Un día...

La mujer que le hablaba a las plantas

Featured Image -- 236Tuve la suerte de conocer a una mujer que le hablaba y le canturreaba a las plantas, para que florecieran a la luz del sol de Sevilla. Mejor dicho, tuve la suerte de quererla. Y de que me quisiera. Hace tres años que se enfrentó a su segundo nacimiento, a la muerte. Aunque parezca extraño, recuerdo aquel día con cariño e incluso se me ha escapado alguna sonrisa cuando le he contado a algún amigo lo que ocurrió en aquellas jornadas en la que le despedimos. Aquel 20 de enero de 2012 tuve mucho miedo porque ya no iba a volver a verla nunca. Lloré como un niño pequeño. Sin embargo, también noté que mi abuela, ya desde el Cielo, me gastaba su última broma y me recordaba que, hasta en los momentos más malos de la vida, hay hueco para el sentido del humor.

Mi abuela Elvira era una señora gorda, con una barriga de embarazada que se había moldeado a lo largo de los años con siete hijos a sus espaldas. No tenía ninguna arruga en el rostro. Y se maquillaba muy poco. No le hacía falta. Tenía unos ojos que encerraban toda la paz del mundo. Como las ancianas de los pueblos con casas blancas de Andalucía, se engalanaba cada mañana con vestidos floreados o de lunares de una sola pieza. Otros de sus grandes dones los desarrollaba en la cocina: preparaba las mejores tortas fritas del Universo, con las que deleitaba a sus nietos a la hora de merendar, y unas croquetas caseras con los avíos del puchero que quitan el sentío. Aunque lo que más me gustaba de ella eran sus besos. Repartía decenas de ellos poniendo la boquita de piñón. Sólo tenías que rodearla con tus brazos para que te diera aquella inyección de cariño que te hacía olvidar todos los problemas. Fueran los que fueran.

Mi abuela Elvira no consiguió nunca adaptarse al estilo de vida del siglo veintiuno. Y eso era parte de su encanto. No necesitaba aparatejos para ser feliz. Nunca tuvo un teléfono móvil, tampoco aprendió a manejar los euros y, por supuesto, no sabía que era eso de Internet de lo que hablaban sus nietos. A ella le bastaba y le sobraba con una biografía de Santa Teresita, de Teresa de Calcuta o de Fray Leopoldo. Tampoco la he visto nunca engancharse a una película, aunque mi madre me dijo que una vez fue al cine a ver Los diez mandamientos con mi abuelo Calixto, que la dejó viuda cuando aún tenían media vida por delante.

A pesar de que nunca llegué a pensar que iba a dejar de estar a mi lado, ni siquiera cuando estaba ingresada en la UCI, finalmente llegó aquel momento. Mi hermano y yo  viajamos el día antes a Sevilla para despedirnos de ella. Aunque manteníamos la esperanza de que finalmente aquel viaje fuera en balde. Yo estaba en la habitación en el momento en el que descubrimos que se había muerto. Mi padre, poniéndole la mano en el pecho, se dio cuenta de que su corazón no latía pero mi tío Cristóbal y mi prima Marina, que también estaban allí, se negaban a reconocerlo porque la máquina de ventilación creaba la ilusión de que seguía respirando.

Después de llorar mucho en el hospital y en el tanatorio, tuvimos que enfrentarnos al funeral y al entierro. Mi tío Antonio lo estaba organizando todo, pero surgió un problema totalmente imprevisto. Aunque todos dábamos por sentado que descansaría en la tumba de la familia junto a su marido, un empleado de la funeraria hizo tambalear todos los planes cuando dijo que, debido a su tamaño, era muy posible que mi abuela Elvira no cupiera en la tumba. Recuerdo perfectamente sus palabras: “Señores, lo primero, siento mucho. Tengo que decirles que vayan a medir la tumba porque el ataúd tiene un tamaño especial. De hecho la fallecida ya está algo apretada en el ataúd. ¿Quieren que lo dejemos abierto o cerrado en el tanatorio?”. Yo creo que a nadie de mi familia, agotados anímicamente, le preocupó demasiado esa recomendación, pero a me quitaron completamente la tranquilidad. “¡Cómo es posible que no quepa en su tumba! No estaba tan gorda”, era la frase que invadía mi cerebro aquella tarde.

Aquel día, después de dar besos y más besos a familiares lejanos que ni siquiera conocía, yo no hacía más que preguntar a mis padres y a mis tíos cómo íbamos a solucionar aquel inconveniente. Tenía que caber. Temía que al final la tuviéramos que incinerar a pesar de que sus hijos, en asamblea y tras habernos consultado informalmente a los nietos, habían decidido el día anterior que la enterrarían junto a mi abuelo, al que aprecio mucho aunque nunca le conocí. Cuando nos fuimos a dormir yo seguía sin saber si mi abuela podría reposar en su sitio. Donde debía.

Aquella noche pasó muy lentamente. Y, aunque le costó, el 21 de enero llegó. A primera hora de la mañana, sin haber dormido prácticamente nada, me duché, me puse el traje y me fui a buscar a mi tío Antonio, que se había quedado en el tanatorio para velar a mi abuela en su última noche. Mientras amanecía, me tomé un café con uno de mis primos mientras él se aseaba. Rápidamente nos fuimos al cementerio para medir la tumba y despejar la incógnita. En realidad mi tío estaba más preocupado por cuál era el estado de la tumba, y había encargado a unos obreros que la adecentaran. Pero yo sólo tenía en mi cerebro la duda permanente de si mi abuela cabría o no cabría. Después de recorrer a pie y durante media hora todo el cementerio de San Fernando, un campo muy bonito en el que te cruzas con tumbas verdaderamente curiosas –desde lápidas con el escudo del Betis a una estatua de Lola Flores–, finalmente llegamos al humilde mausoleo familiar, completamente blanco y con una cruz negra de metal. Aunque el motivo de la visita no era agradable, me hizo ilusión ver en la lápida el nombre de dos antepasados míos con mi mismo nombre. Allí estábamos reunidos los tres Calixtos: mi bisabuelo, mi abuelo y yo, ya que el nombre se saltó una generación.

Después de hablar con los albañiles, mientras yo me ponía cada vez más nervioso, mi tío sacó el metro del bolsillo para medir la tumba, mientras yo rezaba y pedía a Dios, a los ángeles y a mis antepasados que, si era necesario, cambiaran las reglas de la naturaleza para que mi abuela entrara en aquel dichoso agujero. Menudo deseo más absurdo. Lo que yo quería en realidad era que mi abuelita se pusiera en pie y que nada hubiera pasado, pero la pobre ya había sufrido demasiado en la vida y se merecía descansar junto a los suyos. Mi tío me dijo que el espacio era justito y no se me ocurrió otra cosa que proponerle una idea peregrina: “Tío, si no cabe podríamos enterrarla de lado, ¿no te parece?”. Su cara lo decía todo.

Finalmente decidió que íbamos a enterrarla allí con todas las de la ley. Mi tío me dijo para tranquilizarme que, aunque, por pocos centímetros, la tumba si cabría, pero yo seguía sin tener claro si el ataúd de mi abuela entraría finalmente en aquel hueco. En el camino de vuelta al tanatorio yo soñaba con los ojos abiertos que, cuando volviéramos al pueblo, mi abuela volvería a darme besos con su boquita de piñón, que estaría cantándole a las plantas del jardín como si nada hubiera pasado y que se comería el gazpacho que le haría su hija Elvira, mi madre, que cada vez se parece más a ella. Sin embargo, dadas las circunstancias, aquella tumba era el sitio perfecto donde mi abuela podría descansar. Y, por supuesto, no quería de ninguna manera que al final tuviéramos que buscar un nicho –odio los nichos– con medidas especiales para ella.

Después de la misa funeral, nos dirigimos todos al campo santo y, cuando me quise dar cuenta, el cura de mi familia, D. Moisés, ya no estaba. Y como mi hermano y yo tenemos la fama de ser los cristianos de la familia, me pidieron que empezara a recitar alguna oración. Empecé a rezar en alto, y con la voz entrecortada y nerviosa, aquella letanía que me había enseñado mi abuela con ternura y que recitaba muy a menudo. Aunque en los últimos años, por culpa de un ictus, sólo completaba las frases. “Nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda, con la paciencia todo se alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”, repetíamos todos. De aquel momento sólo recuerdo que me acompañaba la voz de mi tía Lucía, la pequeñita de mi abuela.

Finalmente, aquella mujer grande en todos los sentidos, mientras yo recitaba sin parar el repertorio de oraciones que nos había enseñado cuando éramos pequeñitos –de hecho, tuvieron que decirme que me callara–, logró entrar en aquel agujero aunque se hiciera de rogar. Allí sólo se quedó su cuerpo, aquel cuerpo grande y abrazable que tanto cariño nos había dado. Pero su alma de santa se quedó con nosotros. La noto cerca cada vez que suspiro, algo que me ha dejado en herencia y la única licencia que ella se permitía de vez en cuando para desahogarse en este valle de lágrimas. Te quiero, abuela.

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