Cuentos y relatos

El pescador de noticias


IMG_0387– No te lo vas a creer, Felipe. No te lo vas a creer. Tengo una pedazo de exclusiva. Aún no puedo ni hablar.
– Venga Santi, suéltalo ya, que me estás poniendo nervioso. ¿Qué mosca te ha picado?
– Me ha llamado el Papa. ¡Sí, el Papa Francisco, tu Papa, joder, como lo oyes!
– Anda no te quedes conmigo y ponte a currar de una vez, flipado.
– Coño, que es verdad, que me ha llamado el Sumo Pontífice, el sucesor de Pedro, su Santidad o como leche le llaméis los católicos. Y quiere que le entreviste en horario de máxima audiencia. Y dice que vendrá hasta aquí, al plató de Madrid, en serio.
– Anda ya, y yo me creo que va a hacer una entrevista en directo y un viaje a España sólo para ver tu cara bonita… Estás chalado.
– Como lo oyes, chaval. Que no estoy loco. Le he llegado a decir que, si era una broma telefónica, no tenía ni puta gracia, que estaba trabajando. Pero se ha puesto a reír y me ha insistido en que era él. No puede ser mentira. Era su voz.
– No me jodas. ¿En serio? Como sea una broma te pego una colleja y te quedas sin cuello, chaval. Te lo aviso.
– En serio, tío. Créeme. Me ha dicho que, si no me importa, vendrá con un amigo, y que ya me dirá en directo quién es. Y que le tengo que entrevistar yo. Y me ha colgado. Vamos, que va a aparecer con un invitado especial misterioso. Creo que ese hombre se ha vuelto loco de remate… ¡En serio Felipe, que era el Papa, joder!

Muy alterado y sudando como un pollo, Santi le contó a Felipe de forma acelerada y casi sin respirar la llamada bomba que había recibido ese viernes por la mañana. Felipe es su compañero de trabajo, se sienta a su lado en la redacción, y se ha convertido en uno de sus mejores amigos porque pasan casi diez horas juntos todos los días. Ambos trabajan en la sección de Sociedad de los servicios informativos del Canal 3, la cadena de televisión líder del país, desde hace seis años. Santi sabe que una entrevista al Papa es un paso a la gloria, un tíquet para entrar en el Paraíso, nunca mejor dicho. El Papa le ha prometido la exclusiva mundial que hará despegar su carrera y dejará por fin de ser un periodista segundón que se encarga de los trabajos sucios.

Santi está bautizado e hizo la comunión con 10 años, pero desde entonces no quiere saber nada de la religión. No le gusta la Iglesia, le echan para atrás las imágenes clásicas y recargadas de Jesús, de los santos y de las vírgenes que hay en las parroquias. Le dan miedo los hombres con sotanas y las misas le parecen soporíferas. Sólo va a la iglesia en bodas, bautizos y comuniones, la clásica BBC. Y se suele escaquear cuando puede. Habitualmente se queda en la puerta hasta que acaba la ceremonia fumándose un pitillo o tomándose una caña con alguien. Le ha dicho más de una vez a Felipe que piensa que la Iglesia está hecha para las abuelas y que el estilo de vida que proponen los curas es demasiado exigente y que es una ida de olla. No entiende como a su amigo sí le va ese rollo. “Pero si ni ellos cumplen lo que enseñan, como voy yo a dejar de estar con tías, de salir por la noche para desfogarme. Con mi libertad hago lo que me da la gana y vivo el momento, que es lo único que vale. Deberías hacer lo mismo, macho, que te estás perdiendo los mejores años de tu vida con pamplinas y dogmas”, le respondía un día Santiago a Felipe, que sí suele ir a la iglesia todos los días, que reza habitualmente y que tiene una novia con la que no quiere acostarse hasta que se casen. Vamos, un auténtico pirado en pleno siglo XXI.

Pero esta vez la Iglesia Católica ha descolocado a Santi. No se lo puede creer. Una simple carta que envió al Vaticano cuando el Cónclave eligió a Francisco estaba a punto de cambiar su vida. A nadie le había confesado que había mandado una misiva a Francisco. Sus amigos pensarían que se había fumado algo. Pero, en el fondo, las conversaciones con Felipe le habían tocado el alma y buscaba respuestas. Y creía que el nuevo Papa sí podía entenderle. Aunque el lema que guiaba su vida era que hay que vivir el momento, el clásico “Carpe Diem”, Santi seguía buscando su camino ya que, en el fondo, no estaba satisfecho con su modo de vida. Así que, gracias a las conversaciones y al ejemplo de su colega, un día se puso a escribirle al Papa y, como buen periodista, le pidió una entrevista. Le dejó su número de teléfono porque había escuchado que no era la primera vez que llamaba al móvil a quien le escribía una carta. “Por pedir que no quede”, pensó.

Después de pasar todo el fin de semana dándole vueltas a la llamada que recibió el viernes, que le dejó anestesiado, el lunes el Papa volvió a llamarle al móvil y le dijo a Felipe que viajaría el jueves a Madrid y cuáles eran sus condiciones. La entrevista se haría en horario de máxima audiencia, el Papa no necesitaba leer las preguntas de antemano y en el plató tenía que haber tres sillas, una para Felipe, otra para él y otra para el amigo misterioso del Papa Francisco. Felipe, bastante nervioso, le dijo que no había problema, que lo que él quisiera, pero le pidió al Papa que hablara con su jefe porque como le dijera él que tenía una entrevista exclusiva con el Primado de Roma iba a pensar que estaba loco de remate y le iba a despedir por burlarse de él. “¡Cómo se iba a creer que el último mono de la redacción y un trasto como yo tiene trato directo con el Papa!”, pensó. Francisco accedió y le dijo otra condición a Santi: “No quiero llamar la atención, así que le diré a tu jefe que avise de la entrevista a los espectadores sólo una hora antes. Y quiero la máxima discreción, si no no hay trato. Llegaré en un avión e iré directamente al estudio. Así que no quiero que venga a recibirme ni el Rey ni el presidente del Gobierno al aeropuerto, ¿entendido? Si no, no hay entrevista”.

Después de que Santi avisara al director de informativos del Canal 3 y le pusiera al teléfono al mismísimo Pontífice, todo el montaje empezó a prepararse. Montaron un estudio especial en la cadena y todo se orquestó para que nadie se enterase. Era una especie de secreto de Estado. Nadie podía saber que un joven de 28 años iba a entrevistar al Papa y a uno de sus amigos en directo en la televisión, y en horario de máxima audiencia.

Santi no pudo dormir en toda la semana y pensaba continuamente en las preguntas que haría a Francisco. La entrevista tenía que ser muy agresiva si quería saltar a la primera división de los medios de comunicación. No podía defraudar. Todos le mirarían con lupa. Cuando llegó el día, después de tomarse varios tranquilizantes y una tila doble, se puso una chaqueta, la mejor corbata que tenía y le pidió algún consejo a su amigo Felipe. Le dijo que se dirigiera a Francisco como “Su Santidad” y que no se quedara ninguna pregunta en el tintero por vergüenza. A Felipe lo que de verdad le interesaba era que el sucesor de San Pedro consiguiera lo que él no había logrado hasta ahora: que Santi descubriera el camino para ser feliz. Eso era un amigo y lo demás son tonterías.

Cuando llegaron las diez menos cuarto de la noche del jueves, el Papa apareció en la puerta de los estudios. Había llegado en un taxi vestido de negro y con un sombrero para pasar desapercibido. Santi estaba histérico, llegó a pensar que el Papa no llegaría nunca, que todo lo había soñado y que quedaría en ridículo. Tardaron en reconocerle por su indumentaria, pero efectivamente, ahí estaba Jorge Bergoglio, en el Canal 3. El Papa se cambió y se puso una sotana blanca para aparecer en antena. Llegó acompañado de un señor mayor, español, de unos 50 años, que iba algo despeinado, poco arreglado y al que le pusieron también un micrófono. Era el invitado sorpresa del Papa pero no le hicieron demasiado caso. El importante era Francisco, estaba claro. Los realizadores del programa, cuando el reloj marcaba las diez en punto, hicieron una señal a Santi, se encendió el piloto rojo de la cámara y los tres aparecieron en antena. Comenzaba el espectáculo:

– Buenas noches, tenemos con nosotros a un invitado muy especial, a Su Santidad al Papa Francisco. Buenas noches Su Santidad.
– Buenas noches Santi, ¿podrías hacer el favor de llamarme Francisco simplemente? Así estaré más cómodo.
– Perfecto, lo que usted mande, para eso es el Papa. Puede que estén tan sorprendidos como yo, pero les cuento la historia. Ustedes se preguntarán por qué no está presentando esta entrevista el presentador estrella de la cadena, ¿verdad? Y, sobre todo, ¿qué hace aquí sentado el Papa? Pues bien, le escribí hace unos meses una carta pidiéndole una entrevista y contándole mis inquietudes sobre la Iglesia. Os reconozco que soy bastante descreído. Y me respondió hace unos días por teléfono. Tras la sorpresa me dijo que accedía a venir a hacer una entrevista conmigo. Sólo conmigo. Les puedo asegurar que estoy tan sorprendido como vosotros. Pero, después de esta explicación obligada, entramos en terreno, que el tiempo en televisión es oro. Lo primero, Francisco, ¿quién es este invitado especial con quien ha venido a la entrevista?
– Si no te importa, Santi, empieza el interrogatorio y luego te lo presentaré. Es una sorpresa.
– Perfecto Su Santidad, pues lo primero que le quería plantear es una duda que me corroe desde hace años. Y que le planteé en mi carta. Si existe Dios, ¿porque no hace como usted y nos concede una entrevista en prime time? ¿No sería más fácil? ¿No es todopoderoso? ¿El Alfa y el Omega? ¿No está demasiado callado con la cantidad de gente que sufre?
– Tienes toda la razón. Y como en su carta me hacía esta misma pregunta, aquí me lo he traído. Le presento a Dios. Me he tomado la libertad de traerle esta noche con todos ustedes. Al mismísimo Dios.

Santi se quedó completamente sin palabras, miró al realizador, al Papa y al invitado y pensó que Francisco se había vuelto loco.

– Explíquese, Santo Padre. No le comprendo.
– Verás Santi, esta buena persona es Rafa, un hombre español que pide en las calles de Roma y en la puerta de una iglesia cercana al Vaticano. Lo conocí en una de mis visitas pastorales y he ido a buscarle esta semana para que se viniera conmigo a hacer esta entrevista. Muy cortésmente ha aceptado venir aquí cuando le he propuesto mi idea, porque no tiene nada más que perder, se lo aseguro.
– Pero, Santo Padre, ¿quiere decir que este hombre, que Rafa, es Dios? Creo que no ha entendido mi pregunta.
– Sí, le he entendido perfectamente. Él es Dios con nosotros. Rafa, si no le importa, explique cuál es su situación. Seguro que, cuándo él le cuente su historia lo comprenderá todo.

Rafa, emocionado por volver a su país, explicó que no encuentra trabajo desde hace años, que por un problema de alcoholismo se quedó en la calle, que le abandonó su mujer, que era italiana, y que desde entonces duerme tapado por unos cartones en el cajero de un banco. Y que come con el dinero que consigue pidiendo en la calle y con lo que le da Cáritas. El Papa, tras la explicación de Rafa, hizo un inciso:

– Jesús de Nazaret decía: “cuando lo hicisteis con uno de estos conmigo lo hicisteis”. “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo y me vestisteis, sin techo y me refugiasteis”. ¿Crees que Dios tendría más seguidores si se apareciera en Times Square, entrara en el Big Brother o tuviera un perfil de Twitter? ¡Si lo tenemos a nuestro lado todos los días y no nos damos cuenta! Muchas veces pasamos al lado suya y no le reconocemos. ¡Miren a los pobres, a los desvalidos, a los enfermos! ¡Allí está Dios! ¡Me da igual que piensen que el Papa es un hereje!

Santi se quedó muy tocado con la respuesta pero siguió la entrevista. Era todo un profesional y estaba en el momento más importante de su carrera periodística:

– ¿Y no cree que, si personas como Rafa son Dios en la tierra, sobran todas las iglesias, todo el oropel, las imágenes doradas, los mantos bordados, las sotanas, los altares? ¿Por qué la Iglesia es tan incongruente y acumula tantos bienes materiales? ¿Por qué no venden todo lo que tienen y se lo dan a los pobres?
– Efectivamente Santi. Estoy de acuerdo. Pero, ¿sabes qué? ¿Sabes qué es lo único importante de la Iglesia?

El Papa cogió el maletín negro que llevaba y que había dejado al lado de su silla. Sacó una caja de vino y un trozo de pan.

– Esto es lo único que necesita la Iglesia para seguir en pie. Un trozo de pan y un poco de vino para celebrar la misa. El fruto de la tierra, de la vid y del trabajo del hombre. Todo lo demás sobra, estoy de acuerdo contigo. Este pan y este vino se convierten, según nos encargó Jesús en la Última Cena, en el mismo Cristo durante la misa. Dios es el más sencillo, elige lo más humilde para hacerse presente entre nosotros y todo lo demás sobra. Dios se encuentra en los más pobres y en un trozo de pan y un vaso de vino. Esa es la Iglesia que a mi me interesa, todo lo demás me sobra.

La respuesta también le rompió los esquemas y, en riguroso directo, cambió de tema.

– ¿No cree que la Iglesia se mete también demasiado en la vida de los demás, que plantea un mensaje demasiado duro, demasiadas prohibiciones? ¿No cree que, por ejemplo, tendrían que modernizarse en cuestiones como la moral sexual? Ya casi no hay jóvenes en misa.

Con esa pregunta Rafa intentaba justificar su forma de vida. Pero el Papa dio de nuevo en la diana y le dejó KO con otra pregunta, como hacen los gallegos.

-¿Me puedes explicar tú, Santi, qué es lo que consideras ser moderno?
– Pues no sé, Su Santidad, lo que no es moderno a mi juicio es la prohibición del uso de preservativos, esperar a casarse para tener relaciones cuando los jóvenes voluntariamente pueden disfrutar antes del matrimonio. ¿No se han quedado un poquito anticuados?

El Papa no se achantó:

– Puede ser que nos hayamos quedado anticuados. De hecho, el mensaje de Jesús es de hace 2.000 años.

Santi creía que había conseguido reconducir la partida y que estaba a punto de sacar a Francisco un titular que daría la vuelta al mundo. Pero el Papa siguió hablando:

– Sabes lo que te digo: Ama y haz lo que quieras. Le he cogido prestado el consejo a San Agustín, que también estuvo preocupado por estos temas. Os recomiendo su libro Las confesiones, por cierto. Pero Santi, con perdón, me tengo que ir. Teniendo a Dios al lado creo que estoy hablando demasiado y acaparando demasiados minutos en pantalla. Gracias por todo.

El Papa se despidió y, en directo, dejó a Santi sólo con Rafa, con aquel pobre que, a juicio de Francisco, era la estrella de la noche en aquel plató.

La entrevista terminó de repente. El programa hizo que hirvieran las redes sociales. A Santi le llamaron al minuto cadenas de televisión todo el mundo para que contara la experiencia. Pero la entrevista le dejó demasiado tocado y no respondió a nadie. A la mañana siguiente y sin haber pegado ojo, lo único que tenía claro es que necesitaba pedirle a su colega del trabajo, a Felipe, que le presentara a un sacerdote. Después de 18 años sin descubrir su camino, tuvo que encontrarse con el Papa y con el mismísimo Dios para dar el paso más apasionante de su vida, para cambiar de dirección y coger el camino que llevaba años esquivando. En aquella entrevista había logrado conectar con aquel hombre que hace dos milenios decía de si mismo lo siguiente: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Un auténtico revolucionario, un loco enamorado. Santi sintió insistentemente una llamada en su corazón esa noche que no pudo rechazar: “Ven, sígueme. Ven, sígueme”, escuchaba en su cabeza repetidamente. Y desde aquel momento ese periodista se dio cuenta de cuál era su verdadera vocación: dejaría de ser un pescador de noticias y de exclusivas y pasaría a ser un pescador de hombres. La historia volvía a repetirse.

(Le pido perdón al Papa Francisco por haberme inventado sus respuestas. Aunque espero haberme acercado a lo que él respondería)

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