Un día...

Ya soy un niño mayor

143Cuando era un niño pequeño –ahora ya soy un niño mayor– no podía tragar la comida. No sabía masticar. Pero, a pesar de que me costaba crecer –y de que aún me cuesta–, aquel mocoso ingenuo de cinco años, al que ahora miro con nostalgia, era feliz. Muy feliz. Y bueno. Demasiado bueno. Todos los vecinos le decían a mi mamá: “Ay, ¡qué hijo más educado tienes, Elvira!”. Y las amigas de mi abuela, mientras me estrujaban la cara cuando me veían en las escaleras, me gritaban al oído: “¡Ay, qué mono eres, niño! ¡Ay, qué mono eres, niño!”. Me sentía el niño más querido del mundo. De algún modo, era único en mi especie: presumía de tener un nombre extravagante que ni mi abuelo sabe aún pronunciar, tenía un diente negro de leche que se movía y que se escondía detrás de mis paletas, y unos mofletes que la gente amasaba como si fueran de plastilina. Y además era un fideo larguirucho. Pero mi mamá, la pobre, tenía una pena muy grande: no lograba que comiera nada sólido mientras veía con impotencia cómo mi prima Ana –que tenía un año más que yo y que era mucho más espabilada–, no paraba de engullir quesitos del Caserío. Mi bisabuela le decía: “¡Elvirita, Elvirita, espabila. Dale de comer a tu hijo que esta niña se lo come to!”

Eso sí, aquel chico tímido que tapaba su diente negro con los labios cuando sonreía, no se aburría lo más mínimo. Cuando no subía a casa de mis vecinos a hacer trucos de magia en los que hacía desaparecer las cosas con una varita mágica –siempre obligándoles a cerrar los ojos–, me zambullía en los libros del Barco de Vapor, unas historias que me dejaban babeando. Y cuando mi madre se ponía a limpiar, y me pedía por favor que me sentara en un sillón y que no me levantara de allí hasta que pasaba la fregona, era posiblemente el único niño del planeta que obedecía a pies juntilla. Era un crío soñador, risueño y obediente. Muy obediente. Pero había un momento crítico, en el que me rebelaba. La tragedia griega estallaba cuando llegaba la hora del almuerzo. Mi madre intentaba que tragara. Que engullera. Y yo me ponía a berrear. Lo único que conseguía –y sólo en ocasiones especiales, cuando me llevaban de paseo a la Gran Plaza– era que masticara jamoncito, que como no soy nada tonto, me pirraba. Pero al final el tiro siempre le salía por la culata porque el jamón se convertía en una pelota de chicle entre mis gordos mofletes que no podía atravesar mi fina garganta ni con mil litros de agua. Así que, mientras los otros niños comían patatas fritas, trozos de melocotón y filetes de pollo, mi mamá veía desesperada como yo me alimentaba a base de compota de fruta triturada, de purés de patata y de platos de lentejas aplastadas con el tenedor.

Pero mi mamá no sólo estaba preocupada porque comiera como un niño normal de cinco años. Como sabía que era un poco blandengue y un niño muy sensible me cantaba de vez en cuando la canción de los dibujitos de Marco mientras simulaba que se iba de casa para que madurara: No te vayas mamá. No te alejes de mí.  Adiós mamá, pensare mucho en ti… ¡La muy teatrera siempre me hacía llorar! Y mientras ella se reía por dentro, pensaba: “¡A este niño lo tengo que espabilar como sea!”

Pero no fue hasta las navidades de 1991, cuando cumplí cinco añitos y medio, cuando todos sus esfuerzos para convertirme en un hombre empezaron a dar los primeros frutos. Fue en nuestro primer viaje fuera de Andalucía, a bordo de un Renault Cinco amarillo, cuando empecé a madurar –a estas alturas no hará falta que diga que también lloré cuando tuvimos que llevar al desguace a esa chatarra con color chillón–. De esos mil kilómetros que separan Sevilla de Oviedo no recuerdo prácticamente nada. Sólo sé que, cuando aterrizamos con nuestro bólido en una playa rodeada de hierba verde y frondosa, algo había cambiado.

Ese día, cuando nos sentamos en el comedor mi mamá me puso delante un plato de sopa mientras ella se disponía a zamparse un plato repleto de palitos rojos entrelazados, muy finos y largos. Cómo estábamos de vacaciones, me había dado una tregua y, aunque nunca suele darse por vencida, no intentó que comiera lo mismo que ellos. Yo veía como me ignoraba y que se puso a hablar animada con mi papá. Pero, cuando me fijé con envidia que ella se divertía absorbiendo los hilos rojos que le colgaban de la boca, le robé el plato, cogí el tenedor y, con torpeza, empecé a recoger aquellos fideos coloridos –que ahora sé que se llaman espaguetis– y me los acerqué con apetito a la boca. Así fue como me comí mi primer plato masticado. Lo recuerdo como si fuera ayer. ¡Qué ricos! ¡Cómo disfrutaba mi mamá! Después de aquel hito en mi biografía, cuando llegué a la habitación donde íbamos a dormir los tres, estaba eufórico. Me sentía tan contento que puse la música a toda voz en un radiocasette y empecé a pegar saltos en la cama como un desquiciado al son del “Ilá Ilá Ilé, Oh, Oh, Oh” de Xuxa.

De ese viaje tengo otros recuerdos borrosos: que jugué al Rugby en la playa con unos chavales mayores uniformados, que paseamos por un pasadizo de enredaderas en Gijón que me alucinó y que vi por primera vez la nieve en los Picos de Europa. Aunque de lo que me siento orgulloso es de que me comí como un campeón aquel plato de espaguetis. Por primera vez, hice algo por mi mismo, sin que me lo dieran masticado. Desde aquel día engullo como una lima y trato de vencer mis miedos hincándoles el diente.

Cuando volvimos a Sevilla ya era un niño mayor. Seguía teniendo cinco años y medio pero no era el mismo. En una semana había pegado un estirón mental. Aunque, eso sí, durante unos meses disimulé para que mi madre siguiera cantándome la canción de Marco de vez en cuando, a la que ya le había cogido el gustillo. ¡Pero sólo disimulaba, eh, porque ya era mayor! El primer día en el que volví a reencontrarme con los parvulitos y con mi señorita de la guardería, después de aquel impresionante viaje al norte de España, me mentalizaba de que en septiembre, cuando empezara a ir al colegio de los niños grandes, soltaría la mano de mi madre. Y que no tendría que derramar ninguna lágrima porque era grande. Porque ya sabía masticar. “Ya soy un niño mayor”, pensaba.

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