Un poco de amor

Cali y Meli

lacelestinaLlegaba demasiado tarde. El tren estaba a punto de salir. Corría casi sin respirar, como si estuviera haciendo una media maratón, por los pasillos de la estación de Atocha para coger el AVE a Sevilla. Iba a pasar el fin de semana con mis padres y, cómo suele ser habitual porque voy pisando higos por la vida, había calculado mal el tiempo. Pasé el arco de seguridad volando como un águila y al final logré entrar en un vagón por los pelos. No sabía si era el mío o no, pero me daba igual. ¡Al menos no había perdido los 60 euros del billete, menos mal! Sonó un leve pitido y se cerraron las puertas a mi espalda. Lo había conseguido. Por cinco segundos. Cinco segundos que nunca olvidaré hasta que me muera, te lo aseguro.

Me dirigí a mi asiento pero, como suele pasar, había alguien sentado. Volví a mirar el billete porque como soy tan despistado seguro que me había liado. Pero no, era mi asiento. Por una vez iba a tener yo la razón. Educadamente le dije a la chica que lo ocupaba que creía que se había confundido. En realidad no lo creía, estaba seguro, porque había comprobado varias veces el vagón y el número para no volver a equivocarme. Por cierto, la chica era guapísima, tenía unos ojos negros grandes y preciosos, unos labios finos brillantes y una sonrisa que enamora a cualquier tío con dos dedos de frente. Pensé que ojalá tuviera el billete de al lado y que se tuviera que quitar de allí el empresario estirado y engominado que estaba a su derecha y que no paraba de hablar por el móvil. La chica sacó su billete, lo comprobó y me dijo que ese sí era su asiento. “¿Puede ser que hayan vendido el mismo tíquet dos veces? Overbooking en la Renfe, lo que nos faltaba”, dije para quitarle hierro a aquel malentendido.

Pero mientras ella revisaba mi pasaje y yo me daba la vuelta para avisar al revisor, porque todo el vagón estaba completo y no tenía otro sitio donde acoplarme, la morena se empezó a reír a carcajadas: “Anda, ven paca”, me dijo imitando mi acento andaluz sin demasiado acierto, la verdad. “Perdóname por la risa pero es que no te has confundido de asiento, sino de tren”. “¿A que no vas a Barcelona?”, me preguntó con una risa floja que me contagió sin saber por qué. ¿Cómo que a Barcelona?”, le respondí, seguramente con una cara de chiste que me gustaría haber visto en aquel momento. “Yo voy a Sevilla. ¿Este tren va a Sevilla, no?”. Entonces miré al letrero del vagón y dije medio gritando: “No me jodas. ¡Qué me he confundido de vía por las putas prisas!”. La verdad es que la belleza de esa chavala catalana consiguió que me aumentara la vergüenza por la metedura de pata histórica. ¡Me dirigía al otro extremo del país! Vamos, que era tonto de remate o que me faltaba un hervor, como diría mi madre. Todo el tren me miraba y cuchicheaba. Al final llamé al revisor y me dijo que, o me tiraba del tren en marcha o poco podía hacer. Y que no había ningún sitio libre en todo el AVE, así que tendría que pasar el resto del trayecto en la cafetería. Vaya jugada maestra. Y encima el maldito trenecito iba directo a la ciudad condal. Sin paradas.

Sin embargo, en aquel momento una de mis neuronas funcionó y tuve una idea genial, tengo que reconocerlo. ¿No has vivido nunca uno de esos momentos en los que, sacando fuerza de la adversidad y cuando ya has perdido completamente el ridículo, te creces misteriosamente? Creo que nunca he reaccionado mejor tras una cagada tan monumental. En serio. Pues bien, le dije a aquella chica catalana que, ya que se había reído tanto a mi costa, lo único que podía hacer es acompañarme a la cafetería a tomar algo conmigo. Nuestra primera conversación fue de chiste:

– ¿Bueno, cómo te llamas? -le pregunté sin presentarme.
– Me llamo Meli.
¿Meli? ¿Meli… de Melibea? No te quedes conmigo, venga ya -titubeé.
– Sí, qué pasa, ¿no te gusta o nunca los has oído? -dijo poniéndose colorada y algo indignada.
– Venga ya -le respondí riéndome-. ¡Claro, ya está! Esto es una cámara oculta y tú eres la presentadora. Por eso tienes esos pedazo de ojos y esa sonrisa. No podía ser verdad, demasiadas casualidades juntas. ¿Y claro, este sí que es el tren a Sevilla y el letrero del vagón lo habéis trucado, ¿no?
– “¿Pero qué dices, te has vuelto loco o qué pasa, niño?, me dijo poniéndose algo chula.

Tras aquella respuesta me di cuenta de que sí que se llamaba Meli, Melibea. ¡No podía ser! Mi reacción entonces fue bajar los hombros, la cabeza y sacar la cartera. Sólo podía solucionar ese embrollo de una forma: enseñándole mi DNI. “Pues nada Melibea, que sepas que esto sí que no es una broma. Encantado Melibea, yo soy Calixto. Cali para los amigos”, le dije levantando las cejas y con una media sonrisa burlona. Y así es como conocí a tu madre, hija, de puro milagro. Y, que conste, no te llamamos Celestina para fastidiarte, sino porque era la única que faltaba en la historia.

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