Un poco de amor

Siete minutos

beso-metro-2Hay siete minutos de mi vida, sólo siete minutos, que borraría de un plumazo. A veces me arrebatan el sueño y las ganas de vivir. Cuando aquella noche me metí entre las sábanas, agotado después de una jornada de trabajo improductiva, cometí un grave error. Sintiendo el frescor de la almohada en mi nuca, mirando al techo casi sin parpadear, comencé a recrear cada detalle de aquellos siete minutos que habían desbaratado los frágiles pilares que sostienen mi vida. Aterricé cuatro años atrás. En el metro. Estaba sentado en aquel vagón medio vacío en el que conocí a María: una chica menuda, rubita, de poco más de metro y medio y con la cara de un ángel pícaro. Llevaba semanas contemplándola en un cobarde silencio y ese día vencí, por fin, la vergüenza enfermiza que anudaba mi lengua. Durante los siete minutos en los que el tren tardó en llegar a su destino me senté a su lado y le dije lo guapa que era, que me alegraba el comienzo de la jornada cada mañana y que me gustaría que quedáramos algún día para tomar unas cervezas. Cuando me bajé del vagón, me quedé parado en el andén. Observándola. Y le guiñé un ojo. María respondió a mi torpe mueca con una sonrisa suave que me convirtió en el hombre más feliz de la tierra. ¡Pobre desgraciado!

De la noche a la mañana, sin apenas anestesia, pasamos a compartir cada instante, cada preocupación, cada inquietud, cada aspiración, cada jirón de la piel. Nos queríamos tanto, compartíamos tanto, nos besábamos tanto, que nos fuimos encerrando en una cárcel de amor. Pero a los pocos meses nuestra fusión entró en una dinámica asfixiante. Irrespirable. Cuanto más le amaba, cuánto más preocupaba por ella, cuánto más tiempo pasábamos juntos, menos me quería a mí mismo. Pensaba que ella era demasiado perfecta para mí. Más avezada, más moderna, más culta, más lista. Más Todo. Pasé de ser un chico cantarín y con ingenuas ganas de cambiar el mundo a enfermar de una profunda melancolía. Empecé a sentir que me rechazaba y que mi existencia nunca había sido realmente interesante. Lo que podía haberse convertido en una relación preciosa, libre, se convirtió en un delirio. Todo se truncó cuando, ingenuo de mí, pensé que ya me tocaba recibir su cariño. Para ser justo, ella lo intentó. Pero yo, como una garrapata insaciable, siempre quería más y más. La culpa era de la melancolía. Al final ella no pudo soportarlo. Ya sólo nos vemos en el metro. Y no todos los días porque a veces prefiero perder el tren y llegar tarde al trabajo para no cruzarme con ella porque ni siquiera me saluda. Ni me mira.

Cuando aquella noche en la cama recuperé la cordura, después del sofoco que me provocó volver a recordar aquella tragicomedia, le eché un pulso al mismísimo Dios. Él era mi última esperanza. El Único que podía acabar con aquella pesadilla. Gritando con el alma le dije, sin escrúpulos, que si era realmente un pastor que se preocupa de las ovejas descarriadas me permitiera borrar aquellos siete minutos de la Historia de la Humanidad. ¡Para él sería fácil! ¡Para mí imposible! Le rogué que, al menos, me dejara ver cómo sería mi vida sin aquella maldita escena. Estaba convencido de que, si no hubiera conocido a María, seguiría siendo un chico feliz y no un desequilibrado que cada dos por tres ve como sus lágrimas toman las riendas de su vida, que cuando se cruza con María en el metro tiene ganas de tirarse a las vías.

A la mañana siguiente, después de remolonear un rato en la cama sin apagar el despertador, me di un susto de muerte. Estaba en otra casa. Aquel no era el piso en el que me quedé dormido por la noche. Pronto intuí lo que pasaba: “¡Dios me ha hecho caso! ¡Dios me ha hecho caso!”, grité como un loco. Volvía a vivir en aquel estudio que se parecía a una caja de zapatos y del que me fui cuando conocí a mi amor platónico, a mi amor inalcanzable. “¡No está tan mal este pisito!”, repetí en voz alta para convencerme. La casa de mi-vida-después-de-María era bastante más grande, mucho más bonita, pero me repuse pensando que se había acabado el sufrimiento para siempre. Para recuperarme del susto me pegué una ducha y, mientras me ponía los calzoncillos, descubrí aliviado que sus fotografías no estaban en ninguno de los marcos que reposaban en la estantería. Me había desecho de todos sus recuerdos. Eso sí, me quedé algo apenado cuando noté que apenas tenía libros en casa, aquellas historias que han despertado mi incipiente vocación de escritor y que me ayudan a superar que la chica del metro ya no me habla. Temeroso a la vez que curioso, me terminé de vestir, me puse los zapatos y, trotando, me dirigí a la estación para comprobar que, efectivamente, María no estaba en el tren. Había desaparecido. “Habrá cambiado de trabajo y ya no cogerá esta línea, ¡qué alivio!”, medité.

Pero había más novedades. Cuando llegué al trabajo mis enseres no estaban en mi pequeño cubículo sino en un despacho con grandes cristaleras. ¡Me habían hecho jefe gracias a que no le había conocido! ¡Todo iba sobre ruedas! Conforme pasaron las horas me di cuenta de que mis compañeros de trabajo apenas me saludaban. Me miraban con cierto resquemor. Con gesto serio. Me esquivaban. Busqué a Juan, uno de mis cómplices en la empresa, para que me explicara qué coño pasaba. Pero no le encontré. Pensé que estaría librando. Cuando pregunté por él a la secretaria, me miró como si estuviera enajenado y me espetó: “No seas sarcástico, lo despediste hace tres meses”. Angustiado, me salí a fumar un cigarrillo a la puerta. Me suele ayudar a reflexionar. Me agobié cuando recordé que en mi-vida-antes-de-María no tenía libros y que me había convertido en un adicto al trabajo. Por un momento, asumí que estaba neurótico perdido. Pero hice un último amago para reconducir la situación. Mandé un mensaje a mis amigos para quedar por la noche para tomar unas cañas pero pasaban los minutos y no me respondían. Investigué en el archivo del teléfono móvil y descubrí que hacía meses que no contactaba con ellos, como me ocurría cuando sólo pensaba en María, cuando sólo veía a María, cuando sólo me preocupaba por María. ¡María! ¡María! ¡María!

Por último, cuando volvía a casa después de una jornada laboral estrafalaria, llamé a mi madre. Ella siempre está ahí, siempre me comprende. Cuando descolgó el teléfono y le anuncié que el fin de semana iría a visitarle se echó a llorar. No me extrañé porque llora hasta cuando ve las noticias en la televisión. Pero sus palabras sí que me encresparon: “¡Hijo! ¡Hijo! ¡Ya era hora! ¡Llevas casi un año sin venir a casa, siempre tan ocupado con el trabajo!”

Aquella noche, cuando me encerré con llaves en la caja de zapatos para apartarme del mundo y me metí en la cama, pedí de nuevo ayuda al Dios al que había retado veinticuatro horas antes y que había oído mis plegarias. Me iluminó con un fuerte haz de luz mientras miraba anonadado al techo. Estas fueron las palabras que sentí en mi corazón: “Te ha dolido mucho –muchísimo– que María lleve tanto tiempo sin hablarte, pero no tienes derecho a arrepentirte de una relación que aún te escuece. Gracias a María te has curtido y, aunque aún sigues recuperándote de la inseguridad que te generó su bendita perfección, la ruptura se ha convertido en un acicate para que empieces a quererte más a ti mismo, para que busques tu propio camino”. Y entendí por qué la Biblia dice que hay que amar al prójimo como a ti mismo y no más que a ti mismo. A la vez que contaba los agujerillos de la persiana para quedarme dormido le pedí perdón al Creador y le rogué que me permitiera recuperar mi vida, la-vida-después-de-María. Una vida con muchas miserias, sí, pero con un piso grande, multitud de libros, una madre que me mima, amigos que me quieren y un trabajo del que no soy prisionero. Y, ¿quién sabe? Quizás algún día María, o alguna otra chica, se sentará a mi lado en el metro y descubrirá que los fantasmas que torpedeaban mi camino se han esfumado. Que he vuelto a ser libre.

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