Un día...

El día en el que Dios me llamó al teléfono móvil

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Meses después de que, disfrazado de Jeffrey, Dios se hiciera el encontradizo conmigo en el barrio de Malasaña y me diera un abrazo que me llegó al alma, me llamó al teléfono móvil desde un número oculto para decirme que me seguía necesitando, que era valioso y que no desfalleciera, que aún podía seguir haciendo muchas cosas grandes. Creo que volvió a pegarme un toque al darse cuenta de que, a pesar de nuestro último encuentro, seguía sin levantar cabeza. Soy consciente de que empiezo a parecer un pirado. Pero soy un pirado que quiere con locura y poca cordura a Jesús, un amigo que he comprobado que nunca te deja tirado, especialmente en los momentos en los que más le necesitas y a pesar de que yo le he defraudado muchas veces.

Pero comienzo la historia desde el principio. Blanca es una señora de 60 años, con el pelo canoso, algo destartalada, que vive en una pensión de Madrid y que solía estar sentada en la puerta de un supermercado pidiendo limosna. A veces, cuando se le agota el poco dinero con el que cuenta para vivir, tiene que dormir en la calle. La conocí gracias a un buen amigo.

Al principio, cuando Blanca me veía con mi colega, no me tenía ningún aprecio. De hecho, ni me saludaba. Yo intentaba ganarme su confianza dándole conversación, pero se sentía incómoda. Pero poco a poco, como con el roce nace el cariño, empezó a fiarse de mí. En los pocos minutos en los que coincidíamos por las noches, antes de llegar a casa después del trabajo, Blanca me fue confesando que tiene un hijo al que apenas ve y que se siente completamente sola. Que cobra una jubilación que no llega a los 400 euros. Siempre pasea con una gran bolsa colgada del brazo con los víveres que va consiguiendo para comer. Y estira su pensión como un chicle. “Esto es terrible, chiquillo. Tú no sabes lo que es no tener una vivienda”, me repite con insistencia cada vez que hablamos.

Empezamos a perder el contacto diario cuando cerraron el Opencor, un supermercado de la calle Fuencarral en el que la veía todas las noches, y donde yo compraba la cena después de una larga jornada laboral. Además, estuve varios meses fuera de Madrid intentándome curar de una enfermedad que aún sigue coleando. Pero Blanca ya me había pedido mi teléfono móvil para llamarme de vez en cuando. A pesar de que tiene una lista de problemas mucho mayores que los míos, siempre tiene muchos detalles conmigo. Por ejemplo, recuerda perfectamente el día de mi cumpleaños y me compró un regalo; me felicitó desde una cabina en Navidad, y me pregunta de vez en cuando por la salud de mi madre, que está algo pachucha. Blanca ha sido una mujer maltratada, tiene hermanos con los que apenas habla y a los que guarda un gran rencor. Su familia se rompió por culpa de un piso que tienen en herencia y que sigue desocupado en Burgos. A ella le duele que, a pesar de su precaria situación y de que practica la mendicidad para sobrevivir, no le dejen vivir allí. Por culpa de la falta de recursos ahora es una nómada que va de pensión en pensión, tugurios irrespirables en el centro de Madrid manchados por la prostitución, por las juergas, los gritos y las drogas.

Hasta que no he vivido en mis propias carnes una crisis existencial no he llegado a entender la desesperanza de Blanca, que se siente sola, abandonada, despreciada y marginada. Una noche, después de salir del trabajo, me encontraba a punto de tirar la toalla y tenía ganas de desaparecer, de dejarlo todo. Lloraba como un niño caprichoso al que no le compran lo que quiere, estaba tumbado en la cama y sentía que no podía más, que no era valioso y que, en el fondo, ninguna persona me necesitaba. Pensaba que sería mucho mejor que el árbitro hiciera sonar el pitido del final del partido.

Pero en aquella fría noche de domingo, por unas horas, volví a recuperar la ilusión y las ganas de tirar del carro. Dios había decidido que, como hace siempre con sigilo, no iba a dejarme tirado, y tampoco en aquella ocasión. Y eligió precisamente a Blanca para enviarme un mensaje. Después de meses sin saber nada de ella, sonó mi teléfono móvil. Me llamaba desde Burgos, totalmente desesperada, sollozando. Y me dijo unas palabras que desmontaron la vorágine de pensamientos distorsionados que me sacudían aquella noche: “Eres la única persona buena que he conocido en este mundo. Gracias por existir. Te necesito. Espero que sigas cogiéndome el teléfono siempre para poder hablar con alguien, porque no tengo a nadie más que me escuche”. Estoy convencido de que, en ese instante en el que yo me sentía al borde de un abismo, Dios utilizó la voz de Blanca para lanzarme un guiño y darme el ánimo necesario para seguir adelante. Y que intentó de esta manera quitar de mi cabeza ese pesimismo que a veces me supera. Blanca fue aquella noche, a pesar de su angustia y sin saberlo, más luminosa que nunca. Espero que Dios me siga mandando avisos de este tipo en el futuro, aunque sea mediante un mensaje al Whatsapp.

(Como he dicho en alguna ocasión, cualquier parecido con la realidad es pura casualidad. O no).

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4 replies »

  1. TODO LO QUE HE LEÍDO AQUI ES MUY BELLO!!! Y DE ALGÚN MODO Y SALVANDO LAS DISTANCIAS, ME HE SENTIDO IDENTIFICADA CON CIERTAS COSAS, COMO UN REFLEJO..

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