Cuentos y relatos

Chucho, mi mejor amigo

chucho

Amigo, déjame que te cuente mi historia mientras llega el autobús. Necesito desahogarme con alguien. Casi sin darme cuenta y con sólo 35 años, he llegado adonde me encuentro ahora: a la puta calle. Sin trabajo, sin casa, sin amigos, sin familia. Sí, sin nada ni nadie. Pero no te engañes, tampoco quiero tu ayuda. Quiero ser libre. ¡Libre, por fin! Te cuento todo esto para que tengas cuidado, para que no caigas en mi error.

He acabado así, en la cuneta de la vida, por culpa de un monstruo que yo mismo he criado y alimentado. Día tras día. Mi penitencia comenzó hace un año, cuando me encontré a Chucho en la parada del autobús. Estaba sentado justo donde tú estás ahora y, cuando despegué los ojos del cuento de Quim Monzó en el que estaba sumergido para ver si llegaba el autobús, me fijé que una salchicha con pelos color caoba me miraba con pena. Era un perro muy feucho y se le marcaban los huesos de las patas por debajo de la piel. Pero su llanto quejicoso e intermitente, la media sonrisa triste que se intuía debajo de su hocico húmedo, negro y redondo, y sus ojos vidriosos me dieron verdadera lástima. Llegó el Nueve, el autobús que me dejaba en mi barrio en sólo cinco minutos. Por cierto, es el mismo que tú esperas. ¿No?

Bueno, sigo contándote la historia, si no te importa. El perrito pulgoso se arremolinaba entre mis zapatillas de tela, que tiré a la basura cuando llegué a casa. Hice el amago de deshacerme de él mientras el conductor me preguntaba si subía o no al coche. Pero me quedé congelado. A veces mi mente entra en una especie de autismo que me evade completamente del mundo y, en vez de subir al vehículo, me clavé en la acera como si fuera una señal de tráfico más. El chófer, pegándome un grito, acelerando con la puerta abierta el vehículo y pegando un bocinazo para calmar su impaciencia, logró despertarme del letargo. Pero lo hizo tarde. Aquí seguía yo, absorto, en la parada del autobús, por culpa de aquel dichoso perro. ¡Maldita la hora!

“Chucho, vete. Anda, vete chucho. Déjame en paz de una vez”, le decía, pero no demasiado alto porque en el fondo sentía compasión por el pobre animal, mientras volvía –mejor dicho, volvíamos– caminando a casa. En el fondo, no quería que se fuera. Había perdido el último autobús de la noche y tenía que deambular por las calles de Madrid por lo menos media hora. El bicho me hacía compañía. Eso sí, seguía emitiendo un ruido muy desagradable que me recordó al soniquete de los muelles de la cama vieja de mis vecinos, que se convierte en una sinfonía desafinada el último sábado de cada mes. Su gemido también me recordaba al ruido de los huesos de mi abuela, que sufría reuma, cuando hacía algún movimiento brusco. El perro estaba desnutrido y, con el frío que arreciaba en aquella noche de invierno, posiblemente moriría en unas pocas horas o, con mucha suerte, en un par de días.

Cuando llegué a mi portal e introduje la llave en la cerradura del portón de hierro, pensé que le miraba por última vez. Sus ojos seguían acuosos y su cara era la de un corderito degollado. “Pobre animalito”, me decía por dentro. Pero no le dejé entrar. Cuando estaba esperando el ascensor, volví a observarle a través de los barrotes de la cancela y, al final, logró ablandarme como si fuera un muñeco de esponja. Se me ocurrió que podría dejarlo dormir en el rellano del edificio para que no muriera de frío aquella misma noche. Ninguno de mis vecinos tendría que saberlo. Si me lo encontraba por la mañana en la calle muerto, cubierto de moscas, me sentiría culpable. Volví a la puerta y le dejé pasar. Como la rata delgaducha en la que se había convertido, consiguió atravesarla cuando aún estaba encajada. El perro volvió a lamer mis zapatillas. Yo no le toqué con mis manos porque, aunque empezaba a cogerle cariño, estaba muy guarro. Cuando logré zafarme del chucho, subí al ascensor. Llegué al segundo piso, atravesé rápidamente el pasillo por temor a que me persiguiera y me metí rápidamente en mi hogar. Cuando cerré la puerta, apoyé la espalda sobre la madera y suspiré mientras secaba las gotas de sudor que empañaban mis gafas. Recuerdo que no había encendido aún la luz cuando volví a oír aquel gemido infernal. El chucho había localizado mi casa.

A partir de ese momento nuestra relación se consolidó. Le abrí la puerta y le toqué sin remilgos. Le abracé aunque estaba lleno de pulgas. ¡Qué frío estaba! Lo metí en la bañera y lo lavé con mucha, mucha espuma. Después le rocié con vinagre de manzana para matar los ácaros. Tuve que tirar toda mi ropa a la basura, pero me dio igual. Me sentía completamente entusiasmado, fuera de mí. Había encontrado a alguien que me quería y, aunque fuera un perro, sabía que me necesitaba. Por primera vez en mi vida me había convertido en imprescindible para alguien. Ya no me sentiría nunca más sólo. Esa noche le dejé dormir a los pies de mi cama, lo que se convirtió en una rutina. En los días posteriores le di de comer con todo tipo de caprichos. No le compraba comida de perro, sino que cuando cocinaba, fuera lo que fuera, preparaba siempre dos raciones: una para mí y otra para el chucho. A él siempre le daba la mayor parte, porque el pobre estaba muy delgaducho y tenía que crecer.

Sin embargo, aunque le trataba como a un verdadero marqués, comenzó a mostrarse huraño cuando me iba a trabajar. Me ladraba. Era su forma de decirme que le abandonaba. Y cuando volvía por la noche, para dejarme claro que no estaba contento con mi actitud, empezaba a gemir con el mismo soniquete del día en el que le adopté. Se aprovechaba, sobre todo, al verme anímicamente bajo de forma. Llegué a pensar que mi Chucho –le bauticé así porque fue la primera palabra que le dirigí, justo en esta parada de autobús– tenía razón. Y cada día lo pasaba mal en el trabajo, sentía ansiedad porque me invadía el pensamiento de que, cuando llegara a casa, Chucho me echaría en cara mi ausencia poniendo cara de bobalicón. Empecé a gastar demasiado dinero en comida para dos, en veterinario, en peluquería para perros, en champú para perros, en juguetes para perros, en collares para perros, en correas para perros, en ropita para perros… Lo único que Chucho no tenía era bozal porque ¡como iba yo a taparle el hocico a Chucho! Dejé de leer. Tampoco hacía deporte. Y mi vida social se limitaba a estar en casa con mi perro, viendo una película en el sofá mientras le acariciaba. Una tarde, muy aburrido, me vino una ráfaga de lucidez: me di cuenta de que aquel caniche me estaba torturando psicológicamente con sus berridos y ladridos. Me tenía controlado, secuestrado. Así que me levanté del sofá, me pegué una ducha y quedé con mi antigua novia, en la que pensaba habitualmente y por la que sentía aún una fuerte atracción.

Me la llevé a casa después de que nos tomáramos unas cuantas copas, después de darle varios besos apasionados en una discoteca lúgubre. Entramos en el piso abrazados y Chucho se abalanzó sobre ella. Le mordió. ¡El perro, celoso! ¡Lo que me faltaba! La chica me pegó un bofetón a mí –¿por qué no al perro? – y salió corriendo espantada por la puerta. Ya nunca más he vuelto a verla. Me enfadé de verdad con Chucho, e incluso planeé deshacerme de él; matarle. Pero cuanto más le gritaba, él gemía más fuerte. Además, seguía borracho, así que me tumbé en la cama y amanecí como cada día, con Chucho a los pies. Y, por supuesto, sin la chica.

Después de ese fin de semana, todo se precipitó. Al lunes siguiente, cuando llegué al trabajo, mi jefe me llamó al despacho y me dijo sin remilgos que me despedía. Los motivos eran claros: desde hace unos meses había bajado mi rendimiento rápidamente y había notado que algunos días desaparecía de la oficina, donde trabajaba de administrativo, sin ninguna causa que lo justificara. Los clientes y los compañeros se habían quejado. Aunque me disgusté, mi jefe tenía razón cuando me informó de aquel despido disciplinario. Muchos días me escapaba a casa en mi horario laboral para ir a ver a Chucho, para que no llorara por la noche. Así que, sin novia y sin trabajo, volví aquel día a casa. El perro estaba más contento que nunca mientras yo lloraba amargamente, tumbado en el sofá bocabajo, con un cojín cubriendo mi cabeza. Pero él quería jugar y se revolcaba por el suelo del parqué. Cuando me calmé, le miré. Estaba gordo, muy gordo. Ya no quedaba nada de aquella salchicha que rescaté en invierno, que se había adueñado de mi vida. Aunque empecé a odiarle profundamente, no sabía cómo deshacerme de él. Simplemente estaba allí. Cuando buscaba en internet perreras, gemía. Cuando le ponía la correa para que saliera a cagar fuera de casa, me mordía. Cuando me veía más triste, gemía aún más para que me pusiera más triste. Y así, pasaron los días hasta que, sin novia, sin amigos, sin familia y sin trabajo, llegó un día en el que me quedé sin dinero para pagar el alquiler. Acumulé dos meses de retraso en los pagos y el casero no hacía más que llamarme y mandarme notificaciones del juzgado.

Ya acabo. ¡Tranquilo, amigo! Pues bien, esta mañana tomé la decisión más difícil de mi vida, pero también la más gratificante. Cogí algo de ropa arrugada que tenía en el armario y la metí en una mochila, le pegué una patada en la barriga al asqueroso chucho y, sin pensarlo dos veces, me fui a la calle sin rumbo fijo, sin ningún lugar donde caerme muerto. Tiré las llaves del piso a una alcantarilla. No quería volver nunca más a aquel infierno. Ahora el verdadero chucho, tirado en la calle y muerto de frío, soy yo. Mientras tanto, Chucho está en mi casa, disfrutando de toda mi comida, viendo mi tele tranquilamente y durmiendo en mi cama plácidamente. Te lo digo yo, allí esperará con paciencia a su nuevo dueño, al que destrozará la vida con alevosía. Seguro que el propietario de mi piso o el nuevo inquilino se quedarán con él. Es tremendamente seductor. ¡Es muy difícil deshacerse de él! ¡Pero yo ya soy libre!

Así que, amigo, ten cuidado si te encuentras a un chucho perdido, inválido y hambriento por la calle, que pueda acabar contigo cuando menos te lo esperes. Corre, vete rápido y no me cojas demasiado cariño, por si acaso. ¡Mira, ahí llega el nueve! ¡Justo a tiempo! Me ha dado tiempo a contarte mi historia. Por cierto, chaval, hazme un último favor ¿me podrías pagar tú el billete del autobús, que no tengo suelto?

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