Un poco de amor

Cinco días junto a ti

mano cincoHe pasado cinco días contigo: un sábado, un domingo, un viernes, un sábado y un domingo. Y calculo que no llega ni a 24 horas el tiempo en el que he podido mirarte directamente a los ojos. Casi desde el primer momento en el que te conocí, sobre todo en aquella tarde de septiembre en la que paseamos por las calles del centro de Madrid junto a varias de tus amigas, algo me sugería que podrías convertirte en una de las personas más importantes con las que me he cruzado por el camino. Lo primero que me atrajo de ti fue tu sonrisa. Y esos ojos grandes que se iluminan como faros. Ya sabes que los tíos somos como somos. Pero esa tarde en la que merendamos en la calle Alcalá, mi calle favorita de Madrid, también me desarmó tu sentido del humor y tu pasión por mi tierra, Sevilla, que es la tuya aunque hayas nacido a mil kilómetros. Eso lo has mamado desde pequeñita, no es mérito mío.

Tengo que reconocer que ese mismo sábado le dije a uno de mis mejores amigos, que me conoce desde que era un enano y que es como un segundo padre para mí, que había conocido a una chica que me gustaba mucho. Esa noche quedamos a cenar con un grupo de colegas e hice todo lo posible para que pudiéramos sentarnos juntos en la mesa. Incluso moví el bolso y la chaqueta de una de tus amigas cuando se fue al baño para poder pasar más rato a tu lado. Espero que algún día me lo perdone, pero era una causa de fuerza mayor. Te reconozco que en esos días aún tenía otras prioridades, había otra niña que llamaba mi atención y rondaba mi cabeza, pero tú te cruzaste por medio y, “poco a poco”, una expresión que te repito habitualmente porque me gusta verte rabiar, has ido llevándome a tu terreno.

Algunos dicen que cuando alguien está enamorado no ve los defectos de la otra persona. Pero no estoy de acuerdo con esa frase porque, aunque te duela, tengo que reconocer que eso a mí no me pasa. Yo si he descubierto uno de tus fallos. Tu principal defecto es que has confiado demasiado en mí. No soy tan buen chaval como crees: a veces le doy demasiada importancia a cosas que no son verdaderamente importantes, suelo aparentar y fardar ante mis amigos, soy algo superficial como muchos otros jóvenes, me cuesta escuchar cuando estoy cansado, me importa demasiado lo que dirán los demás. Vamos, que a veces me comporto como un auténtico niñato. Pero espero que sepas perdonármelo y que me des una oportunidad porque he descubierto que sí tengo, al menos, una virtud. Y esa virtud es que me he acercado a alguien como tú, que consigues, cada vez que hablo contigo, sacar lo mejor de mí mismo.

Te gustan los niños, bailas flamenco, tienes amigos de todos los estilos, has recibido el don de la fe, quieres a tu familia con locura, te preocupas -a veces demasiado- por los demás, no te gustan especialmente las redes sociales, no eres una pija, prefieres hablar por teléfono a mandar un WhatsApp. Son algunas de las cosas, y no por este orden, por las que haces que se me caiga la baba cuando pienso en ti. Y se me olvidaba, también me encanta cuando hablas conmigo por teléfono por las noches, y susurras las palabras para no despertar a tus padres. Sigue haciéndolo en el futuro por favor, aunque a veces te diga que hables más alto porque no me entero.

Quiero que, de antemano, perdones mi niñería, mi cabezonería, la coraza que a veces me construyo cuando hablo contigo para parecer poco sentimental, aunque en el fondo sabes que soy un romántico. Sólo puedo pedirte perdón y darte las gracias por confiar en un pobre chaval que un día soñaba con contar historias a los demás y que, cuando menos se lo esperaba, empezó a vivir en primera persona, desde hace unos días, la aventura más apasionante. Acompañado de una chica de mediana estatura, que se pone tacones para andar a mi lado pero que tiene mucha más altura que yo en todos los sentidos. He descubierto, gracias al sabelotodo Google, que nos separaban 635 kilómetros, 6 horas y 19 minutos en tu Polo gris o 130 horas caminando. A pesar de esta distancia que tanto nos preocupaba cuando nos planteamos iniciar una relación seria, y que podré sortear fácilmente con el puente aéreo y con el tren, quiero que sepas que has conseguido en cinco días lo que no había logrado nadie en los últimos 28 años.

Te escribo todo esto para que lo leas cuando te despiertes. Me siento muy culpable porque el pasado domingo, después de que vinieras a visitarme a Madrid, tuviste un grave accidente en tu Polo gris por mi culpa, cuando te llamé al móvil para saber si habías llegado a casa. Y espero que sepas perdonarme y que estos cinco días sean sólo el comienzo de nuestra aventura, aunque haya comenzado salpimentada de alegría y sufrimiento. Los médicos nos han dicho que no saben si te recuperarás, si volverás a ser la misma de antes por las lesiones cerebrales que has sufrido tras el golpe. Pero yo, que confío en ti, estoy seguro de que conseguirás volver a bailar y que veré tu sonrisa de oreja a oreja. Aunque lo que más echo de menos de ti, quiero que lo sepas, es oírte hablar catalán cuando te enfadas. Y aquí estoy ahora, junto a tu madre -por cierto, ya no tendrás que pasar el mal trago de presentármela- a tu lado en el hospital, dándote la mano, acariciando tus cinco dedos, que me hacen recordar los intenso cinco días que hemos pasado juntos.

(Como digo siempre, cualquier parecido con la realidad es pura casualidad. O no). 

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