Un día...

¡Hay un terrorista suelto en Sevilla!

sevillaEstaba tumbado en el salón, tapado con una manta hasta los ojos y viendo una serie en la tele. Tenía los pies helados a pesar de que llevaba doble calcetín. Se hacía de noche. Con 13 años recién cumplidos, no era raro que mis padres me dejaran solo en casa cuando se iban a hacer algún recado. La vivienda, una especie de chalet con tres pisos y con un sótano enorme completamente vacío, se encontraba sobre una ladera en las afueras de Sevilla. Hacía solo unos pocos meses que nos habíamos mudado a Castilleja de Guzmán, un municipio en el que buscábamos la tranquilidad del campo, lejos del bullicioso y confortable barrio obrero de la ciudad en el que me había criado, donde tenía a todos mis amigos. Pero entre esas cuatro paredes me sentía pequeño. Desvalido. Tengo que reconocer que, en aquella época, mi hogar me daba cierto respeto. Por no decir miedo. Aún no me había acostumbrado a vivir en un pueblo casi desierto, en el que podía oír los grillos y contemplar desde la ventana del comedor un olivar desierto y, a lo lejos, a varios kilómetros de distancia, la Giralda y la Catedral completando la postal de una ciudad completamente iluminada. Esa tarde no había nadie en las calles y esperaba con ansiedad que mi familia volviera pronto para darle a aquellas cuatro paredes un poco de calor humano.

Invadido por una sugestión adolescente bastante infantil, no quería moverme del sofá. No me atrevía ni siquiera a encender las luces. La estancia solo estaba iluminada por la pantalla de la televisión. No había aún ni farolas en la calle que mitigaran aquel aspecto lúgubre. Cuando me había olvidado del temor y estaba embobado otra vez con la trama de una serie que ya no recuerdo, la cadena cortó bruscamente la emisión y, por culpa de la música de los informativos anunciando una última hora, pegué un brinco en el sofá. Me senté con la espalda rígida y los ojos bien abiertos. Una periodista informaba de que, en mi propia ciudad, los terroristas de ETA habían asesinado a un conocido médico sevillano. A bocajarro y sin piedad. “Lo sentimos. Interrumpimos la emisión para informarles de que, hace pocos minutos, ha sido asesinado con un balazo en la cabeza en Sevilla el médico Antonio Muñoz Cariñanos. Seguiremos informándoles en próximos boletines informativos”.

A los pocos minutos, mientras cambiaba de canal para encontrar nuevas noticias sobre el asesinato que se había cometido en mi ciudad en esos mismos instantes, llamaron por teléfono. Lo cogí pero nadie respondía. No le di la menor importancia. Alguien se habría equivocado. Volví a sentarme en el sofá y, al poco rato, conectaron de nuevo en directo los servicios informativos: “Nos comunican que los terroristas se han hecho pasar por pacientes y, cuando han entrado en la consulta, han disparado al Doctor Antonio Muñoz Cariñanos en la cabeza, aproximadamente a las siete menos veinte de la tarde. Según las fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado, podría tratarse del Comando Andalucía”. Volvió a sonar el teléfono y esta vez sí comencé a ponerme nervioso. No sé qué es lo que hizo que vinculara esas llamadas con el suceso espantoso que estaba ocurriendo en las calles de mi ciudad, por las que había paseado desde que era un enano. Nadie respondía y comencé a preguntar insistentemente, con ansiedad, que quién era. Lo peor es que, en la segunda llamada anónima, empecé a escuchar el eco de mi voz por el propio teléfono. Rápidamente colgué y, con el corazón bombeando sangre a la velocidad de la luz, volví a enchufarme a la actualidad.

Mientras que me encontraba siguiendo con mucha atención cada uno de los nuevos detalles del horrible crimen, como si de una broma macabra se tratara, apareció en las noticias un mapa apuntando la zona en la que podrían encontrarse los terroristas en fuga y captura. Y en el dichoso mapa localicé el descampado que está delante de mi casa, un precioso olivar de varias hectáreas que podría ser el lugar escogido por los etarras para esconderse. ¡Había terroristas en el Aljarafe! Mi mente empezó a hacerse preguntas absurdas: “¿Y si ahora entran en casa y me secuestran? ¿Y si las llamadas sin respuesta tienen relación con todo lo que está pasando?”. Como un tontorrón acojonado, llamé a mis padres al teléfono móvil varias veces, pero no contestaban. Mientras tanto, la presentadora no hacía más que darme ánimos: “Se avisa a los ciudadanos que los terroristas son muy peligrosos y que avisen a la policía ante cualquier movimiento sospechoso”. Aunque posiblemente lo más prudente hubiera sido cerrar las persianas para que nadie se diera cuenta que estaba sólo en casa, hice todo lo contrario. Completamente enajenado, subí piso por piso, pasé por todas las habitaciones, miré dentro de los armarios y encendí todas las luces de la casa para sentirme más seguro. Me tumbé otra vez en el sofá y me tapé con la manta hasta los ojos como si nada estuviera pasando.

Volvió a sonar el teléfono. Lo descolgué y, directamente, me puse a insultar al que me estaba gastando aquella broma de mal gusto en ese momento crítico para la ciudad. “Hijo de puta, cabrón, responde de una vez. Voy a llamar a la policía”, respondí medio gritando.  Nadie contestaba pero notaba que alguien estaba al otro lado. Escuchaba su respiración. Muy inquieto, seguía preguntando quién era con insistencia mientras miraba por la ventana el descampado, donde ya era de noche y no se veía absolutamente nada, ni siquiera coches de policía rastreando la zona. “Tienen que estar aquí. Es el escondite perfecto”, pensé.

De repente, oí en el auricular que mantenía en la oreja una especie de ronquido. Volví a preguntar gritando quién era. Pero no contestó ningún terrorista ni escuché ninguna voz de ultratumba: “Síii. Qué te pasa Cali. Cali. Cali. hijo mío. ¿Estás solo en casa?”. ¡Gracias a Dios! ¡Era mi abuela, mi querida abuela Elvira! Me había intentado llamar por teléfono y se estaba quedando dormida. En ese mismo momento, mientras volvía a intuir un dulce ronquido al otro lado del teléfono, escuché la cerradura de la puerta. Me quedé tranquilo porque, después de unas horas de infarto, sabía que los terroristas no tenían llaves de mi casa.

(Miedo, quién dijo miedo. Basado en hechos reales de mi adolescencia)

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