Cuentos y relatos

Chuso

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Chuso se acaba de mudar a Madrid para seguir cambiando el mundo. Es un idealista de los que ya no quedan. Supera la treintena, tiene ojos azules, barba de tres días y dos cicatrices en las muñecas disimuladas con dos pequeños tatuajes: un ancla en el brazo derecho y la silueta de un pez en el izquierdo. Está cuidadosamente despeinado, lleva los pelos de punta, suele vestir vaqueros y camisas o camisetas por fuera de los pantalones. Un atuendo bastante informal pero, a su manera, elegante. Últimamente su vestuario se completa con unas zapatillas Converse desgastadas que le molan bastante. Vive con su madre, Míriam, que a pesar de sus 48 años aparenta la edad de su hijo. Sus mejillas sonrojadas y su pelo moreno y rizado hasta los hombros contrastan con sus ojos verdes y le dan un toque mediterráneo irresistible. Está viuda. Su marido Pepe se murió cuando Chuso era aún un niño. Se quedó embarazada muy joven y, a pesar de que ha trabajado muy duro para mantener a su familia limpiando casas, atendiendo a ancianos y cuidando a enfermos, siempre está canturreando y tiene una risa floja muy pegadiza.

Ambos comienzan ahora una nueva etapa, que no saben cuánto durará. Chuso es ahora periodista, aunque ha probado otras profesiones. Ha encontrado un hueco como redactor de sucesos del diario El Mundo. Tiene un contrato de prueba de dos semanas y tiene que demostrar sus aptitudes. En su cuarta jornada de trabajo, el jueves 11 de marzo de 2004, ocurre lo que menos se podía esperar. Han estallado varias bombas en los trenes de cercanías. Se entera cuando su jefe le llama por teléfono. De un brinco salta de la cama y escucha lo siguiente: “Chuso, vete pitando a la estación de Atocha. Han estallado varios vagones de un tren. Ve informándome. Ha sido bastante gordo”. Se despereza, se lava la cara y, sin ducharse, se pone los pantalones, una camiseta y sus Converse y sale corriendo de casa. Sólo cuando arranca la moto para dirigirse a la estación se acuerda de que su madre había madrugado para ir a limpiar un chalet a las afueras. Y que le había dicho que solía coger el metro y el cercanías. Pero no se preocupó especialmente. Es un optimista innato y sabe que está bien. Lo siente.

Llega a la estación en un suspiro. Su instinto periodístico le ha hecho saltarse todos los semáforos. Cuando llega a las vías no se puede creer lo que ve. Personas llorando, cadáveres mutilados, niños sangrando, decenas de coches de policías, bomberos, ambulancias… Una completa carnicería. Aunque su misión es contar lo que ha pasado, ¿qué mejor que echar un cable y ayudar a los heridos antes de escribir una línea? Lo primero es lo primero. Así le habían educado. No puede ejercer sólo de plumilla en una situación así. Justo antes de ponerse manos a la obra mira el whatsapp. Aunque le extraña que Míriam no se haya conectado desde ayer por la noche, no le llama por teléfono. Sabe cuidarse sola. Siempre habían funcionado así. Confiaban profundamente el uno en el otro. Sin pensarlo un minuto se salta los controles de seguridad y empieza a ayudar en uno de los vagones.

Cuando ya había sacado a varias personas del lugar de la masacre, después de una hora sin descanso, la policía teme que pueda producirse otro estallido y desalojan la zona. En ese momento ve a lo lejos a su madre, que estaba ayudando a salir de las vías a una señora mayor que sangraba por las orejas tras la explosión. “Esa es mi Míriam”, pensó Chuso con cariño. Más tarde se enteraría de que su madre se encontraba yendo a trabajar en uno de los trenes que habían saltado por los aires pero que, gracias a Dios, no había sufrido ni un rasguño. Su ángel de la guarda siempre le salvaba de las peores encrucijadas y por eso su hijo, aunque a cualquiera le podría parecer un descastado, no sintió en ningún momento ninguna intranquilidad. Lo suyo era tener fe. Míriam atendía a los heridos como la mejor enfermera, como si cada uno de los afectados fueran sus hijos. No se le veía especialmente estresada, aunque tenía la cara mojada por las lágrimas. Cuando vio de lejos a Chuso sólo le guiñó un ojo, le sonrió y le dijo en voz alta pero sin gritar: “No hay tiempo que perder. Échales un cable, hijo”. Ambos sabían muy bien qué era el sufrimiento y el dolor en primera persona, así que no se distrajeron de lo que era importante en aquel momento. Ya lo decía Mateo: “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; huésped fui, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis”.

A las doce de la mañana, mientras Míriam sacaba cinco minutos para ir a un chino a comprar varias botellas de agua para los heridos que aún no habían sido atendidos por el hospital de campaña, Chuso animaba a un chaval de su edad que lloraba desconsolado y que no lograba contactar con su novia, que estaba en uno de los vagones. Y durante toda la mañana y parte de la tarde se repitieron varias historias similares. Atendían, escuchaban, acariciaban, limpiaban las heridas, hacían torniquetes, daban de comer y de beber. Todo lo que fuera necesario y con discreción. Sobre las seis de la tarde, cuando ya todos los heridos estaban en los hospitales y cuando ya sólo quedaban muertos en las vías, Míriam se fue a casa y Chuso a la redacción.

A pesar de que su jefe se había enfadado porque no le devolvió las llamadas durante toda la mañana, el joven escribió aquella tarde un artículo magnífico. “¡Brillante Chuso. Te vas a quedar!”, le dijo su jefe. Aunque le habían propuesto que escribiera el reportaje en primera persona -un testigo directo en la jerga periodística- optó por distanciarse. Su texto destilaba mucha humanidad, pero no le dijo a ningún compañero ni a los lectores lo que había hecho en equipo con su madre.

Cuando ya habían cerrado la edición del periódico, a medianoche, Chuso aunque estaba agotado tuvo una especie de iluminación. Comprendió por fin, a bordo de la moto y despejado por el aire gélido de aquel lluvioso 11 de marzo, por qué habían sentido hace poco el impulso de trasladarse a vivir a Madrid. Llegó al piso de 40 metros cuadrados que habían alquilado y le abrió la puerta Míriam. Le miró a los ojos y le sonrió. No tenían que decirse nada. Ambos sabían perfectamente cuál era el siguiente paso que tenían que dar. A la mañana siguiente, Chuso llamó a su jefe y le dijo que por motivos familiares debía abandonar repentinamente la ciudad y que dejaría el trabajo tras el periodo de prueba. Y no mentía. Míriam también se despidió de la señora de la casa en la que limpiaba. Los dos jefes se entristecieron, ya que estaban muy contentos con el desempeño laboral de ambos. Pero como nómadas que eran, prepararon su maleta y esperaron órdenes precisas para dirigirse a su próximo destino. Otra ciudad, otro pueblo, otra aldea donde necesitarían sus caricias y su compañía. Y donde también pasarían desapercibidos. Esa era la manera de cambiar el mundo de Jesús, Chuso para la familia y los amigos. Y cuenta con la ayuda inestimable de su madre Míriam, María en hebreo, desde hace unos 2.000 años.

(Perdón por la herejía)

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