“Ya no merezco ser llamado hijo tuyo”

Ha pasado de apestar a colonia cara Dolce & Gabana a desprender, por cada poro de su piel, una leve fragancia a fosa séptica. Está sucio. Como si hubiera limpiado una chimenea. Calza unas Nike, está embutido en una chaqueta de cuero y lleva un iPhone con la pantalla rota en el bolsillo de los vaqueros. Pero ya no le queda prácticamente nada más. Lleva una semana sin ducharse.

Hace dos meses atrás dormía en una cama de sábanas blancas de lino. Acompañado pero solo. Ahora lo hace entre cartones, como si fuera basura para reciclar. Más solo. ¿Más solo? Son las siete y cinco de la mañana. Ha empezado a amanecer. Abre los ojos. Pero no se levanta. Miles de pensamientos revolotean en su cabeza en apenas diez segundos.

—Qué frío. Necesito una raya. Me mataré. Lo juro. Prefiero estar muerto que ser un pobre de mierda. Si no me mato yo algún día me despertaré congelado. Puto frío. Tres noches ya. Tres putas noches durmiendo en la puta calle. Tengo hambre. Me muero de hambre. ¡Mírate! ¡Das asco! Doy puto asco. Ni siquiera puedo pensar del hambre que tengo. Necesito una raya. ¡Joder! Soy un cobarde. Si ni siquiera me voy a matar. No tengo valor ni para matarme. Soy una inmensa mierda. Eso es único lo que soy. Una inmensa mierda. Marrón oscura. Negra. Necesito es una raya. O un cigarro. O una chica. ¡Ja! ¡Venga, hombre! Si doy asco. ¿Quién va a querer arrimarse a este saco de huesos? Si no tengo dinero ni para un café. Parezco sacado de Auschwitz. Doy pena.

Trata de levantarse lentamente. Nada diría ahora que cuando tenía veintidós años corría un maratón cada tres meses. Se cruje la espalda y los dedos de las manos y trata de entrar en calor recorriendo impulsivamente los tres metros que hay dentro del cajero automático en el que duerme. Como un ratón en su jaula. Él se siente más bien como una de esas ratas alargadas que viven en las alcantarillas. Y que nadie quiere ver. Observa que del portal de enfrente salen un niño y su padre. De la mano. La ciudad comienza a despertarse.

— ¡Pobre niño! No sabe a qué mundo ha venido. ¿Y su padre? Mira el bobo del padre. ¿No se le cae la cara de vergüenza? ¡Mira que haber traído a un crío a este mundo de mierda! Iluso. Tonto. La que le espera. No le sueltes la mano. A mi me la soltaron y, ya me ves, aquí estoy. No me ves. Soy bobo. Un idiota. ¡Un subnormal! ¡Joder! Mira que haberme ido de casa. La culpa es de mi padre. Me cago en mi puta vida. ¡Siempre tan bueno! ¡Taaaan delicadooo! No sabe bien lo que es este mundo al que me trajo. Joder. Joder. ¡Joder! Puta vida de mierda. ¿Por qué no me paró, joder? ¿Por qué dejo que su “hijito” se llevara la herencia y que me fuera de casa? Si ni siquiera soy su hijo. Le estafé. ¡Todos los trabajadores de mi padre tienen algo que llevarse a la boca y yo, aquí, muriéndome de hambre! ¡De asco! ¿Y mi hermano? Don Perfecto. ¡Ay, don Perfecto! Mejor no me caliento. Puta vida.

El joven sale del cajero, su jaula nocturna, a respirar aire puro. Y a fumar. Se enciende un cigarrillo que ha encontrado gastado a la mitad en la acera. Le ayuda a calmar un poco el mono. Trata de limpiar la boquilla con los dedos. La ensucia más. Se saca una cerilla. Enciende el pitillo y aspira. Entre calada y calada, ve como un tenue rayo de sol se cuela entre los edificios, la contaminación y las nubes. Tiene una idea. Exhala.

—No puedo más. Ya está. Volveré a la casa de mi padre. Le diré algo así: “Soy lo peor. Lo siento, papá. Perdón. Mil veces perdón. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros del campo, pero dame de comer. Trabajaré. Haré lo que quieras. Pero necesito un techo. ¿No te doy pena? Te dejaré en paz. Me portaré bien. Cumpliré tus normas. Pero ayúdame. ¡Ayúdame! Dame algo de comer. Aunque sea hoy. Déjame algún sitio en el que pueda dormir” ¿Colará?

Tira el cigarrillo, apurado, al suelo. Lo apaga con la suela de sus Nike. Saca el iPhone del bolsillo, apagado. Si hubiera tenido batería hubiera escrito en sus notas. “Día 4. Toca volver a la casa de mi padre”.

El día después de la vuelta a casa del hijo pródigo

Mientras que las nubes grises se alejan en el cielo, un rayo de luz fuerte, más potente que el resto, golpea al hijo menor en el rostro. Sigue recostado en el suelo. Ha dormido encogido en posición fetal, en el parqué de madera, a la vera de una cama que ha pasado la noche desangelada. Vacía. El joven, entre sueño y sueño, ha acabado boca arriba. Con brazos y piernas estiradas, como si estuvieran a punto de dibujar un ángel gigante la nieve. Bosteza. Saca de dentro un gran quejido. Hace un ademán de incorporarse.

Al fin, tras pensárselo dos veces, se levanta de un salto. Es puro nervio. Se dirige directo al baño. Le duelen todos los huesos. Lógico. No tienen apenas músculo ni carne para reposar. Tiempo al tiempo. Sólo lleva una noche en casa y una cena. Se baja los calzoncillos y los pantalones, se sienta en el retrete y su estómago se deshace con rapidez de los restos de un ternero cebado. Suspira. Se levanta más ligero. Se sube de nuevo los pantalones. Tira de la cadena.

Coge agua del barreño. Y se la arroja a la cara para quitarse las legañas. El agua sigue caliente. Está limpia. Ayer utilizó el mismo cubo para limpiarse el barro del camino. ¿Magia? No. La habrán cambiado durante la noche. Algún sirviente. O su propio padre. Se mira de nuevo al espejo. Se ha quitado unos años de encima.

Busca su antigua maquinilla de afeitar. La encuentra. Es de las pocas cosas que se dejó en casa cuando se marchó. Después de untarse un poco de jabón en las mejillas, rasura bien la piel de su cara y se quita los pocos pelos rebeldes que le salen en algunos lugares del rostro. En la perilla se pueden entrever incluso algunas canas. Limpia la maquinilla y se echa más agua en la cara para limpiarse. Afeitado parece un adolescente. En su rostro aparece una media sonrisa, que nunca termina de desplegarse por completo cuando está solo. Entre sus delgados labios salen a relucir sus dientes, tintados aún por el vino rosado de la cena. Coge el cepillo de dientes, echa un buen pegote de pasta y empieza a frotar las encías. De arriba a abajo. De izquierda a la derecha. Repite la operación. Una y otra vez. Coge un buche de agua. Hace gárgaras. Escupe. Un poco de sangre mezclada con restos de vino y agua. Exhala aire con todas su fuerzas. El oxígeno le sabe bien. Como un trago de whisky duro. Suspira.

Ha dormido solo con los pantalones puestos. Hace calor en aquella casa a pesar de que la calle está completamente gélida, cubierta con una mullida capa de copos de nieve. Aún no es Navidad, pero queda poco. Se desnuda del todo. Antes de arrancar el día quiere limpiarse en profundidad. Que no quede rastro de su antigua vida. Sus mejillas se sonrojan. Quiere estar presentable. Para su padre. ¿Para su padre?

Coge una esponja y empieza a frotarse la piel con ganas, jabón y agua caliente. Repasa bien sus codos y sus rodillas. Termina metiendo de nuevo la cabeza, con sus cabellos largos enredados, en el cubo de agua cálida, como hizo anoche. Contiene por segundos —parecen minutos— el flujo del aire a sus pulmones. El mundo se para. En seco. Saca la cabeza chorreando como si fuera a rematar un balón y empapa toda la pared. Respira jadeando. Le falta el aire. ¿Cuántas veces le había faltado el aire y ni siquiera se ha dado cuenta de ello? Se mira de nuevo en el espejo mientras se seca. “Parezco un hombre nuevo”, se repite. De golpe y porrazo, una duda se cuela en su cabeza. “¿Parezco un hombre nuevo o soy un hombre nuevo?”.

Vuelve a la habitación para buscar la camisa blanca que le prestó ayer su padre. Las sandalias están en la alfombra y la camisa doblada, encima de la cama, sin ninguna arruga. Aún huele a flores. Percibe un matiz. Una fragancia a rosas rojas recién cortadas. ¿Y las espinas? Siente de repente un escalofrío por todo el cuerpo. Corriendo, aún medio mojado, se pone la camisa, los calzonzillos, los pantalones. Sigue descalzo. Casi se resbala.

Se dirige de nuevo al lugar en el que está empezando a sentirse más cómodo en aquella casa enorme. El espejo. Entre los botones de la camisa revisa, como si fuera su propia madre, que se ha limpiado bien el ombligo y que no queda rastro de suciedad en ninguna parte de su cuerpo. Ve de nuevo las cicatrices que adornan su piel escuálida. Unas líneas rojizas que tardarán en irse. ¿Desaparecerán alguna vez? Se lo preguntará a su padre. Vuelve a ser un niño. El niño que nunca quiso dejar de ser.

Piensa en su hermano. “Es normal que me odie”. Él tampoco quiere verle. “Mi hermano, don Perfecto”. Su hermano le recuerda quien era. Y quien no puede llegar a ser. “Tu hijo”. Esas dos palabras las lleva clavadas, como un dolor fuerte de estómago, desde anoche. Escupe en el lavabo. Baja la mirada al suelo. Sus pies siguen callosos y sucios. Desiste de limpiarse más. Se pone las sandalias.

—¡El desayuno está listo!—grita uno de los sirvientes de su padre por el hueco de la escalera. El joven se emociona. El hijo menor ya no es el hijo pródigo.

Recobra el ánimo. Vuelve a tener hambre. Mentira. Nunca deja de tener hambre. Endereza la cabeza para contemplar su rostro en el espejo. Toma el cepillo del pelo, se hace una raya a la izquierda y separa sus mechones ondulados y castaños, poco a poco. Poco a poco. Su melena larga y castaña ya no parece un estropajo. Antes de bajar a desayunar se contempla por última vez. Esta vez se asoma como un junco al cristal de la ventana, al trasluz. Sus ojos están relucientes. Reflejan el sol potente. Antes de abrir la puerta, coge el peine como si fuera un pincel y se coloca bien el flequillo. Sus dientes aparecen otra vez entre sus labios. Completamente blancos. Sus mejillas están despejadas y sonrosadas. Y su frente despejada. Suspira. De alivio. Es un nuevo día. El día después de la vuelta del hijo pródigo a la casa del padre. ¿Su casa? Su casa. Abre la puerta, la deja a su espalda y da un portazo.

— Papá, ¡ahora mismo bajo!—grita escalera abajo.

La primera noche del hijo pródigo en casa

Cuando terminó la fiesta y todos los sirvientes se habían ido a la cama, el hijo menor se dirigió, de puntillas para no hacer demasiado ruido, a su antigua habitación. No quería despertar a su hermano mayor. Se sentía satisfecho. Normal, sobre todo después de haber relamido las costillas de un ternero cebado que había matado su padre solo para él. Nunca había probado un vino mejor. Y pensar que llevaba una eternidad, tres días, sin probar bocado. Los sirvientes habían comido cordero. Aquello había sido un auténtico banquete de bodas. Pero, ¿dónde estaba la novia? 

Su habitación estaba como la dejó hace unos años. Quizás un poco más limpia. Se quitó poco a poco los botones de la camisa blanca que le había prestado su padre al llegar a casa. Todavía olía a flores frescas. Resopló. Con el torso desnudo se puso delante del espejo y lo que vio fue un cuerpo flaco, desangelado, lleno de arañazos. Seguía un poco sucio. Daba pena. “¿Aquello había sido la novia de aquella fiesta? ¿En serio?”, se dijo a si mismo.

Se atrevió a explorar un poco más en el espejo. Por unos segundos se cruzó con sus propios ojos. Y se sobresaltó. Desvió de nuevo la mirada a su torso y vio restos de barro en el ombligo, una parte del cuerpo que ni recordaba que existía. Murmulló mientras se dirigía a la cama. “Veintisiete años pero mis rodillas rechinan como si tuviera setenta”. Estaba acostumbrado a murmullar. Sonrió. Se sentó en la cama y se quitó con delicadeza las sandalias que le había regalado su padre al volver a casa. Sus pies estaban llenos de callos y durezas. El camino había sido extenuante. Si su padre no hubiera salido a su encuentro, cubriéndole de besos y llevándole en volandas a casa, entre abrazo y abrazo, no habría podido dar un paso más.

Descalzo, se acercó de nuevo al espejo. Sentía necesidad de ver de nuevo su reflejo. Vio sus costillas desangeladas, recubiertas por piel más que por carne. Sintió pena de si mismo. ¿O asco? Resopló de nuevo. Se acordó de su hermano. Se le iluminaron los ojos al pensar en él. Casi no habían hablado. No sabía qué decirle. Estaba más gordo que cuando lo vio por última vez. ¿O era él el que estaba más flaco? De pequeños todo el mundo les decía que eran dos gotas de agua. Echaba de menos ser un niño. ¿Podría volver a serlo de nuevo?

Abrumado por tantos pensamientos, se dirigió al baño. Metió la cabeza en un barreño de agua caliente que le habría dejado preparado alguno de los sirvientes de su padre. Y dejó reposar sus pensamientos en el agua unos siete segundos. Cuando necesitó respirar, sacó la cabeza del agua caliente y, sin secarse con una toalla, dejando que las gotas que caían de su largo cabello quitaran la suciedad que aún quedaba en su torso desnudo, fue sincero consigo mismo. Había conseguido lo que quería. Ya no tenía hambre. Era lo que buscaba cuando decidió volver a casa. ¿Pero era lo único que quería?

Mientras se secaba con una toalla, miró por la ventana el camino que había recorrido. Y resopló por tercera vez. Desvió la vista a la cama. Blandita. Acolchada. Llena de cojines. Se recostó en ella. Pero había algo que no le hacía sentirse del todo cómodo. Tras varios minutos dando vueltas en aquel éxtasis de almohadas y sábanas, se levantó de un respingo y se tumbó en el suelo. Encogido en posición fetal. Había pasado de mascar bellotas a relamer las costillas de un ternero cebado en un sólo día. Demasiado cambio en tan poco tiempo para aquel hombre de veintisiete años que estaba recuperando su antigua vida. ¿O comenzando una nueva?

Acomodado en la esquina de su antigua habitación, cerró los ojos. Su media sonrisa en el rostro denotaba satisfacción. Plenitud. Alegría. Y de esa forma, a su manera, aún un poco sucio después de una larga travesía y una copiosa cena, se quedó plácidamente dormido en aquel suelo de madera de la casa de su hermano y de su padre. ¿Su casa? Mañana sería otro día.

Continuará…

De la mano de mi papá

De niño me encantaba ir de la mano de mi papá. Recuerdo con ternura como, cuando salíamos de paseo, mis pequeños dedos quedaban sumergidos bajo la piel rugosa de aquel hombre que me hacía sentir seguro. Confiado. Feliz.

Una tarde, unos mocosos del barrio se rieron de mí: “¿Vas siempre de la mano de tu papá, enano?”, me dijeron. Fue la primera vez en la que sentí auténtica vergüenza. Atemorizado, arranqué con fuerza la mano de la de mi padre. Como quien rompe un nudo bien atado. De un tirón. Salí corriendo.

Sin pensar adonde me dirigía, empecé a correr y a correr sin ningún destino. Crucé la calle. No esperé a que se pusiera el semáforo en verde. Casi me atropellan. Al final, terminé tropezándome con el bordillo. Y me clavé en el muslo los restos de una botella de cristal rota que estaba en el suelo. Mi padre salió corriendo rápidamente detrás de mí.

En dos zancadas, llegó a mi lado. Con sus corpulentas manos me cogió en brazos, me acurruqué en su pecho y, sin ningún reproche, mientras yo lloraba y lloraba, me llevó al hospital. “¡Tranquilo, hijo! ¡Tranquilo, hijo! ¡Estoy contigo!”, recuerdo que me repetía por el camino.

En la sala de espera de urgencias, mi padre no me dejó en ningún momento solo, aunque yo gritaba y lloraba tanto que casi no podía verle. Del dolor, se me olvidaba que estaba a mi lado. Mi padre no me quitó el cristal que tenía clavado en el muslo. Tampoco dejaba que yo lo hiciera. Yo no lo entendía. ¡Me dolía! Más tarde me contó que sólo había dos opciones: sufrir un poco o morir desangrado.

Sí que recuerdo que acariciaba mi cabeza con su mano, la cabeza de su pequeño grandullón. Y que me decía que no me pasaría nada, que confiara en él. Que todo iba a salir bien. Pero a mi me seguía doliendo. Aunque me sonreía para que no me preocupara, no podía esconder su cara de inquietud. Es muy malo disimulando.

Cuando el médico me llamó a la consulta y empezó a retirar los trozos de cristal con mucho cuidado, yo seguía llorando y gritando: “¡Papá, me duele! ¡Papá, me duele!” Él me miraba con ternura. “Yo ya he pasado por algo parecido antes, hijo, y aquí estoy. ¡Sé valiente, grandullón!”, me dijo apretando de nuevo mi mano con fuerza.

Mientras el médico me curaba, él retorcía sus manos. Y apretaba sus puños cada vez que hurgaban en mi pierna. ¡Ni que tuviera una herida como la mía! Creo recordar que sus ojos también brillaban, como los míos, cuando el doctor echó alcohol a mi herida para limpiarla. Pero él no gritaba. Incluso trataba de bromear.

Se relajó por fin cuando vio que yo lloraba cada vez menos. El médico me había puesto un calmante que empezaba a hacer efecto mientras enrollaba con fuerza una venda en mi pierna para taponar el tajo que me había hecho. Sólo entonces, mi padre se sentó. Estiró las piernas, relajó su hombros, dejó las manos reposando sobre sus rodillas y miró al techo como si buscara el cielo. Suspiró. Todo había pasado.

Cuando el médico terminó de curarme y nos dijo adiós, recuerdo que mi padre me cogió en brazos de nuevo. Pero haciéndome el valiente, le dije: “Papá, bájame al suelo. Voy a intentar ir andando, que ya soy mayor”. Me guiñó un ojo. “Está bien, grandullón, pero haz el favor de darme la mano”. Cojeando, como si fuera un héroe de guerra, salí del hospital con la mano izquierda en el bolsillo y la derecha dentro de la mi papá. Más chulo que un ocho. Era ─y aún soy ─ el niño más querido del mundo.

Papá, quiero ser policía

Pablo soñaba aquella tarde, mientras releía La Historia Interminable en el asiento trasero del coche patrulla de su padre, con que algún día emprendería una gran aventura que haría envidiar al mismo Bastián Baltasar Bux. Pablo, como Bastián, era capaz de sumergirse durante horas en los libros, pero lo que en realidad quería era dejar aparcadas las novelas, pasar a la acción y ser un policía de verdad. Como su padre. Lo que no sospechaba aquel flacucho de doce años, con grandes mofletes y un diente de color negro que se movía como un balancín, era que ese mismo día tendría su primera oportunidad.

      Acababa de salir del colegio y el niño, mirando por la ventanilla, sonreía al imaginar que cuando cumpliera dieciséis años conduciría su propia moto a toda velocidad, con la misma libertad y coraje que el águila que tenía tatuada su padre en el brazo izquierdo. También pensaba que con su moto, una chaqueta de cuero y un poco de gomina en el pelo, conquistaría a Cristina, la chica que le sobaba los mofletes desde que iban a la guardería. Pablo lo tenía claro. La moto y la chica eran los accesorios perfectos para convertirse en un buen policía. Su padre también tenía una moto en el trastero y una novia más mayor que él: su madre.

      Esa misma mañana, echándose gomina en el pelo delante del espejo del cuarto de baño, le contó a su padre cómo iba a lograr convertirse en policía. Éste se echó a reír.

—¿Pero cuantos años tiene esa niña, Pablete? ¡Anda que no es listo mi niño! —dijo el padre con orgullo.

      Pero esa tarde el padre de Pablo estaba tenso. Tenía que dejar al niño a casa y volver al trabajo. A esas horas había siempre mucho tráfico en el centro de la ciudad. Al final se decidió a poner la sirena para que se apartaran los coches y saltarse los semáforos. A Pablo siempre le gustaba que hubiera atascos en el centro. Cerró el libro y empezó a gritar.

—¡Corre, papi! ¡Venga! ¡Más rápido!

      El padre comenzó a reírse. Con su hijo era inevitable.

      Cuando llegaron a casa, Pablo se tuvo que bajar del coche patrulla volando. Su padre le pellizcó los mofletes antes de irse. Al llamar al timbre, Pablo resopló. Recordó que tendría que pasar la tarde encerrado bajo una montaña de deberes, con su madre al lado vigilándole. Pero en cuanto entró por la puerta, su suerte cambió. Su madre no paraba de hablar con cara de preocupación. Le dio un beso. Y, mientras se ponía el abrigo, le dijo al niño:

—Pablete, tengo que irme. Te voy a dejar solo un rato. La abuela se ha caído y tengo que llevarla al hospital. Haz los deberes. Tienes el bocadillo preparado en la cocina. Pero no te lo lleves al salón, que siempre dejas las migajas por el suelo.

La madre le dio otro beso en la frente y cerró la puerta de la calle de un portazo. Pablo, aliviado porque tendría la tarde libre, cogió el bocadillo, se fue al salón, dio un salto mortal en el sofá mientras le pegaba un bocado al pan con chorizo y encendió la televisión.

Puso el canal donde emitían su serie policiaca favorita, aunque a él sólo le dejaban verla los viernes. Pero no la echaban. En lugar de la serie, una mujer contaba que un delincuente había asesinado a Aureliano, un político gordo que a su padre no le gustaba demasiado. “Tenemos que informarle de una terrible noticia. Interrumpimos la emisión para informarles de que, hace menos de media hora, ha sido asesinado el alcalde de la ciudad. Un anónimo lo ha confesado a la policía y ha asegurado que ha tirado el cadáver al mar. Las autoridades de la ciudad informan de que el terrorista sigue suelto y que es muy peligroso”.

Pablo se sintió muy emocionado porque sabía que su padre trabajaba en el turno de tarde-noche. Estaba seguro de que sería él el que detendría al asesino de aquel alcalde rechoncho. Mañana, cuando le llevara a casa de nuevo en el coche patrulla, estaría sentado en el mismo sitio del asesino y se fijaría si, en el forcejeo, había dejado algún arañazo en el asiento del coche patrulla.

Mientras cambiaba de canal para encontrar nuevas noticias sobre el asesinato que se había cometido en su ciudad, llamaron por teléfono. Era su padre. La sirena se escuchaba de fondo. El viento de la ventanilla bajada hacía mucho ruido.

—Pablete, no se te ocurra abrir la puerta a nadie. ¿Entendido? Un tío muy chungo anda suelto y creemos que anda suelto por el barrio—Vivían cerca del puerto.

El padre colgó. No se dio cuenta de que aquella llamada había despertado al investigador frustrado que dormía en el interior de Pablo, que por fin tendría la oportunidad de salir a patrullar la ciudad.

Sin pensárselo dos veces, cogió un cuchillo del cajón de la cocina, por si tuviera que defenderse, metió en el bolsillo de su abrigo su tirachinas y unas cuantas canicas de acero, y se puso las botas que usaba cuando iba a la montaña. Mientras que sus vecinos cerraban las persianas como si el fugitivo fuera a colarse por la ventana, Pablo, camuflado, salió a la calle a detener él solo al asesino más buscado de la ciudad.

Con la mochila al hombro, echó a correr hacia el muelle. Allí estarían los peores maleantes de la ciudad. Debajo de un puente. Al menos eso era lo que decía su padre, porque allí no había nadie.

El niño esperó pacientemente detrás de un contenedor de basura. Se hacía cada vez más de noche. Cuando menos se lo esperaba, mirando hacia el mar, vio algo que le parecía increíble. ¡Al alcalde Aureliano! ¡Vivo! Se frotó los ojos. Pero era inconfundible. Su barriga enorme y sus gafas de culo de vaso le delataban. ¡Era él! ¡No estaba muerto!

Aureliano metía con cara de velocidad y sudor en la frente varias bolsas de basura negras en un barco. Tras su hallazgo, Pablo pasó del entusiasmo a la decepción. Se dio cuenta de que en realidad no había ningún asesino. Y que no podría detenerlo. Tenía razón su padre cuando decía que en la tele no dicen más que mentiras. Cuando el alcalde le vio, se acercó a él corriendo.

—¿Qué haces aquí, niño? ¿No tendrías que estar en tu casa? — Detrás venían dos hombres vestidos de negro, con muy mala pinta. Aureliano estaba muy nervioso.

      En ese mismo instante aparecieron varios coches patrulla y todo ocurrió muy rápido.

—Detente, Aureliano. Y deja al chico. Te hemos pillado con las manos en la masa— gritó su padre mientras salía del coche para proteger a su hijo.

      Lo siguiente que vio Pablo fue al alcalde y a sus dos compinches esposados y dentro de un coche patrulla.

—Gracias a ti, y a que he localizado tu móvil cuando te he llamado al móvil y no contestabas, hemos logrado encontrar al alcalde, que había fingido su muerte para fugarse con el dinero del ayuntamiento. Menudo pájaro.

      Su padre le guiñó un ojo y continuó hablando mientras conducía de vuelta a casa

—Por cierto, cuando se entere tu madre de lo que has hecho te vas a enterar de lo que vale un peine.

      Pero a Pablo no le importaba. Sólo podía pensar en que la chica de sus sueños sabría muy pronto que había ayudado a detener a un alcalde chorizo. Y que había conseguido, por fin, ser policía por un día. —Papá, por mi cumpleaños ya sabes lo que quiero, ¿verdad? Una chaqueta de cuero como la tuya. Es lo único que me falta. — le dijo el policía chico al grande.

Hola, hijo

Los dos estaban sentados en la mesa de la cocina, con la puerta y las ventanas cerradas para que no entrara el frío. A través del cristal podían ver cómo el viento desojaba la planta del patio, la misma que hace apenas seis meses, en primavera, estaba vestida con decenas de pequeñas flores rojas. La mujer, pelirroja y con los pelos rizados, apuraba con una mano un cigarrillo y con la otra pasaba con rapidez las cuentas del rosario que su madre le había regalado antes de morir. En silencio, su marido se encendió otro cigarrillo y se levantó para preparar una cafetera. Pasaron varios minutos sin decirse nada. Sólo se escuchaba la maquinaria de las manecillas del reloj de la pared. Al rato, ella empezó a decir algo con la voz entrecortada.

—Pobrecillo, no quiero decírselo. Yo creo que es mejor no decírselo.

—Estás loca. ¿Cómo no vamos a decírselo? En diciembre vendrá a casa y vamos a joderle la Navidad. Tenemos que decírselo—zanjó él.

Ella apagó el cigarrillo. Se levantó, descolgó el teléfono y volvió a colgarlo enseguida. Se sentó de nuevo. Con la mano seguía jugando con el rosario de forma nerviosa. Mientras se fijaba en que a la planta del patio sólo le quedaba una flor roja, se tocó su melena rizada.

La cocina olía a café y a tabaco. Él cogió una taza y la llenó hasta arriba. Pero se arrepintió sobre la marcha y la vació en el fregadero.

—Me tomaré mejor una tila—dijo.

—Pero, ¿cómo vamos a decírselo? —preguntó ella—. ¿Por teléfono? Sin nadie a su lado que le abrace. ¡Qué es muy sensible! ¡Mi niño!

—¿Cómo vamos a hacerlo si no? —le respondió él antes de pegarle otra calada al cigarrillo—. No podemos ir a San Francisco y pegarnos una paliza de diez horas de avión para decirle que nos separamos.

—¿Qué quieres? Que le llame y le diga: Hola hijo, ¿qué tal has pasado el día? ¿Qué has comido? Por cierto, tú padre y yo nos separamos. ¿Por qué no se lo dices tú?

El hombre abrió la ventana para ventilar la cocina. Apagó el cigarrillo en el cenicero y las colillas salieron volando. Las dejó en el suelo. Se sentó de espaldas a su mujer.

—Es ya un hombre. Si quieres se lo digo yo esta tarde, cuando me instale en mi nuevo piso—dijo él mirando de reojo las maletas que había apoyadas en la pared.

—Es sólo un niño. Mi niño. ¡Prefiero decírselo yo! ¡No me fio de ti!

—¿Ya empezamos otra vez?

La mujer volvió a mirar por la ventana y se dio cuenta de que la flor roja se había caído. Agarró el rosario de su madre con más fuerza que nunca. Apretó el puño. Se estaba clavando la cruz y las cuentas de madera en la palma de la mano, pero eso le hacía sentirse más segura. Suspiró. Soltó el rosario en la mesa, se santiguó, descolgó el teléfono y comenzó a marcar.

—Hola, hijo.