Cuentos y relatos

Los dos médicos que han curado a mi madre

SindromeBataBlanca “Estás curada”. Es una frase categórica, breve, que en los últimos días han pronunciado dos médicos. Aunque sólo uno llevaba bata blanca. El día 1 de octubre recibí la mejor noticia que un hijo puede oír. Mi madre, que desde hace ocho años luchaba contra un cangrejo que se pronuncia en latín que le perseguía sin piedad, ha conseguido deshacerse de él. Como los mejores regalos que uno recibe en la vida, las dos palabras mágicas que pronunció el doctor el jueves pasado eran totalmente inesperadas. Estaba casi resignado a que la lucha duraría mucho más y que, probablemente, nunca terminaría. “No estoy acostumbrado a las buenas noticias”, me confesó mi padre tembloroso una hora después de escuchar las mismas palabras que yo: “Estás curada”. ¡Él también las oyó! ¡No me las he inventado! Mi hermano tampoco se lo creía: “¿Es cierto? ¿Es cierto?”, preguntaba cada vez que le llamábamos por teléfono.

A pesar de nuestro escepticismo, el que mueve realmente los hilos acababa de hacer una demostración magistral de su trabajo: Él se dedica a amarnos. A comienzos de septiembre mi padre, después de escuchar pacientemente como me desahogaba por teléfono tras salir del trabajo, me dijo como pudo que las últimas pruebas rutinarias que se había hecho mi madre en el hospital habían evidenciado que tenía una insuficiencia hepática grave, que los marcadores tumorales se encontraban muy alterados y que sus huesos se estaban resintiendo por el duro tratamiento al que se enfrentaba. El cangrejo volvía a aparecer, después de años aletargado. Y además, era necesario interrumpir el tratamiento que anestesiaba al bicho, que seguía mordiéndole. Aquel insecticida contra los cangrejos que se tomaba mi madre antes de comer estaba dañándole seriamente el hígado. Estábamos resignados a que, en el mejor de los casos, comenzaría un nuevo rosario de pruebas. O que en el mejor de los peores escenarios posibles, tendría que enfrentarse de nuevo a la quimioterapia. A la caída del pelo. A la fragilidad. A la Cruz. Pero el médico sin bata tenía otros planes.

El 1 de octubre, apenas veinte días después del fatal diagnóstico, oímos en el hospital las dos palabras que nos han hecho estallar de felicidad: “Estás curada”. Pero el oncólogo sólo confirmaba aquella frase que le habían susurrado antes a mi madre al oído y que ni ella ni yo -los únicos que las sabíamos- nos creímos. Todo ocurrió así: Un día, después de salir de la oficina llamé a mi madre por teléfono para preguntarle cómo se encontraba. Y, movido por el susurro de una Paloma, le pregunté: “Mamá, ¿tú cuándo rezas le pides al Señor que te cure? ¿Y escuchas qué te contesta? Ella me dijo: “Puede que sea lo que yo quise oír, pero el otro día, rezando antes de irme a la cama, escuché que Jesús me decía en el corazón: Elvira, ¿por qué me pides que te cure, si ya estás curada?” Y, efectivamente, así ha sido. Cuando menos te lo esperas, por muy pequeña que sea tu fe, pueden cumplirse estas palabras: “Pedid y se os dará. Llamad y se os abrirá. Porque el que pide, recibe. Y el que busca, haya”.

(A veces la realidad supera nuestros sueños. Así que sueña con miras altas)

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