Cuentos y relatos

Un tropiezo en el camino

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El camino era sinuoso. Cuesta arriba. Cada vez que daba un paso adelante el cielo se oscurecía. La niebla enturbiaba el horizonte. Sólo iluminaban la senda los relámpagos, que caían con fuerza sobre los árboles que tenía a mí alrededor, y retumbaban en mis oídos como si estuvieran dictando la sentencia del Juicio Final. Menos mal que a mi lado estaba aquel desconocido, que pronto se convirtió en un amigo.

Me encontré con él por casualidad, cuando estaba agachado, atándome los cordones de las botas, que llevaban varios minutos bailando a sus anchas. Cuando aquel caminante pasó a mi lado no le hice demasiado caso. Era otro más. Pero, justo cuando él se cruzó en mi ruta, me caí de espaldas por culpa del peso de mi mochila, en la que parecía que llevaba un cadáver. Fue una escena bastante cómica. Aquel desconocido, sin aguantarse la risa, se dio la vuelta, me ofreció la mano y, como si fuera un regalo caído del Cielo, comencé a caminar junto a él. Aunque al principio sólo nos quejábamos del calor, de que nos flaqueaban las piernas, de que cada vez nos quedaba menos agua… pronto empezamos a reírnos de las dificultades y a indagar en nuestras almas. También compartíamos lo que llevábamos para que el camino se hiciera menos duro.

Después de casi dos horas en las que el tiempo se me pasó volando, como si fuéramos dos pájaros que vuelan en la misma dirección, estalló una fuerte tormenta. Y las fuerzas comenzaron a flaquear. ¡Vaya si fallaron! Justo cuando el cielo empezaba a caer sobre nuestras cabezas, nos cruzamos con un puente endeble, sujeto con cuerdas y construido –por decir algo– con láminas de madera. Si queríamos llegar a nuestro destino teníamos que atravesarlo, con la dificultad añadida de que el viento amenazaba con tirarnos al río. No quedaba otra. No era tan complicado, pero yo sentía miedo de que, por culpa de mi torpeza innata, volviera a caerme. Y no a la tierra, sino al agua. Gracias a los ánimos que me infundió mi amigo, que me pidió que le mirara a los ojos y que no pensara en el ridículo abismo que había bajo mis pies, logre atravesar como pude aquel puente. Sin embargo, cuando apenas quedaban unos centímetros para estar totalmente a salvo, dudé. Y, claro está, me tropecé. Menos mal que ahí volvía a estar su mano. ¡A punto estuvo la mochila de llevarme río abajo! Sin embargo, mi amigo no pudo evitar que me hiciera un esguince en el tobillo, una herida de guerra que dificultó aquel viaje que había comenzado con dificultades y que podía acabar aún peor.

Como no podía quedarme sentado esperando a que amainara la tempestad porque me freiría un rayo –además en la vida cuando uno empieza a caminar no debe parar–, mi amigo me ofreció su hombro. Pero pronto mi peso empezó a hacerle mella y, cuando quedaba apenas una hora para llegar al final del camino, ni él ni yo podíamos avanzar. Estábamos exhaustos. Sus tímidas quejas y su cara de agotamiento me estrujaban el alma. Me sentía culpable, una piedra en el zapato que incordiaba a aquel compañero de viaje que tanto me había cuidado. Y, aunque él me animaba a que continuara la senda sin su ayuda para que pudiéramos llegar los dos a la meta, yo me obsesioné con que me había convertido en una carga imposible. ¡Estaba perdido! No sólo me solté de su hombro, sino que le dije que se fuera lejos de mí, que ya no le necesitaba. ¡Si no cargaba conmigo, no podría seguir por mí mismo por aquel sendero! Así que, ¿para qué contar con su respaldo moral si no me ayudaba como yo quería?

Fui terco. Cabezón. Egoísta. Y mi amigo, que no entendía nada de nada, con los ojos llorosos, se despidió. Ahora lo pienso y era lógico: él no podía –ni debía– acabar como yo. Pero en aquel momento, asfixiado por el dolor y la angustia, a la vez que se alejaba, me tumbé en el suelo. Sentía una rabia tremenda por dentro y, bajo la lluvia, empecé a patalear como un niño celoso: “¡Por qué no se queda conmigo? ¿Por qué no pasa la noche tirado a mi lado como un perro? ¿Por qué me habrá hecho caso? ¿Por qué se habrá ido? ¡Sí sólo me había quejado para que tirara de mí, para que me ayudara! Después de llorar amargamente, cuando estaba completamente sólo y nadie me observaba, me di cuenta de que no podía abandonar. Arrastrando mi tobillo, busqué una rama de un árbol con la que poder sostenerme y comencé a caminar de nuevo con mucha dificultad. Pasito a pasito. Destrozando los zapatos.

Conseguí seguir adelante. Con rencor, mucho rencor. Con dolor, con mucho dolor. En dos momentos concretos, en los que el viento estuvo a punto de tumbarme, estuve a punto de tirar la toalla. Pero si me quedaba parado –como no tenía agua ni comida– me hubiera muerto tarde o temprano. Pero algo me lo impidió: no se si fue mi orgullo, mi espíritu de superación o el mismísimo Dios, que siempre está a mi lado. Me puse especialmente contento cuando apenas quedaban cientos de metros para llegar a mi destino pero, a la vez que veía luces en el horizonte, volví a flaquear. Cuando estaba a punto de desmayarme, de caer al suelo, me imagine que el amigo que se había convertido en enemigo, y al que le debía tanto, volvía a buscarme después de recuperar sus fuerzas con un poco de pan y de agua. “¡Nunca se ha olvidado de mí! ¡Nunca me ha abandonado!”, deliraba.

En un momento de lucidez –en el que recupere la cordura y me di cuenta de que no estaba allí realmente– descubrí que los locos nunca mienten: Sí vino en mi auxilio; nunca me abandonó. Su mano estaba más cerca de mí que nunca cuando siguió su camino. Entonces me dio la mejor lección que me han dado en la vida: que, aunque todos necesitamos a veces ayuda, nunca podemos depender de los demás para seguir adelante en el camino. Ahora exploramos cada uno nuevas sendas, pero de vez en cuando nos encontramos en algún cruce y disfruto, porque es una de las personas más grandes que he conocido nunca y a las que he querido más en menos tiempo. Porque el sufrimiento une. ¡Vaya si une!

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