Cuentos y relatos

¿Quieres que vayamos al parque?

padre e hijoAquella noche necesitaba olvidarme de todo: de la melodía molesta que sonaba a las 6.59 en mi despertador, de la retranca de mi jefe, de las tragedias griegas que canturreaban mis compañeras de trabajo, del informe “para ayer” que me pidió a última hora el supervisor de la empresa, de las reuniones interminables en las que no se solucionaba nada, del café de la máquina que olía a plástico quemado, de la suela de zapato que me sirvieron en el comedor simulando un filete de ternera… Recuerdo que aquel viernes por la noche, hace justo quince años, llegué a casa, a esta casa, blanquecino. La exposición a los fluorescentes de mi despacho me convirtieron en un ser abyecto, en una especie de fantasma de película de serie B. Cuando me miré en el espejo del ascensor descubrí con horror que a través de mi piel amarillenta podía intuirse como la sangre corría por mis ventas y que habían aparecido en mi cabeza las primeras canas a pesar de que tenía 32 años recién cumplidos, de que aún me consideraba un chaval.

Pero tu madre, que me escuchó llegar y que, como hacía siempre, abrió la puerta antes de que yo atinara a meter la llave en la cerradura, me dio un beso en los labios y con una palmada en el culo y un guiño picarón me quitó, de golpe y porrazo, la desgana que sentía por la vida. Ella tenía poderes especiales: trabajaba más que yo, hacía las tareas de casa mejor que yo, te ayudaba con los deberes mejor que yo cuando eras un enano… Y siempre con una sonrisa de oreja a oreja, que cuando desaparecía era porque algo grave había pasado. Es imposible que te acuerdes pero, aquella noche, cuando tenías cinco años, me senté a tu lado en el sofá y observaba tu cara de asombro, tu boca abierta de la que caía un hilillo de baba y me recreaba en tus mofletes sonrojados, mientras veías la última vanguardia en dibujos animados en la televisión. Al día siguiente, nos quedábamos tú y yo solos. Tu madre tenía que ir al hospital para cuidar a una amiga. Así que, antes de quedarme profundamente dormido, te pregunté: “Hijo, ¿quieres que mañana vayamos al parque?” Respondiste con un escueto “sí, papi”, así que pensé que la idea no te había hecho mucha gracia.

Pero a las ocho de la mañana, cuando mamá se encontraba en la cocina poniendo una cafetera, me desperté. Mejor dicho, me despertarte. Aquella mañana no me puso en marcha el sonido letal del reloj sino que me zarandeaste con todas tus fuerzas. “¡Papá! ¡Papi! ¡Papi! ¡Papi! ¡Venga papi, despierta, que me prometiste que me ibas a llevar a pasar todo el día al parque! ¡Vamos!”. ¡Qué vitalidad desprendías a esas horas de la mañana, por Dios! Quiero confesarte que eres la única persona del mundo que, hasta la fecha, ha conseguido que me levante de la cama con una sonrisa en el rostro. Y ese sábado fue uno de esos días excepcionales. Ni siquiera lo logró tu madre, que dormía todos lo días a mi derecha y que aguantaba con estoicismo mi mala leche matutina hasta que se murió.

Te ayudé a que te ducharas, te planché tu camiseta preferida y, alrededor de las diez de la mañana, cuando acababan de poner las aceras en su sitio, nos dirigimos al parque. Tú tirabas de mi brazo con fuerza, con mucho ímpetu. Mientras desayunábamos churros por el camino, me vino una especie de iluminación y me marqué un reto: quería que te superaras, que vencieras tus miedos y me prometí que nunca te iba a defraudar, que siempre iba a estar a tu lado. Y esa misma mañana comenzaría la tarea. En el parque, junto a los columpios, había unos hipopótamos de piedra en cadena a los que no te subías nunca porque sentías vértigo. No confiabas en ti mismo. Pensabas que te caerías, que te harías mucho daño y que acabarías con dos postillas en las rodillas. Sin embargo, yo te animé a que te subieras al poyete mientras te grababa con una cámara de vídeo que me habían prestado. Te reconozco que a menudo me pongo esa cinta y que, a escondidas, vuelvo a oír tus palabras. “¡Papá, qué no! ¡Déjame bajar, por favor! Venga papi! ¡Que me voy a caer!”, repetías sollozando a la vez que intentabas enderezar las piernas, con el cuerpo temblando, con los pies zambos y con el culo respingón. Me llamaste “idiota”, pero esas seis letras sonaron demasiado dulces en medio de tu llantina y no me atreví a regañarte. Terminaste saltando de hipopótamo en hipopótamo con soltura y, como premio, te di un fuerte abrazo y un bocadillo de jamón. Cuando recuerdo ese día, sentado delante del televisor, a veces me entra la risa. Otras, en cambio, me pongo a llorar. Sobre todo, en los últimos meses. ¡Cómo me mirabas, hijo! ¡Me sentía tu protector! ¡Por fin había conseguido hacer algo provechoso en la vida además de casarme con tu madre! Aún tengo clavados en el corazón aquellos ojos bondadosos con los que me mirabas.

Hijo, ¿por qué ahora me miras de reojo con tanto odio, con cierto rencor? ¿Por qué me vuelves la cara y casi no me diriges la palabra? ¿Por qué murmuras cuando te llevo en el coche al instituto? ¿Por qué te avergüenzas de mí delante de tus amigos? ¿Por qué le cuentas a tu novia por teléfono, con la puerta de tu cuarto encajada pero gritando para que te escuche, que soy un plasta, un viejo, un antiguo? ¿Por qué no levantas la cara del plato cuando comes y me mandas a callar cuando saco alguna conversación sobre tu madre? ¿Por qué me miras con esos ojos tristes, hijo? ¿Qué te pasa? ¿Qué necesitas? ¿Qué puedo hacer para que vuelvas a mirar al mundo con esos ojos que se iluminaron aquel día en el parque? ¿Puedo ayudarte?

Si aquel sábado de hace quince años me regalaste años de vida después de una semana infernal en el trabajo, esta mañana, echando la vista atrás mientras me fumaba un pitillo, me he preocupado cuando he descubierto que me empieza a gustar el café de la máquina del trabajo, que me entretengo con los cotilleos que me cuentan las compañeras, que intento que las reuniones en el trabajo sean lo más largas posibles, que mastico con gusto las suela de zapatos que todavía sirven en el comedor como si fueran filetes de ternera… ¿Sabes por qué? Porque tengo miedo de que llegue el momento de volver a casa y que, al bajarme del ascensor, donde ahora veo en el espejo una cabeza poblada de canas, ya no esté tu madre para abrirme la puerta antes de que meta la llave en la cerradura. Y que sus besos, sus palmadas en el culo y sus guiños ya no pueden quitarme el estrés de la semana. Pero, hijo mío, lo que de verdad añoro, aprovechando que estoy en el sofá escribiéndote esta confesión, es que ya no puedo contemplarte embelesado mientras miras en la televisión los dibujos animados. Por cierto, mañana es sábado. Hijo mío, ¿quieres que vayamos al parque?

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