Experimentos

El búcaro

botijo1El búcaro de barro estaba roto. En mil pedazos. Se encontraba esparcido en el suelo. Inservible. ¡Con lo que había sido! Hasta aquella tarde lluviosa de septiembre en la que cayó al mármol con estrépito, después de un verano muy ajetreado en el que había pasado de mano en mano, el búcaro era la envidia de toda la casa, el ojito derecho de la familia Menéndez. A varios kilómetros a la redonda nunca nadie había querido tanto a un objeto de otra época, de coleccionista rancio, de una manera tan intensa. Tenía un lugar privilegiado en el salón de aquella familia andaluza de pura cepa. Siempre estaba lleno de agua fresquita, un líquido que adquiría en su enorme barriga marrón un sabor a aldea perdida en la montaña. A pueblo.

Todos en la casa se peleaban por coger el búcaro cuando entraban por la puerta. Los niños se refrescaban en agosto con él, bebiendo a morro. Se mojaban la cara, hacían cola para beber a través de su pitorro, se peleaban si alguno lo chupaba, jugaban a hacer gárgaras con el líquido ansiado que custodiaba. Trataban a aquel artilugio con mucho cariño, como a un miembro más de la familia. Como si tuviera vida propia. Sobre todo lo mimaban los mayores de la casa, que corrían con ansia al búcaro cuando llegaban exhaustos de trabajar del campo. Los pequeños lo abrazaban como a un bebé cuando volvían de nadar en la piscina. Aunque la más cariñosa con el búcaro era, sin duda, la abuela que, sin fuerzas, siempre le pedía ayuda a algún nieto para poder beber como lo hacía de niña, dejando que el agua cayera diez centímetros en caída libre hasta su sequerosa garganta. Ella lo tocaba con las manos blandengues pero los que lo elevaban para que la abuelita bebiera eran los pequeños, subidos a unas sillas de latón. A veces sosteniéndose en equilibrio a la pata coja, jugándose el tipo.

El búcaro se sentía amado por aquella familia tan generosa. Lo primero que hacían los Menéndez, cuando llegaban visitas, era ofrecer a los invitados aquella mole de barro, con una boquilla puntiaguda con forma de nariz de donde salía el agua y dos asas que recordaban a los brazos de una madre enfadada, con las manos puestas en la cintura, después de asistir a una trastada de sus críos.

Pero aquella tarde de septiembre, cuando empezaba a hacer rasca, un desafortunado accidente provocó que cayera al suelo. Aunque la abuela intentó pararlo como si fuera un portero de fútbol, tirándose en plancha y despatarrada, no pudo hacer nada. El búcaro rebotó con contundencia en el mármol y, a la vez que un fuerte estruendo sonaba, se hizo añicos. “Se ha roto en mil pedazos. Pobre búcaro. Mi búcaro. Pobre búcaro”, gritó la abuela con lágrimas en los ojos y con un lamento exagerado, como si se le hubiera muerto un hijo. “¡Ay!”, suspiró profundamente. La vasija que había moldeado hace años su marido, el abuelo, había muerto. Todos miraron con esperpento aquel estropicio e intentaron calmar a Juana con un vaso de agua del grifo. Pero la vieja no pudo apagar su sofoco. El efecto calmante del agua de las cañerías de plástico no era el mismo que cuando caía con gracia desde aquel artilugio arcilloso que había quedado destrozado.

El padre de la familia mandó a los niños al patio aunque las nubes se derrumbaban y, acercándose a los restos del búcaro con respeto para no cortarse, recogió todos los trozos y los metió en una bolsa de basura que aparcó en una esquina del sótano, junto a los trastos y los juguetes viejos. El búcaro había pasado de ser el objeto alrededor del cual giraba toda la familia a ocupar el último rincón de la casa.

Al día siguiente, cuando el padre iba a sacar la basura, los restos moribundos de aquella vasija le hicieron sentir mucha melancolía. “Es imposible arreglarlo”, pensaba mientras miraba los trozos de barro a través del plástico negro de la bolsa de basura. Pero, al son de una idea que apareció en su cabeza, su corazón se aceleró. “¿Por qué no intentarlo?”, dijo para sus adentros. Cogió unos alambres, un bote de pegamento y se puso manos a la obra.

Cuando subió del sótano a las dos horas, muy acalorado y con la frente sudada, lo primero que vio fue la cara de su madre, que pasó en cuestión de segundos de la decepción al susto, del susto al asombro y del asombro la ilusión. ¡Su hijo había arreglado el búcaro! El aspecto era algo distinto, mucho más cómico. Entrañable. Ya no serviría para beber agua, pero lo había convertido en un jarrón.  Donde antes estaba el pitorro, había puesto unas margaritas que había cogido del jardín. Todas las piezas del rompecabezas estaban en su sitio, sujetas con unas lañas, los alambres y el pegamento.

El búcaro, el querido búcaro, volvió a su sitio original, a ser el centro de gravedad de los Menéndez, que habían pasado de sentarse en la mesa camilla entorno al abuelo todos los días del año a rondar alrededor del búcaro cuando el abuelillo murió. Ya no iban a poder regar sus gargantas con aquella agua tan apetecible, pero disfrutarían con la mirada de aquel nuevo jarrón, muy simpático, al que pondrían flores nuevas cada semana con mucha delicadeza. La casa volvía a ser tan acogedora y ruidosa como siempre. Y el recuerdo del abuelo, del alfarero, resucitó.

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