Un día...

El día en el que Dios se me apareció en Malasaña

the-original-hipsterPuedo asegurar que soy uno de los privilegiados a los que, en pleno siglo veintiuno, se le ha aparecido Dios. Pero no solo eso, el tío me dio, uno de los días que nos cruzamos, hasta un abrazo. ¿Estoy loco? De eso no tengo duda. Pero tampoco tengo duda de que Jesús se me ha hecho el encontradizo por las calles de Madrid. Y tengo un testigo.

El pasado invierno, en uno de esos días muy lluviosos en los que no puedes arrastrar ni los pies y tu cabeza se sostiene con dificultad sobre los hombros, después de asistir a un desayuno de trabajo en el hotel Intercontinental de Madrid, me acerqué a la Iglesia de La Milagrosa en el Barrio de Chamberí. Aproveché que tenía media hora libre antes de volver a la oficina y me puse a rezar. Admito que la fe me flojeaba, llevaba unos meses bastante desilusionado y no tenía demasiadas ganas de nada. Pero entré a pedirle a mi colega Jesús que me echara un cable, aunque muchas veces le he traicionado y tenía todo el derecho a hacer oídos sordos. Salí de la parroquia después de pedirle varios favores y me encontré con Jeffrey, un inmigrante que estaba en mangas de camisa tiritando bajo un minúsculo paraguas y pidiendo limosna.

Desde que el Papa Francisco me echó la bronca un día por televisión por no saludar a los pobres por la calle, ya no tenía excusa, así que le pregunté a aquel pobre cómo se llamaba y qué tal se encontraba. Aunque la respuesta la sabía. Evidentemente mal. Curiosamente no me pidió dinero, sino directamente una manta. Y vinieron a mi cabeza automáticamente las siguientes palabras: “Porque estuve desnudo y me vestisteis. Cuando lo hicisteis con uno de éstos, conmigo lo hicisteis”. Sin pensarlo demasiado me quité el abrigo y se lo puse. Yo llevaba un jersey de lana bastante gordo y pronto me montaría en un taxi para ir al trabajo, así que tampoco fue un gran gesto. Además, ¿qué clase de amigo detestable sería yo si, después de pedirle una ristra de favores a Jesús, cuando él me requería por medio de Jeffrey, yo le dejara tirado? También fui a un Chino a comprarle la manta porque me dijo que vivía debajo de un puente y no me sentiría tranquilo esa noche cuando me metiera debajo de mi calentito edredón.

Pero la historia no había hecho más que comenzar. Meses después me encontraba paseando con un buen amigo en la otra punta de Madrid, por el barrio de Malasaña. Me estaba desahogando con mi colega. Estaba bastante rallado de nuevo y pensaba que nada, absolutamente nada, me salía como quería. Y encima estaba bastante enfadado con Dios. Como me ocurre ahora muchas veces, creía que Jesús estaba demasiado callado. Vamos, que leía mis whatsapp pero no los contestaba. Veía el doble check azul y, ni caso. Entramos a una iglesia y yo le pedí una señal, por mínima que fuera, de que estaba a mi lado y de que no me había dejado tirado. Y se lo dije a mi amigo, a mi testigo, cuando salimos de la parroquia.

Seguimos caminando y, cuando menos me lo esperaba y pegándome un buen susto, al otro lado de la calle una persona empezó a gritar mi nombre. En un primer momento, no lo reconocí. ¿No le pasó lo mismo a los discípulos de Emaús? Y con efusividad aquel hombre vino hacia mí y me dio un abrazo. Un abrazo que respondía a mis plegarias. ¡Era Jeffrey! No me dí cuenta de que era él hasta que, de cerca, reconocí mi abrigo. ¡Lo llevaba puesto! No recuerdo si fui yo el que me di cuenta de que era mi cazadora o mi colega, pero ambos flipamos en colores.

El gesto que un día había tenido yo con un pobre, posiblemente para lavar mi conciencia, fue recompensado con creces, y con gran cariño, justo en el momento en el que más lo necesitaba. Estoy convencido de que ese día fue Dios el que se cruzó en mi camino, disfrazado de Jeffrey-Jesús. Y que de esa forma me dijo: “¡Ey Calixto, que estoy aquí!”

¿Sigues pensando que estoy loco?

(Se lo dedico al testigo de esta historia que, como Jesús, también me aguanta bastante, y quiero agradecérselo de esta forma).

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