Un día...

“Mamá, ¿te ha tocado la Lotería?”

bombo_6294_635x– Mamá, ¿te ha tocado la Lotería? ¿A que sí? Venga, que te veo más contenta que nunca… Seguro que te ha tocado la Primitiva y no me lo quieres decir.

– Algo parecido, hijo, algo parecido –me decía mientras se reía a carcajada suelta.

– No me engañes, ¡eh! ¡Qué te conozco! ¡Qué somos ricos! Y si no es eso, ¿qué te pasa? ¿por que estás tan feliz?

– Nada hijo. En serio, estoy contentísima porque os tengo a mi lado. ¿No es suficiente?

Pamplona. Sábado, 27 de octubre de 2007. Llovía a mares, el cielo llevaba varios días sin mostrar el sol y echaba de menos mi tierra, Sevilla. Recuerdo aquel día como si fuera ayer. Cada minuto. Cada segundo. He pensado mucho en aquel sábado. Estaba cansado del frío del Ártico que cala hasta los huesos en el norte de España y llamé a mi madre para entrar en calor, oír su acento andaluz y contagiarme de esa alegría andaluza que desprende por los cuatro costados. Y no me equivoqué. Si habitualmente es risueña, alegre y desenfadada, aunque tiene días malos como cualquier hijo de vecino, aquella tarde estaba muchísimo más contenta, con un desparpajo exultante. Se mostraba tan feliz durante la conversación telefónica que me llegué a plantear seriamente si le había tocado la Lotería. Y se lo pregunté directamente. Durante los días siguientes no hice más que darle vueltas a lo mismo. La notaba más dicharachera que en toda su vida y, como ya no tenía edad para darme otro hermanito, pensé que mis padres habían ganado la Primitiva y que me lo estaban ocultando. Me monté la siguiente película de intriga en mi cabeza: “No quieren decírmelo para que no descuide mis estudios. Pero está claro, ¡ya no somos pobres! ¡Por fin somos ricos!”.

Yo estaba cursando mi último curso de Periodismo en la Universidad de Navarra. Como mi madre siempre había estado muy pendiente de mis notas desde que era pequeñito y yo mantuve un expediente académico más que aceptable durante toda la carrera, me imaginé que mis padres no querían comunicarme que éramos oficialmente millonarios para que no me despistara y siguiera hincando los codos como un jabato. En aquel momento tenía a mi lado a una amiga muy especial a la que le conté que había notado a mi madre muy extraña. Muy feliz. Muy simpática. Bastante acelerada. Demasiado cariñosa. No sé si ella se acordará de esa conversación, pero yo recuerdo perfectamente que me dijo que estaba chalado, que era imposible que le hubiera tocado la lotería y que me lo ocultara. Que se me estaba yendo la olla completamente por culpa de aquel tiempo loco de Navarra, que tanto afectaba a mi estado de ánimo. Me conocía bien. Había semanas lluviosas y con niebla en las que intentaba que saliera el sol pensando en la Giralda, en el Puente de Triana, en el río Guadalquivir y en los boquerones fritos del Blanco Cerrillo. Pero nunca lo conseguía.

Pamplona. Viernes, 2 de noviembre de 2007. Seguía haciendo mucho, mucho frío. Era ya de noche y estaba comprando en el supermercado con Jaime, mi mejor amigo. Mientras buscaba las marcas blancas de espagueti en los estantes para no gastar demasiado dinero, recibí la llamada de un profesor. Era Fernando, mi mentor, mi asesor académico. Una especie de guía que nos ponen a los becarios de mi universidad para que aprovechemos al máximo la carrera y cumplamos con los objetivos de excelencia académica que nos exigen para mantener la beca año tras año. Me propuso que si quería cenar con él esa noche. Y, sin dudarlo, le dije que sí. Fernando, al que aún puedo recurrir seis años después de abandonar las aulas si tengo un problema, es una de esas personas que te contagian paz cuando hablas con ellas. Así imagino yo que son los santos en la tierra. Pero esa vez su llamada me intrigó, me puso muy nervioso, porque nunca desde que le conocía me había propuesto que quedáramos a cenar. Y menos un viernes. Por mi cabeza volvieron a revolotear miles de pájaros, pero no adiviné qué es lo que Fernando quería decirme. Revisé mentalmente, por si acaso, las jugarretas que había hecho como estudiante.

Cuando pasó una hora, y Jaime y yo ya habíamos llevado la compra al piso, mi asesor me recogió con su coche y me llevó a un restaurante apartado y algo oscuro, que hay al otro lado del Campus, encima de una colina. Durante la cena sólo hablamos de los estudios, de mi futuro profesional, de mis inquietudes, de política, de las clases… Pero yo seguía preguntándome qué cojones quería Fernando, porque para hablar de esas cosas podíamos haber esperado a vernos en su despacho o a tomar un café el lunes por la mañana: “¿Qué es lo que quiere este hombre un viernes por la noche, joder?”, pensaba cada dos por tres. Aunque no me atreví a decirle nada porque, aunque hay confianza, no podía olvidar que era mi profesor.

Fernando por fin se arrancó por sevillanas a la hora del postre:

– Calixto, quiero comentarte una cosa. Pero quiero que estés tranquilo. Me ha pedido tu madre que te lo cuente yo personalmente.

Y empecé a temblar y a imaginarme lo peor:

– ¿Qué pasa Fernando? ¿Mi madre está bien? ¿Qué le pasa?

– Calixto, a tu madre le han detectado un cáncer bastante avanzado, pero está bien, con ganas de luchar y de tirar adelante. Todo va a salir bien.

– ¿Pero se va a morir Fernando? ¿Se va a morir? ¡Mi madre se va a morir!

Lloré con amargura. A partir de ese momento mi mente se nubló y tengo solo recuerdos borrosos. Sé que fuimos a rezar a la ermita de la Madre del Amor Hermoso que preside la Universidad. Y que, mirando a la estatua, le grité sin palabras a la Virgen: “¿Por qué? ¿Por qué a ella? ¿Por qué? No se lo merece”. Y se me seguían cayendo las lágrimas como a un desquiciado. Cuando ya estaba algo más tranquilo, Fernando me acercó a mi portal. Yo había decidido que no iba a llamar a mi madre hasta que no estuviera entero. Tenía que ser fuerte. No podía defraudarle. Cuando me bajé del coche, la novia de un colega que vivía en mi bloque y que se iba a una fiesta de Halloween me pegó un grito en la cara. Iba vestida de Zombie. Pero yo no estaba para reír las gracias a nadie y la mandé a la mierda al instante. “Ya tenía yo suficientes pesadillas aquella noche como para aguantar a una petarda disfrazada de fantasma”, pensé. Pobre chavala. ¡No tenía ninguna culpa pero lo pagué con ella!

Cuando llegué a mi piso, mis compañeros ya estaban al tanto de la noticia. Mi madre les había llamado para que pudieran arroparme y para que no tuviera que dar explicaciones. Yo tenía mucho miedo a perder a esa mujer con el pelo rizado, sonriente, sensible y trabajadora como la que más sin la que yo no estaría en este mundo. ¡La persona que me ha parido! Cuando, apretando fuertemente el rosario en la mano, cogí el valor de hablar con ella por teléfono sin desmoronarme, lo primero que le hice fue un reproche:

– Mamá, y yo preguntándote toda la semana si te había tocado la lotería, ¡eh! Menuda lotería la que te ha tocado.

(Basado en hechos reales. Demasiado reales).

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2 replies »

  1. Esas noticias son un jarro de agua fría en el momento, pero se sale adelante y se aprende a querer más a esas personas. Eso sin dudarlo.

    Además, si esta historia tiene (como lo tiene realmente) un final feliz, pues mejor que mejor.

    Gran relato, que me ha traído a su vez recuerdos más agrios que dulces, pero que merece la pena mantener vivos.

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