Un poco de amor

La niña trianera

puente_de_triana

“Quítale la funda al traje, plánchalo con mucho esmero, quítale la funda al traje, quítale, quítale, y plánchalo con esmero, que Triana está en la calle y ya salen los romeros…” Rocío canturrea esta canción. Es un rito que cumple cada vez que se prepara para salir a bailar. Cuando era una niña de 9 ó 10 años a la primera persona que escuchó tararear esta copla fue a su madre, en una pequeña caseta de la calle Joselito el Gallo de la Feria de Abril. En Sevilla, por aquel entonces, empezó a enamorarse del flamenco, a dar sus primeros pasos de baile, a taconear, a tocar las castañuelas, a mover los brazos con arte, a acompasar los movimientos con la música. Aunque vive en Tarragona, a mil kilómetros de las marismas del Guadalquivir, cada vez que sale a un tablao flamenco se funde con Andalucía. Y se imagina que va de la calle Sierpes a la Plaza Nueva y que pasea por esas callecitas tan estrechas al amanecer, como ha escuchado cientos de veces en la canción de Arturo Pareja Obregón. Esta noche tiene un ensayo con su cuadro flamenco. Se recoge el pelo, se ajusta los tacones y se pone a bailar. Deja atrás todos los problemas, las preocupaciones del día y, sencillamente, disfruta.

Después de dos horas de ensayo, acaba agotada pero muy relajada. Llega el momento de descansar, de cenar tranquilamente con los amigos y de volver a la realidad. A la mañana siguiente tiene que desenfundarse mentalmente el traje de gitana, guardarlo en la funda y coger la escuadra, el compás y el cartabón. Rocío es arquitecta. Si en el escenario puede dejar volar la imaginación y despegar hacia las nubes al son de la música, en su escritorio tiene que estar muy concentrada y no puede fallar ni un milímetro. En el despacho en el que trabaja desde hace pocas semanas están diseñando un puente, y ella se encarga de supervisar que nada falle. Pero tiene un pequeño secreto. En el ordenador tiene una fotografía de otro puente, el de Triana, que mira cuando necesita descansar unos minutos. Y se imagina el olor especial a azahar y que navega por el Guadalquivir.

Tiene 25 años pero desde que tenía 10 no ha vuelto a Sevilla. Ese año comenzó a bailar y nunca no lo ha dejado, salvo en los periodos de exámenes. Casi sin darse cuenta ha dejado de ser aquella niña revoltosa, deportista, vivaracha y con ganas de ponerse el mundo por montera que paseaba por el Barrio de Santa Cruz. Y se ha convertido en una mujer responsable que, sin perder las ganas de comerse el mundo, dedica gran parte de su tiempo a cuidar de su madre, que sufrió un infarto cerebral hace unos años y a la que quiere más que nadie en este mundo, y a disfrutar de su pasión por las sevillanas. Tiene una gran fe y, por eso, su modelo es María. Ha copiado su gran sonrisa de la Virgen de los Reyes, la patrona de Sevilla. Aunque a veces, por las circunstancias de la vida, se le caen las lágrimas como a La Macarena. Es viernes y esta noche volverá a actuar, así que no tiene tiempo que perder. A las siete de la tarde, a toda prisa, guarda las reglas y el compás en un cajón de su escritorio, mete el lápiz en el estuche, coge su mochila y sale disparada del estudio. El bolo de esta noche será muy especial. Pero no se puede imaginar cuánto. Después de años bailando en pequeños restaurantes por los pueblos de la provincia, un empresario ha contratado a su cuadro flamenco para que actúe por primera vez en un teatro de Barcelona y han decidido ensayar una hora antes, sin público, para que nada falle.

Cuando se acercan las nueve de la noche, la hora de salir al escenario, Rocío sigue canturreando su copla como siempre: “Quítale la funda al traje, plánchalo con mucho esmero, quítale, quítale…” Se traga los nervios, se ajusta los tacones y sale al tablao. Después del primer solo de guitarra, desde el escenario, y a pesar de que los focos le impiden ver bien, se fija en un chico que está en la platea del teatro, y que no acierta con las palmas. Nota, por su mirada distraída y vidriosa, que está emocionado. “¿Tanto disfruta al vernos bailar?”, piensa. Se sonroja pero se olvida de él y vuelve a sumergirse en la música. Cuando vuelve al camerino y mientras guarda el traje en la funda por segunda jornada consecutiva, escucha a su espalda una voz masculina que, algo desafinada pero envalentonada, empieza a cantar: “Móntate. En mi caballo móntate, móntate. Y aprieta bien la grupera. Pa que se siente a mi lao. Una niña trianera”.

Era el chaval que había visto entre el público durante la actuación. Un sevillano que estaba de visita en la ciudad condal y que, robando la copla que había escuchado a una chica canturrear por los pasillos esa misma noche, y que escuchaba también cantar a su madre cuando era pequeño en una caseta de la calle Gitanillo de Triana de la feria, consiguió descolocar a Rocío por su atrevimiento. Desde ese mismo instante, derrumbó los pilares y los muros que le separaban de esa arquitecta preciosa de mediana estatura y con los ojos brillantes. Y como hace un arquitecto, aquel joven había puesto el primer ladrillo para construir una bóveda estrellada de sentimientos sobre Rocío y él, como las que cubren el cielo de la Catedral de Sevilla.

(Aquí está el audio de la canción. Y gracias a las dos mujeres que me han inspirado este relato).

http://www.goear.com/embed/sound/81d394f

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