Cuentos y relatos

¡Ponme otro Gin Tonic, Claudia!

gotero

13 de septiembre

A las diez de la mañana ya tenía enchufado el primer Gin Tonic en vena. Lo reconozco, me he vuelto un poco borrachín. A estas horas de la noche ya me encuentro bastante tranquilo, relajado, en la suite de este hotel tan peculiar, en el que me cuidan mejor que a un marqués. Aunque después de la primera copa intravenosa de ginebra estaba bastante sereno, tras el tercer copazo mi cabeza empezó a dar vueltas como una peonza loca. Pero como el poder de la mente todo lo puede, me imaginé que estaba en la playa, tumbado en la arena, con el sol tostando mi piel y con el agua del mar mojando mis pies con las olas. Al final, a media tarde, la insolación fue tan fuerte que casi no podía levantarme y la resaca tan dolorosa que no podía ponerme en pie. Pero, como soy un chico bastante echado para adelante, no me resistí a tomarme uno de esos chupitos color cerveza al que me invitó una chica muy guapa, un auténtico pibón. Y empecé a recuperarme. Después de la enésima siesta del día y algo más recuperado del clavo que atravesaba mi frente, aquí sigo, disfrutando de mi suite. ¡Siempre en posición horizontal! Lo que más echo de menos es ponerme a leer un buen libro y la videoconsola, aunque la verdad es que mi vista, después de la tralla que le estoy dando a este cuerpo serrano, no da para más.

16 de septiembre

Me encuentro delante del espejo observando mi nuevo look. El gin tonic que me inyectan desde hace unos días no ha dejado un pelo vivo en mi cabeza, así que como un buen soldado que está luchando en el campo de batalla, he decidido raparme la chorla. La verdad es que mi nueva apariencia me da un aire de rapero bastante molón. Hoy, en el menú del día, me han ofrecido un cóctel especial: una transfusión de vida roja, con el color de un bistec, que da gusto. Pero no ha venido la chica a la que espero con ansias todos los días. Me ha chafado. Calculo que tiene 28 años, como yo. Tiene una melena rubia brillante, dos perlas por ojos con dos manchas negras como el carbón que me derriten cuando me observan, y una sonrisa que quita el hipo, la respiración y esta resaca que me provocan diariamente con distintos venenos de diferentes tonalidades. ¡Muy apetecibles! Menos mal que Claudia, mi enfermera preferida, me trae casi todos los días su sonrisa por las mañanas y la morfina que me calma, ¡que si no!. Aunque el pinchazo que me pone pica bastante, después de verla a ella me quedo planchado, boca arriba en mi cama y con una sonrisa tonta que parece que estoy drogado. ¡Y vaya si estoy drogado!

17 de septiembre

Suena un tono. Dos tonos, tres tonos, cuatro tonos, cinco tonos…  Y nadie responde. ¡Dios, responde! ¡Venga ya! ¿Dónde estás? ¡Te busco y no te encuentro! ¡Te llamo y no respondes! ¡Anda, mándame alguna señal! ¡No te hagas de rogar!

Curro llamando a Dios, Jesús, Yahvé, Alá… ¡Como te llames! ¡Pero dime algo! ¡Qué más te da hablarle, aunque sean unos segundos! Dile algo a Currito, a este chaval de 28 años que tiene el cuerpo destrozado y que siempre ha estado a tu lado en los momentos buenos. ¡Jesús, chaval, dame fuerzas para no derrumbarme y no me dejes tirado! ¡Hazme el favor!

Llevo más de 24 horas dormido y sigo con un resacón del quince. Buenas noches. Me voy a la piltra. Mañana será otro día.

20 de septiembre de 2014

Hoy no puedo casi ni escribir. Me encuentro bastante débil. Borracho de morfina, quimioterapia y de transfusiones de mi propia sangre. El cáncer que corre por mis venas me está matando. Pero todo merece la pena porque hoy Claudia ha venido a verme. ¡Y en su día libre! Y eso me da impulso para seguir luchando contra este insecto lapa que corre por mi sangre. ¡Puta leucemia!

25 de septiembre

Me siento más fuerte que nunca. Con muchas ganas de tirar para adelante, de vivir. Hoy me han quitado los gin tonic y los chupitos. Y la verdad es que me siento mucho menos mareado. En mi suite tengo una norma que hago cumplir a rajatabla: el que llore que no entre. Y mi madre, que es toda una sentimental, hace esfuerzos sobrehumanos para no separarse de mí ni un instante. Siempre está sonriendo, apoyándome, pero sé que está destrozada por dentro. Sin embargo yo, que soy un inconsciente, estoy en paz, y me imagino que, cuando me cure, le pediré el teléfono a Claudia, que quedaremos para dar una vuelta en bicicleta por el parque del Retiro y que, muy felices, comeremos perdices. ¡Mira que tener que sufrir una puta leucemia para encontrar el amor!

30 de septiembre

Claudia es la chica de mi vida. Me encanta. Es sencilla, currante y su sonrisa funciona conmigo mejor que cualquier medicina. Cuando me mira con sus ojos pillos, de niña traviesa, me siento completamente curado. En sus ratos libres, sentada en un taburete de este magnífico hotel de cinco estrellas en el que tengo todas las atenciones posibles con sólo apretar un botoncito, me cuenta su jornada de trabajo. Y damos paseos por los pasillos del hospital. En esos instantes, en los que se para el reloj, siento que estoy libre del veneno. Y, cuando abandona mi suite, doy gracias a Dios por haber caído enfermo: sin la jodida leucemia no hubiera conocido a mi Claudia, a esta niña tan dulce y graciosa que me quita todos los males con su sinvergonzonería y su desparpajo. Sin duda, ella ha sido la respuesta de Dios a mis oraciones, a mi impertinencia. ¡Gracias Jesús por no abandonarme y darme la señal que necesitaba! Ahora puedo con todo.

Epílogo

Soy Claudia, esa enfermera que atiende desde hace quince días a un chaval calvo y con cara paliducha. Sí, a Currito, ese galán con pijama al que he cuidado en las últimas semanas. Ahora me siento perdida en los pasillos de este gran hotel que conozco tan bien. Cuando su familia, con mucho cariño, me ha pasado una fotocopia de estas páginas de su diario, me he tenido que sentar en el suelo porque no podía mantenerme en pie. Con las manos temblorosas, escribo estas líneas después de pasarme dos días llorando. No sé escribir con tu arte, Curro, pero sé que te debo una explicación. Aquí va:

Currito, ¿a quién le voy yo ahora a llevar los Gin Tonic y los chupitos? ¿A quién voy a animar yo todas las mañanas para que tire para adelante y no se venga abajo? ¿Quién me va a impulsar a hacer mi trabajo con una sonrisa todos los días? ¿Quién me va a contar chistes y guiñarme el ojo medio dormido y con cara tontorrona? ¿Con quien voy pasear por los pasillos de este gran hotel? ¿A quién voy a ver hacer el tonto con el gotero que llevabas atado al brazo? No puedes dejarme tan pillada en quince días y desaparecer. De repente. Eso no se hace, tío. Pero quiero decirte que eres un soldado valiente y que, si hubieras conseguido salir vivo del campo de batalla, ibas a tenerme a tu lado. Al final lograste conquistarme, mamoncete. Y mira qué es difícil conseguir embaucar a una chica como yo. Ahora, dime una cosa, ¿qué hago yo? Pídele a tu Dios, ahora que estás a su lado, que me dé una señal, anda. Me conformaría con que me des una última caricia. ¡Ya te vale!

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