Un día...

El niño patoso que llegó el último a la meta

 

Cuando tenía nueve añopatosos participé en una carrera popular en el Parque Amate de Sevilla. Me animó a que me apuntara mi profesor de Deporte, Don Emilio, uno de los hombres más humildes y bonachones con los que me he cruzado en esta vida. Me hizo una promesa que me ilusionó: “Te recompensaré si llegas al final”. Y como era un chaval obediente y le admiraba, me sumé con diligencia a la competición. Participaban todos mis amigos y mis compañeros de clase. Los padres, también los míos, y las niñas más presumidas del barrio, también la que a mi me gustaba, nos animaban desde la barrera. Y, aunque me esforcé todo lo que pude y me quedé casi sin respiración para llegar a la línea de meta, quedé el último. Sí, el último. Publicaron los resultados en el periódico y ahí quedaron reflejados para la posteridad el nombre y los apellidos de un delgaducho: Calixto Rivero Díaz, el último de una larga lista de cadetes. Ese resultado me hizo llorar como el niño chico que era.

Siempre he sabido que los deportes no son lo mío. Ahora, con veintiocho años largos, para cuidar la forma y no convertirme en un gordinflón con colesterol cuando rebase la treintena, intento correr varios días a la semana y hacer unos cuantos abdominales. Mi novia me dice con sorna que, mientras ella hace la Operación Bikini, yo estoy inmerso en la Operación Cuadraditos. Como los viejos que empiezan a caminar por el parque cuando se jubilan para no perder la movilidad y alegrarse la vista mirando con el rabillo del ojo los culos de las mozas, empecé a hacer deporte hace apenas cuatro años, cuando descubrí de repente ante el espejo del cuarto de baño que en vez de crecer a lo largo comenzaba a crecer a lo ancho.

Siempre he sido un tío patoso. De hecho, si alguien me observa con detenimiento llevando un café o un plato de sopa a la mesa elegiría antes a un enfermo de Parkinson que a mi para que fuera su cirujano. El otro día, en menos de veinticuatro horas, estampé un móvil contra el suelo, me choqué contra una puerta de cristal en una tienda de teléfonos móvil y rompí un plato mientras fregaba. Don José Miguel, otro profesor de mi colegio, que se convertiría años después en uno de mis mejores amigos, me echaba la bronca casi todos los días en el patio del recreo porque llevaba los zapatos desatados. Y eso que había aprendido a andar saltando a la comba mis propios cordones deshilachados sin tropezarme. Para alguien tan paralítico como yo era un verdadero logro.

Con nueve años no tenía demasiada maña pero sí mucho amor propio. Así que salí de la meta con ímpetu, con un bote de Ventolín en el bolsillo. Estábamos a finales de junio y mi madre –¡cómo son las madres! – intuía que necesitaría un chute de medicina para calmar mi alergia a las flores a mitad de camino. Aunque me costaba respirar y me ponía a andar cada pocos metros, ella me animaba con sus cabellos rizados y negros al viento, a que siguiera adelante. Después de exhalar el poco aire que tenía en los pulmones y hacer una carantoña a mi hermano Antoñito en el carrito, reanudé la marcha a trote. Levantaba el pie izquierdo con dificultad, y movía sin coordinación los muslos de la pierna izquierda y mi brazo derecho. Levantaba el pie derecho, mientras temblaba mi pierna derecha y dislocaba mi brazo izquierdo. Y así cientos de veces imitando el movimiento de los deportistas que había visto en televisión. Sentía pinchazos en los higadillos de la barriga y observaba como todos los niños me adelantaban. El primero que me pasó era uno de mis mejores amigos, Curro. Un bético de pro con el que pasaba la mayor parte del día a pesar de que éramos la cara y la cruz: él era un Pitágoras en el fútbol y yo Alfonso Pérez Muñoz de las matemáticas. Exhausto, y gracias a la ilusión que me hizo ver en el trayecto a la niña que me gustaba coreando mi nombre, conseguí llegar a mi destino.

Estaba más feliz que todos los niños de mi cole, que habían entrado en la meta con el pelotón. Mi sonrisa era exultante y mi madre y mi padre me dieron un abrazo muy mimoso. Estaban orgullosos de mí. Yo también estaba satisfecho por mi conquista. Me dieron una medalla dorada por participar que paseé entre los árboles con el pecho henchido como si fuera de oro auténtico. Y engullí con velocidad el bocadillo, el batido, la botellita de agua y las patatas fritas que nos regaló la organización.

Al lunes siguiente, cuando llegué al colegio, yo no me sentía un perdedor, a pesar de que había quedado el último. Sí el último. Por los pasillos del colegio deambulaba como un verdadero triunfador porque había conseguido completar una misión heroica: llegar a la meta en la carrera. Pero lo mejor llegó esa misma tarde. Mis padres recogían las notas de fin de curso. Yo estaba nervioso, pero en el fondo sabía que sacaría todo “sobresaliente”, un “bien” en música y un “bien” en educación física. ¡Cómo siempre! Después de llevarme media hora comiéndome las uñas, salieron del despacho de mi tutor y me enseñaron los resultados.

Lee las notas en voz alta, Cali –dijo mi madre más contenta que unas pascuas y mirando de reojo a mi padre con una sonrisa burlona.

Le hice caso y comencé a cantar la letanía de sobresalientes cogiendo aire, como si fuera un niño de San Idelfonso:

Conocimiento del Medio, progresa adecuadamente, sobresaliente. Matemáticas, progresa adecuadamente, sobresaliente. Lengua Castellana y Literatura, progresa adecuadamente, sobresaliente. Religión, progresa adecuadamente, sobresaliente. Música, progresa adecuadamente, sobresaliente… Educación física, progresa adecuadamente, sobresaliente. Ehh, espera mamá. Que hay un error. Educación física, ¿sobresaliente? ¡No puede ser! ¿Sobresaliente? ¿En serio?

En aquél momento comprendí que Don Emilio había cumplido su promesa y se me grabó una de las lecciones más importantes de la vida, sobre todo para un niño acostumbrado a sacar siempre diez en todo: lo importante no son los resultados, sino el esfuerzo y el cariño que pones en lo que  haces. Y las lágrimas explotaron en mis ojos. Lloré por haber quedado el último en la carrera. Pero lloré de alegría.

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