Cuentos y relatos

La fuga de Luigi, el ministro

ejecutivoEl ministro de Finanzas de Esparnia, Luigi el Cerezo, no puede más. Se encuentra sólo en su despacho, entre un laberinto de papeles. Está al borde de llorar desconsoladamente como su hijo pequeño, un bebé de nueve meses que, cuando tiene hambre, grita como el dinosaurio que escupe veneno en Parque Jurásico. Desde varias semanas el encargado de velar por las cuentas del pequeño país del sur de Europa, que tiene un clima privilegiado y primaveral durante todo el año y apenas un millón de habitantes, está completamente bloqueado. Luigi, sentado en su cómodo sillón, visualiza en su mente unas manos que giran las filas de colores de un cubo de rubik indescifrable. Mira los últimos informes que tiene en su escritorio, que están arrugados y manchados de café. El paro sigue subiendo y ya alcanza el 50%. La gente no consume en las tiendas, la economía sumergida se ha disparado, no hay dinero para pagar las pensiones… Pero, misteriosamente, la gente no protesta. ¡La macroeconomía del país se derrumba día a día pero no hay ni una manifestación, ni una revuelta social, ni se queman contenedores en las calles!

La población de Mandriles, la capital en la que vive concentrada la mayor parte de la población de Esparnia, aburrida de trabajar con sueldos de miseria y de dejar el dinero y su trabajo en manos de los corruptos, ha optado por salirse del sistema sigilosamente y ha comenzado a cultivar tomates en los parques, a coger las naranjas y los limones de los árboles y a organizarse por su cuenta en los barrios y en las comunidades de vecinos, pasando completamente de las instituciones. El propietario de El Cutter Italiano ha tenido que cerrar su centenario negocio porque no hay ni un alma dentro de las tiendas a pesar de que ofrecen rebajas de hasta un 90%. La ciudadanía, que se organiza en torno a agrupaciones que capitanean los abuelos, que vivieron la guerra y la escasez cuando aún se le caían los mocos, se abastece diariamente en mercadillos improvisados en las calles. Y a cambio de su experiencia, a los ancianos no le cobran por nada y viven a cuerpo de Rey. Mientras tanto, la policía y los inspectores de Hacienda del Gobierno, que han empezado a salir a la calle con porra para hacer su trabajo y que llevan algunos meses cobrando con retraso sus nóminas, no dan abasto. Y algunos empiezan a dejar sus puestos y a unirse a las agrupaciones ciudadanas.

Luigi ha recuperado hasta los libros de macroeconomía I y II de la facultad, pero no hay manera de que saque nada en claro: “La economía de este jodido país no tenía solución. Esto se ha convertido en una anarquía. No hay ley ni orden”, se repite con frecuencia por lo bajini. En las últimas semanas, en vez de revisar los papeles que le mandaban sus asesores, se dedica a ver vídeos en TuTubo de caídas graciosas y monólogos del cómico de moda, Pepe Rugira. Luigi, a pesar de que lleva dos años en el puesto y de que la presidenta Mariana Restoy lo ha dejado todo en sus manos, no sabe qué hacer. La repipi Restoy, con su pasividad frente a los ladrones con traje y corbata de seda, ha forzado la revolución silenciosa liderada por los viejos. Pero Luigi, que ha callado y obedecido órdenes mucho tiempo, mientras se distrae con el comecocos en el ordenador, toma una decisión. La decisión de su vida.

El ministro despista a los guardias de seguridad y al chófer del coche oficial. Y sale por una puerta de atrás del ministerio. Como un prófugo. Sólo lleva en una bolsa de deporte una muda y dos o tres fotos de su hijo, que vive con su madre desde que se separaron por culpa de su excesiva dedicación al trabajo. Luigi se enciende un pitillo y se dirige a su casa, donde no le espera nadie. Coge el viejo coche que tiene aparcado en el sótano desde que fue nombrado e intenta arrancarlo. Aunque el vehículo tarda en ponerse en marcha por el desuso, finalmente consigue que el motor dé señales de vida. Se pone a conducir sin ninguna dirección concreta. Le ha costado aceptar que el país vive muchísimo mejor sin él. Ya no dará ninguna rueda de prensa de esas en las que repite siempre lo mismo y donde trata a los reporteros como a bobos, ya que nunca les responde a lo que preguntan. Se le ocurre que podría dedicarse a trabajar en el campo de sus padres, fuera de la cárcel ministerial en la que le han salido las primeras arrugas y las primeras canas. Da un volantazo y se dirige a Castillete, su pueblo de la infancia.

No sabe si la situación en Esparnia aguantará mucho más, pero piensa que a lo mejor se ha equivocado de bando. En las afueras de Mandriles firma su dimisión tirando el teléfono móvil por la ventana, que cae en un riachuelo. “Que les zurzan a todos. ¡Viva la anarquía!”, grita para desahogarse con una sonrisa en el rostro. Por fin ha dejado de ser el empollón de clase obediente que todo lo hace correctamente y, con el pecho henchido, se siente más libre que nunca. Aunque nota que todavía le falta algo para ser completamente feliz. Su mujer y su hijo.

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