Cuentos y relatos

Nueva Babel

babel2Elegí una casa al azar y llamé al timbre. Como no abría nadie, golpeé la puerta. “¡Ya voy, ya voy! ¡Un minuto! ¡Bajo enseguida!”, me gritó una mujer desde dentro de la vivienda. Las paredes eran muy finas. Al oír que el agua dejaba de bajar con fuerza por las tuberías del desagüe, intuí que la había sacado de la ducha. Cuando sentí que bajaba las escaleras, me puse nervioso. No sabía qué decirle. Me sudaban las manos. Hice el amago de irme. Sin embargo, antes de que pudiera darme la vuelta y echar a correr, apareció delante de mí una señora tosca, con la piel tersa, de unos cuarenta años. Llevaba el albornoz puesto y el pelo empapado cubierto con una toalla de colores. “¿Qué quieres, chaval?”, me preguntó. De fondo, se oía el ruido de la televisión y varios niños pequeños que berreaban y pegaban saltos. Una pelota llegó a las piernas de la mujer, que se dio la vuelta y pidió a los críos que hicieran el favor, que dejaran de revolver la casa de una vez, o se quedarían sin cenar. El pasillo olía a caldo del puchero.

“¿Qué quieres chico? ¿Te ha comido la lengua el gato?”, volvió a preguntarme. Mi respuesta fue algo exótica: “Sólo quería saber qué tal se encuentran en esta casa, si han tenido algún problema desde que se han venido a vivir aquí”, expliqué con las mejillas coloradas y con el labio superior temblando. “Perdone que le moleste a estas horas, señora. Soy Maxi, uno de los arquitectos que hizo los planos de esta urbanización y quería conocer si están contentos con la casa. Eso es todo”. Ella también se puso tan roja como la sangre: “Pues mira chico, no quiero saber nada de vosotros. ¿Cómo tienes la cara de vergüenza de presentarte aquí, a las nueve de la noche de un viernes, después de haberme entregado la casa con humedades, con problemas en la instalación eléctrica, sin calefacción y con las tuberías en mal estado? Los vecinos no os hemos denunciado porque sólo queremos que nos dejéis en paz. Ya hemos perdido suficiente dinero. Ha sido un calvario. Hemos tenido que pedir otra hipoteca para arreglar la chapuza que hicisteis”, dijo muy alterada. Me quedé en blanco: “Yo no sabía nada, nada… Señora, perdone. Hasta luego”. Y me cerró la puerta en la cara. Me alejé campo a través de aquella urbanización, como si fuera un asesino que huye, arrepentido, de la escena del crimen. El escenario era pavoroso: no había nadie en las calles, varias farolas estaban fundidas y había muchas viviendas vacías, con las persianas echadas. Me puse a llorar.

Llevaba diez años dedicando más de diez horas al día, a cambio de un sueldo bastante generoso, a hacer y rehacer planos y más planos. Pero no estaba satisfecho. La rutina me aprisionaba como si estuviera enterrado vivo dentro de un bloque de hormigón armado. Sobre todo en los últimos meses. Sí, tenía un coche de alta gama, un buen apartamento en el centro y todo tipo de lujos y comodidades. Pero me faltaba lo más importante: la paz, la ilusión. No tenía la conciencia tranquila. “¿Para esto me hice arquitecto, para engañar a la gente? ¿Para sacarles los billetes?”, me repetí en voz alta, aún con lágrimas en los ojos, mientras me alejaba de la casa. Cuando estaba entre los árboles y sólo veía pequeñas luces a lo lejos, me senté en el suelo. Bajo las estrellas, recordé que cuando era un adolescente había soñado muchas noches, mirando el universo, que me convertiría en un gran arquitecto. En el colegio sacaba siempre sobresaliente en dibujo técnico y aspiraba a convertirme en el autor de puentes extravagantes, de rascacielos imposibles, de mansiones barrocas… Con dieciséis años fui moldeando ese sueño: quería tener un estudio propio, donde se escucharía rock todo el día. Se podría fumar y diseñaría los edificios sin presión. Cuidaría con mimo cada línea, cada estancia, cada ventana, cada puerta… Como si fueran mis hijas. Un destello de ese deseo, que había querido olvidar durante años para no convertirme en un hombre frustrado, fue lo que me llevó aquella noche, después de una semana para olvidar en una empresa que estaba matando poco a poco mi vocación, a pasearme por una de las urbanizaciones que había diseñado a las afueras de Madrid. ¡Maldita la hora en la que se me ocurrió llamar a una de esas casas al azar!

Cuando me tranquilicé, conduje de vuelta a la ciudad sin respetar ningún límite de velocidad. Al llegar a mi apartamento, entre con decisión en el despacho, cogí mi estuche y, con las mismas herramientas que utilizaba cuando me matriculé en la escuela de arquitectura, empecé a dibujar líneas en un pergamino grande. Hice diseños imposibles, como si fuera un escritor bloqueado que encadena una palabra detrás de otra sin ningún sentido. Mientras jugaba con mi viejo cartabón, que guardaba como si fuera un trofeo desde que era un niño, sentí dentro de mi alma una especie de revelación, supongo que parecida a la llamada que notan los que, por la gracia de Dios, deciden recluirse en un monasterio.

¡El lunes dejaría el trabajo! ¡No volvería a aparecer por la oficina nunca más! Y escribiría una carta a aquellos clientes que se habían sentido estafados, pidiéndoles perdón. Aunque acabara en la indigencia, lucharía para sacar de los escombros mi vocación profesional, que estaba gravemente herida. Había oído que muchos arquitectos se van a Brasil, sin papeles, a la aventura. Podría ser una opción. Pero lo que tenía claro es que no volvería a pintar, aunque fuera muy rentable, casas de cartón piedra adosadas. Encendí un cigarrillo, puse música de los Rolling Stone, arranqué un trozo de papel de un cuaderno e hice la siguiente anotación en el margen izquierdo: “Estudio Soñad y os quedaréis cortos S.A.”. Y comencé a pensar en el primer proyecto de mi nueva aventura. Diseñaría “Nueva Babel”, una torre mucho más alta que Burj Dubai, la edificación más alta construida, hasta la fecha, por el ser humano. ¿Por qué no?

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