Un día...

Florín

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Florín, cuando se levanta por las mañanas, lo primero que ve es el amanecer, el deslumbrante cielo de Madrid, que está teñido a esas horas de la madrugada de tonos azules y rojizos. Se despierta oyendo el sonido de los pájaros y se pone en marcha cuando le deslumbran los primeros rayos de sol. Podría decirse que es uno de los encargados de poner las calles de la capital porque, cuando arranca su día entorno a las cinco y media de la mañana, apenas hay gente en las calles de Prosperidad, el barrio donde vive desde hace nueve meses. Aunque lo cierto es que Florín, precisamente prosperidad, lo que se dice prosperidad, no tiene demasiada.

Aunque hay momentos en los que se siente verdaderamente contento, en los que se olvida de cómo vive, el peor momento del día para este hombre de 42 años, que aparenta la cincuentena, es cuando se va a la cama, o mejor dicho, a los cartones en los que duerme. Desde el frío suelo, a la intemperie, escucha el martilleante sonido de los camiones de basura, que le recuerdan que no tiene un techo donde vivir. Aunque las circunstancias le han vuelto duro como una piedra, a veces se le escapa, sin que nadie le vea, alguna lágrima. Sus pertenencias son menores que las de los monjes con voto de pobreza: un saco de dormir y una pequeña mochila en la que guarda varias camisetas y alguna muda. Y para de contar. Toda la ropa de abrigo que tiene la lleva puesta encima. Aunque el asfalto es su morada, a veces se ducha en unos baños públicos. Le cuesta tres euros. Allí también se afeita una vez cada quince días. Lo que para un español medio es una rutina diaria, para este rumano es un acontecimiento similar a salir de fiesta y vestirse de gala. Aunque algunos vecinos le tratan bien y le ayudan, otros le miran con recelo por el mero hecho de ser rumano y por su destartalado aspecto. Ni siquiera le dejan entrar a pedir un café en algunos bares. Y, si por suerte no le echan a gritos los camareros de las cafeterías, siempre le reclaman el dinero por adelantado. Ya está acostumbrado a que le traten mal, como a un animal molesto, así que cualquier gesto cariñoso o cualquier ayuda, aunque solo sean veinte céntimos, es para él un regalo caído del cielo.

A pesar de que sus condiciones de vida son pésimas, su mujer y sus dos hijos, que viven en su país y en los que piensa constantemente, le impulsan a seguir adelante, a no tirar la toalla. Y por eso se empeña en su trabajo como el que más. Su profesión: mendigo profesional. Pero eso no significa que se aproveche de los demás o que forme parte de una mafia como algunos de sus compatriotas. Florín vino completamente sólo a España. Y solo sigue. Se montó en Bucarest hace menos de un año en un autobús sin billete de vuelta que llegó a la estación de Méndez Álvaro y, desde entonces, salvo alguna tormentosa escapada al centro, no se ha movido del Barrio de Prosperidad, el único lugar en el que se siente seguro en España. Salvo a su familia, en ‘la Prospe’ tiene todo lo que necesita en su país de acogida: vecinos que le dan alguna moneda de vez en cuando y una oficina que le sirve para hacer giros de dinero a su país. Se conforma con eso.

Aunque ha preguntado en alguna ocasión, intentando defenderse con el castellano, cómo puede alquilar una habitación porque ya no podía soportar más el frío, al final nunca le salen las cuentas. Además, se sentiría culpable si se gasta en una vivienda el dinero que tiene que enviar a su mujer y a sus dos hijos pequeños, que dependen de lo poco que él les envía mes a mes. También ha preguntado a otros rumanos si es posible encontrar un trabajo, aunque sea cargando muebles o en el campo, pero todos le dicen que en España, como en Rumanía, es prácticamente imposible tener un empleo. “Son cosas de la crisis”, le explican.

Una mañana, más gélida que de costumbre, Florín se encontraba verdaderamente mal. Y muy desanimado. El frío de diciembre había hecho mucha mella en su salud y sufría una fuerte infección en los dientes, un dolor punzante y constante que incluso él, un hombre recio que duerme todos los días en el suelo, no podía soportar. No se atreve a ir al médico porque teme que le vayan a detener porque no tiene papeles. En un momento de máxima desesperación, con los ojos húmedos, cogió del brazo con fuerza a un joven que pasea por la calle, que siempre le saluda y que ha observado que suele entrar en la parroquia del barrio. Como pudo, le dijo que no podía soportar más el dolor. “Por favor, por favor, ayuda, ayuda”, le suplicaba señalando el flemón que tenía en el rostro. El joven, que había leído en el periódico que no hay que dar limosna a los inmigrantes porque forman parte de grupos de estafadores, se asustó. Y le echó para atrás el olor que desprendía Florín. Pero, tras el impacto inicial, le vino a la cabeza lo que solía escuchar al cura en misa. Y se dio cuenta de que tenía por fin la oportunidad de poner en práctica lo que decía su religión acerca de los pobres. Fue a la farmacia y le compró al rumano una caja de Ibuprofeno. Le dio un abrazo con cariño aguantando la respiración porque el hedor que desprendía Florín era muy molesto, le compró un café en un bar y cogió el autobús, como todos los días, para ir a trabajar.

A partir de ese momento, Florín y Bernardo se hicieron cada vez más amigos. El rumano estaba siempre en la misma esquina y comenzó a coger cariño al chaval, que se inquietaba si no veía a Florín donde siempre, agitando el vaso de papel arrugado que utilizaba para pedir limosna. Aunque no todos los días le daba una moneda, siempre se paraba unos minutos y trataba de animar a su vecino. El joven se dio cuenta de que Florín lo pasaba verdaderamente mal y que, más que euros, lo que necesitaba era algo de cariño, un poco de calor humano. Bernardo, que tiene un sueldo bastante aceptable y que se pule cada fin de semana la nómina en buenas comidas y en tomar Gin Tonics con los colegas, sufría cada vez que se cruzaba con el rumano un zarpazo en su conciencia. “¡No puedo mirar hacia otro lado y hacer como que no pasa nada”, pensaba. Y un sábado, sin pensarlo demasiado, se levantó de la cama de un salto y decidió dar una sorpresa a su vecino:

– Amigo, vente conmigo, sígueme. ¡Venga! –le dijo a Florín acelerado y haciendo mímica con las manos para que le entendiera.

Florín se lo pensó. Desconfió. Le costaba dejar su esquina, donde sabía que tenía ingresos asegurados, pero finalmente siguió al joven treintañero, que le llevó al metro. Ambos se metieron en un vagón y, tras varias paradas, se bajaron en la estación de Méndez Álvaro, el primer lugar que Florín había pisado en España. La gente les miraba con cara de asombro: “¡Qué hace ese chavalín con ese pobre en el metro!”, pensarían. Bernardo, como apenas podía comunicarse con el rumano, que no hablaba ni papa de español, le llevó a una taquilla donde vendían billetes de autobús a Bucarest y, utilizando un idioma más parecido al indio que al castellano y gesticulando como si hablara con un sordo, le dijo:

– Florín. Amigo. Tengo un regalo para ti.. Billetes. Tú viajar otra vez a Rumanía. Un mes. A ver a mujer e hijos. ¿Entiendes? Billete de ida y vuelta. Yo comprar. ¿Entiendes? Es un regalo.

El rumano, cuando comprendió qué es lo que estaba ofreciéndole Bernardo, se puso a llorar de alegría. Y Bernardo, también muy emocionado y con lágrimas en los ojos, añadió, esta vez con un español perfecto y olvidándose de que su amigo no le entendía:

– No me des las gracias, por favor. No soy yo el que te ayuda, sino el de Arriba -dijo señalando al cielo-. Ese amigo al que voy a ver a su casa muchas mañanas después de encontrarme contigo en la esquina.

Desde aquel sábado, Florín y Bernardo no se han vuelto a encontrar.

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