Experimentos

Ayer mis lagrimas se fueron de juerga

La_grimas

“¡Llora! No te avergüences  de confesar que me quisiste un poco.  ¡Llora! Nadie nos mira.  Ya ves; yo soy un hombre… y también lloro”. Muchas veces vienen a mi cabeza estas palabras de Bécquer que me recitaba mi madre cuando era pequeño. Sobre todo me gusta la última frase. Y sí, lo reconozco, yo soy un hombre y también lloro. Mis lágrimas son libres. Y a veces deciden abandonar mis ojos sin que yo las controle. Sin tan siquiera pedirme permiso. Aunque habitualmente no dejan su morada con demasiada facilidad – y reconozco con orgullo en los últimos meses las tengo bastante bien controladas– , ayer se tomaron la justicia por su mano y salieron a dar un paseo por mis mejillas. Prepararon una rebelión en toda regla. Me cogieron con la guardia baja.

Al principio comenzaron a salir de su escondite con sigilo, sin que nadie a mi alrededor se diera cuenta. Tampoco yo me di cuenta. Estaba sentado en mi sillón del trabajo, recostado con una posición imposible e intentando poner en orden mi cabeza después de una jornada larga, demasiado larga. Pero me despisté un momento. Como la policía que las mete en vereda estaba despistada después de un fin de semana en el que había descuidado a mi querida almohada, una de mis neuronas, sin permiso y liderando la emboscada, cogió una lupa y se puso a rebuscar en los rincones de mi cerebro, donde guardo algunos archivos desordenados. Y, aunque lo tengo bien escondido, acabó encontrando el dichoso documento, lo que más me duele: el pasado, el jodido pasado.

En ese momento mis lágrimas empezaron a frotarse las manos y, mientras yo me entristecía, ellas se entusiasmaban porque se dieron cuenta de que iban a poder salir de paseo. Estaban felices, como si fueran niñas pequeñas que van a salir al parque a disfrutar del sol después de un largo invierno. A los pocos minutos, mientras a mí me invadía la melancolía, vieron que tenían el camino despejado, y, al compás que les marcaba mi cansancio, mi inseguridad y mi agotamiento físico, comenzaron a danzar armoniosamente por mis mejillas. Alegres, muy alegres.

Como comentaba al principio, a veces mis lágrimas me respetan. Y dejan mis ojos, su casa, con cierto orden. Me dejan intimidad y permiten que nadie a mí alrededor descubra que de vez en cuando hacen conmigo lo que les da la real gana. Casi siempre tienen la deferencia de salir a dar una vuelta cuando yo les dejo, para que nadie se dé cuenta de que la prisión en la que están encerradas tiene algunas goteras. Y, cuando tengo la puerta cerrada de mi cuarto, les doy rienda suelta. ¡Libertad! En esos momentos pueden correr a sus anchas. Pero a veces se ponen rebeldes y organizan, como ayer, una fuga de prisión sin previo aviso. ¡Menuda juerga que se pegaron! Una de ellas se resbaló y cayó en mi camisa. Otra cayó sobre la comisura de mis labios y se coló por mis papilas gustativas. Mi cara parecía un parque acuático.

Pero estaban equivocadas. ¡Ay, cómo estaban de equivocadas! Mis lágrimas no se dieron cuenta de que, como ocurre siempre, ellas no tienen nunca la última palabra. Puse en alerta y pasé revista a varias neuronas que danzaban aburridas por mi cabeza. Y, como dice un compañero de trabajo con mucha gracia, les encargué una misión con arte, gusto, tronío y paladar. La operación era sencilla. Me levanté de la silla, me fui al cuarto de baño y dejé correr el agua del grifo. Quería que saliera bien fría. Esa era la señal para que mis neuronas-guerreras, mis aliadas, activaran unos grandes haces de luz que iluminaron toda mi cabeza y que descubrieron grandes montañas de ideas con lo que más me puede animar en la Tierra: mi presente y mi futuro. Metí las manos en el agua y, sin miedo, me lavé la cara. Mis lágrimas, horrorizadas, volvieron a encerrarse en su morada y yo, entusiasmado, me miré al espejo con una sonrisa en los labios, con los ojos más brillantes que nunca y con ganas de seguir comiéndome el mundo por los pies. Volví a ganar la batalla, aunque sé que la guerra continuará. “Ya ves; yo soy un hombre… y también lloro”.

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