Cuentos y relatos

Currito te espera en el Cielo

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Carmen es una chica zalamera, morena y gallega. Muy gallega. Eso sí, no tiene nada de acento cantarín ni te responde con una pregunta. Tiene cara de buena persona, es estudiosa, con gran capacidad de trabajo y siempre, siempre, siempre, está sonriendo. Su forma de mirar a los demás y de enfrentarse al mundo transmite confianza. Será por eso que cosecha amigos de todo pelaje: rojos, verdes, azules, conservadores, progresistas, fachillas, hípsters, pijos, rockeros, amantes de la televisión pública, liberales… Es una mujer felizona que roza la treintena y que, con su gesto amable, hace que te sientas especialmente tranquilo a su lado, como si estuvieras hablando con alguien de confianza como tu madre o con un hermano. Su gran virtud es todo un arte que envidio con todas mis fuerzas: sabe escuchar a los demás.

Pero eso no quita que sea una mujer de armas tomar: es luchadora, combativa y, en ocasiones, irónica. También tiene un gran espíritu competitivo cuando, por ejemplo, se enfrenta a los amigos en el trivial. Lo digo por experiencia. Tiene una vida social amplia, pero eso no quita que cuide con mimo a sus amigos y a su marido. Eso sí, tiene un pequeño defecto: hasta que no le preguntas a qué se dedica no suele confesar que dedica la mitad de su jornada a recaudar impuestos, una de las profesiones más detestadas por los pícaros españoles. Pero si surge el tema tampoco le duelen prendas en defender a capa y espada a la Agencia Tributaria.

A pesar de que es una gran amiga con la que sé que puedo contar, y le doy gracias a Dios porque es la mujer de mi mejor colega de la Universidad, el primer día que nos conocimos tuvimos una fuerte discusión, una especie de debate filosófico con el que Carmencita rompió todos mis esquemas. De entrada, cuando la conoces, puedes pensar que lo tiene todo controlado, que es una persona de costumbres y que nunca sacaría los pies del tiesto. Pues bien, después de nuestra primera conversación me di cuenta de que tiene un mundo interior que supera todos los esquemas prefijados y una sensibilidad que sólo tienen algunas mujeres muy especiales.

En aquella tarde de octubre, en la que volvíamos de un supermercado de comprar abalorios variados con mi amigo Jaime, que meses después se convertiría en su novio y con el que ya forma una familia, pillé a Carmen hablando con ternura de Curro. En principio me pensaba que se refería a algún familiar, porque decía con total convicción que estaba en el cielo y que le echaba muchísimo de menos. Sin embargo, mi sorpresa fue mayúscula cuando esa chica organizada, a la que es casi imposible pillar fuera de sus casillas, me insistió con vehemencia que Currito, el perro que había cuidado desde pequeñita, tenía sentimientos y que estaba convencida de que se encuentra en el Paraíso y que se encontraría con él cuando a ella le tocara la hora.

Nunca he creído que los perros vayan al cielo. Algún cura me ha enseñado que los animales no tienen alma y que, por lo tanto, cuando mueren, desaparecen. Fin de la historia. En nuestro duelo, Carmen me lanzó una batería de preguntas que no me dejaba contestar: “Entonces, ¿por qué les creó Dios? ¿Cuál es su misión en esta tierra? ¿Simplemente nos sirven como peluche, como un sustituto del amor que podemos dar a otras personas? ¿No tienen derecho los animales a disfrutar de la eternidad?”. Y así por lo menos se llevó media hora. La verdad es que los argumentos de Carmen eran convincentes, porque es una chavala inteligente, pero yo nunca me bajo del burro tan rápido y no cambié de opinión. Hasta hoy estaba convencido de que, tras ese debate, Carmen me había mostrado una de las pocas debilidades que tiene y que quería tanto a Currito que era imposible que admitiera, por mucho argumento racional que yo le diera, que su perrito ya no existe y que los animales se convierten en un saco de huesos cuando estiran la pata. Había descubierto su punto débil.

Pero hoy Carmen me ha demostrado, seis años después de la conversación, que es capaz de convencer al mismísimo Papa si hace falta para llevar la razón y dejarme con el culo al aire. Me he ruborizado cuando he leído buceando en internet que Francisco ha dicho en una de sus últimas apariciones públicas en la Plaza de San Pedro, tratando de consolar a un niño que estaba triste por la muerte de su perro, que “un día vamos a ver de nuevo a nuestros animales en la eternidad de Cristo”. “El Paraíso está abierto a todas las criaturas de Dios”, explicó. Y se quedó tan ancho.

¿Cómo va a ir al cielo el West Highland White Terrier de Carmen? ¿Cómo va a estar en el Paraíso aquel animalito con un rabo gracioso que estaba siempre está pendiente de todo lo que tiene a su alrededor? ¿Cómo va a estar en el cielo Currito, ese animalito serio con los extraños, pero muy familiar, y que adoraba a la madre de mi amiga Carmen?

Pues sí, los perros también van al Cielo. Y Currito te espera allí, Carmen. ¡Has vuelto a ganarme la partida!

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1 reply »

  1. No te quito la razón… Y menos al Papa! Siempre he pensado que para consolarnos este tipo de argumentos nos dan mucha paz… Solo digo, estén los perros o no en el cielo… Me imagino que la felicidad de estar con Dios sera tan inmensa que te olvidarás del perro (tú genérico) aunque ahora aquí en la tierra pensar que esta en el cielo y que lo volverás a ver… Consuela! Como siempre me gusta tu post! Bsitos

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