minutos dando vueltas en aquel éxtasis de almohadas y sábanas, se levantó de un respingo y se tumbó en el suelo. Encogido en posición fetal. Había pasado de mascar bellotas a relamer las costillas de un ternero cebado en un sólo día. Demasiado cambio en tan poco tiempo para aquel hombre de veintisiete años que estaba recuperando su antigua vida. ¿O comenzando una nueva?

Acomodado en la esquina de su antigua habitación, cerró los ojos. Su media sonrisa en el rostro denotaba satisfacción. Plenitud. Alegría. Y de esa forma, a su manera, aún un poco sucio después de una larga travesía y una copiosa cena, se quedó plácidamente dormido en aquel suelo de madera de la casa de su hermano y de su padre. ¿Su casa? Mañana sería otro día.

Continuará…

De la mano de mi papá

De niño me encantaba ir de la mano de mi papá. Recuerdo con ternura como, cuando salíamos de paseo, mis pequeños dedos quedaban sumergidos bajo la piel rugosa de aquel hombre que me hacía sentir seguro. Confiado. Feliz.

Una tarde, unos mocosos del barrio se rieron de mí: “¿Vas siempre de la mano de tu papá, enano?”, me dijeron. Fue la primera vez en la que sentí auténtica vergüenza. Atemorizado, arranqué con fuerza la mano de la de mi padre. Como quien rompe un nudo bien atado. De un tirón. Salí corriendo.

Sin pensar adonde me dirigía, empecé a correr y a correr sin ningún destino. Crucé la calle. No esperé a que se pusiera el semáforo en verde. Casi me atropellan. Al final, terminé tropezándome con el bordillo. Y me clavé en el muslo los restos de una botella de cristal rota que estaba en el suelo. Mi padre salió corriendo rápidamente detrás de mí.

En dos zancadas, llegó a mi lado. Con sus corpulentas manos me cogió en brazos, me acurruqué en su pecho y, sin ningún reproche, mientras yo lloraba y lloraba, me llevó al hospital. «¡Tranquilo, hijo! ¡Tranquilo, hijo! ¡Estoy contigo!», recuerdo que me repetía por el camino.

En la sala de espera de urgencias, mi padre no me dejó en ningún momento solo, aunque yo gritaba y lloraba tanto que casi no podía verle. Del dolor, se me olvidaba que estaba a mi lado. Mi padre no me quitó el cristal que tenía clavado en el muslo. Tampoco dejaba que yo lo hiciera. Yo no lo entendía. ¡Me dolía! Más tarde me contó que sólo había dos opciones: sufrir un poco o morir desangrado.

Sí que recuerdo que acariciaba mi cabeza con su mano, la cabeza de su pequeño grandullón. Y que me decía que no me pasaría nada, que confiara en él. Que todo iba a salir bien. Pero a mi me seguía doliendo. Aunque me sonreía para que no me preocupara, no podía esconder su cara de inquietud. Es muy malo disimulando.

Cuando el médico me llamó a la consulta y empezó a retirar los trozos de cristal con mucho cuidado, yo seguía llorando y gritando: «¡Papá, me duele! ¡Papá, me duele!» Él me miraba con ternura. «Yo ya he pasado por algo parecido antes, hijo, y aquí estoy. ¡Sé valiente, grandullón!», me dijo apretando de nuevo mi mano con fuerza.

Mientras el médico me curaba, él retorcía sus manos. Y apretaba sus puños cada vez que hurgaban en mi pierna. ¡Ni que tuviera una herida como la mía! Creo recordar que sus ojos también brillaban, como los míos, cuando el doctor echó alcohol a mi herida para limpiarla. Pero él no gritaba. Incluso trataba de bromear.

Se relajó por fin cuando vio que yo lloraba cada vez menos. El médico me había puesto un calmante que empezaba a hacer efecto mientras enrollaba con fuerza una venda en mi pierna para taponar el tajo que me había hecho. Sólo entonces, mi padre se sentó. Estiró las piernas, relajó su hombros, dejó las manos reposando sobre sus rodillas y miró al techo como si buscara el cielo. Suspiró. Todo había pasado.

Cuando el médico terminó de curarme y nos dijo adiós, recuerdo que mi padre me cogió en brazos de nuevo. Pero haciéndome el valiente, le dije: «Papá, bájame al suelo. Voy a intentar ir andando, que ya soy mayor». Me guiñó un ojo. «Está bien, grandullón, pero haz el favor de darme la mano». Cojeando, como si fuera un héroe de guerra, salí del hospital con la mano izquierda en el bolsillo y la derecha dentro de la mi papá. Más chulo que un ocho. Era ─y aún soy ─ el niño más querido del mundo.

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