Un poco de amor

Plutón

nave espacial

Mi novia María piensa que no la quiero. Y la muy pesada me lo pregunta cada dos por tres. Ayer mismo tuvimos un diálogo de besugos: “¿Cómo sabes que me quieres?” “¿Cómo quieres que no dude?” “¿Cómo puedes estar seguro de que lo que notas es que me quieres y no otra cosa?” “¿Qué me asegura que no me engañas o, incluso, que tú mismo estás convencido de que me quieres pero en el fondo, sin tú saberlo, no me quieres de verdad?”

Me pone histérico. Cuando le da por hacerme este tipo de interrogatorios a veces me entran ganas de pegarle un grito bien dado, dar un portazo, irme al bar a tomarme la penúltima birra con los colegas y decirle a la vuelta, con el puntillo de valentía que me da siempre el alcohol, que tiene razón. Que en realidad la odio y que hay días que me gustaría que entre ella y yo existiera, por lo menos, un océano de por medio. Y eso por no ser demasiado cruel. En realidad muchas veces me imagino que la monto en una nave espacial y que logro que aterrice en Plutón, en el otro extremo del sistema solar. Y que se queda sin combustible para hacer el viaje de vuelta.

Nuestras discusiones metafísicas y filosóficas comienzan siempre de la forma más tonta. Simplemente esta mañana cuando me levanté le dije que la quería. Y maldita la hora. Sencillamente me apetecía, me brotó. Sin adornos, le dije lo siguiente: “Te quiero”. Pero esa dulce expresión, esas dos empalagosas palabras, esos dos malditos conjuntos de sílabas que pronuncié sin pensar, generaron de nuevo una bronca, un pedaleo sensiblero, que no se lo desearía ni a mi peor enemigo.

La verdad es que tuve bastante tacto, porque después de cinco años juntos ya sé cómo torearla. Perdón, cómo tratarla, que aún me sale el cabreo por los poros de la piel y por esta desgraciada lengua viperina. Cuando llegan este tipo de conversaciones absurdas le respondo habitualmente lo que quiere oír. Esta mañana, ante sus menstruosas preguntas, le comenté con un tono suave y paciente que la quiero más que nadie en este mundo, que la quiero porque es diferente a todas las mujeres que he conocido en mi vida, que la querría aunque me rechazara y que la miraría a escondidas para saber que está bien… Bla, bla, bla… Palabras, palabras y palabras…

Reconozco que siempre he sido bastante embaucador y que se me daba muy bien llevar a las mujeres a mí terrero. Cuando con veinte años me dedicaba a ligar casi todos los fines de semana de discoteca en discoteca solía decirles a las chicas lo que querían oír en cada momento. Se me daba bastante bien lanzarles piropos empalagosos que se parecen a nubes de azúcar de las que venden en las ferias. Aunque después me entraban ganas de vomitar, os aseguro que la técnica me funcionaba. Tampoco se me daba nada mal lanzarles cumplidos que las sonrojaban. Y, dejando la modestia a un lado, acababan casi siempre en mis brazos. Pero también es un arte parecer frío y calculador cuando una mujer anhela una especie de padre a su lado, un hombre con autoridad. Y eso también lo sé hacer. Sé que no está bien decirlo, pero en mi época era un verdadero casanova. Ahora bien, con María creo que he perdido todas las técnicas que había adquirido con mucho tesón con Laura, con Sara, con Marta, con Berta, con Sandra…

Pero creo que he detectado el problema: mi novia, mi desquiciante novia, mi odiada María, me vuelve loco. Me tiene enamorado hasta las trancas. A pesar de la conversación de esta mañana, de sus dudas, de sus celos y de que le digo casi siempre lo que quiere oír, me gustaría despertarme con ella cada día hasta que seamos dos viejos con pañales y demencia senil. Y reconozco que en la nave a Plutón a la que la mando cuando me cabreo me metería yo con ella sin dudarlo. ¿Confieso la verdad? Aunque me irrite, aunque me alteren sus preguntas y me burle de ella, hay algo que no podría soportar. No aguantaría que llegue el día en el que no me pregunte si le quiero, porque en el fondo me estaría diciendo sin palabras que ha dejado de quererme. Y eso ni un tío pirado e insensible como yo podría soportarlo.

(Algunas frases de María son un homenaje al relato “La fe” de Quim Monzó. Son las que están en cursiva en el primer párrafo).

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