Cuentos y relatos

Cuando Dios arregló la persiana de mi casa

7621568971870378Volverás a pensar que estoy completamente pirado… Pero, de nuevo, ha ocurrido. ¡Sí! ¡Dios ha vuelto a hablarme! ¡Se ha cruzado conmigo! ¡El mismísimo Dios ha vuelto a aparecer, con sones y trompetas, en mi vida! Y me ha cuidado y acariciado como sólo él lo sabe hacer: como un Padre bueno. Él es el mejor amigo que me he podido echar: me río con Él, lloro con Él, me comprende como nadie. Y –a pesar de que conoce todas mis miserias porque yo se las cuento y porque tiene un sexto sentido con el que me cala antes de que empiece a cantarle mis obsesiones– nunca me juzga. Sólo me escucha. Me anima. Me reprende con ternura. Me ayuda. Me acompaña. ¡Mi amigo Dios nunca se cansa de mí! ¡Qué gustazo! Y encima ahora le ha dado por hacer bricolaje.

Casi todos los días voy a la Iglesia y me siento delante de Él. Muchos días hablo como un papagayo, repito oraciones como un histérico y, comprando todas las papeletas para agotar al mismísimo Dios, no me paro a escucharle. Pero Él –el amigo más fiel que tengo, el más paciente y el más cariñoso– siempre viene a buscarme y a recordarme que sólo tengo dejarme querer. Esta vez no se ha presentado como aquel pobre que me encontré en Malasaña, al que le regalé mi abrigo porque me rompió el corazón y que varios meses después, cuando más lo necesitaba, me dio un fuerte abrazo dejándome claro que Dios siempre premia al que cuida a sus preferidos. Esta vez tampoco me llamó al teléfono móvil, por medio de Blanca, una mujer que vive en la calle que me dijo que era la única persona en la que podía confiar en este mundo justo cuando estaba pasando por mi cabeza que mi vida no tenía sentido. ¡Esta vez Dios ha hecho de Padre a través de mi padre! ¡Y me arregló una persiana!

Para ser justo, la semana pasada ya me mostró su grandeza, librando a mi madre de un cangrejo que le pellizcaba con saña desde hace ocho años. Pero esta semana quería mostrarme lo impresionante que es a través de un detalle del hombre al que me puso, hace veintinueve años, a su cuidado: aquel hombre que, aunque escrito pueda parecer cursi, sigue girando la cabeza si digo “papá” o “papi”. A comienzos de semana, cuando no me lo esperaba, me llamó por teléfono por medio de su abogada: su mujer. Mi madre. Mamá. Mami. La conversación fue más o menos así:

– Hijo, dice papá que si te viene bien, si no vas a tener a nadie en casa en el Puente, vamos para Madrid, que quiere arreglarte la persiana. Y yo te quiero hacer un puchero.

– ¡Sí! ¡Venid! Todos mis amigos se van fuera en el puente y yo trabajo el domingo por la tarde. Lo del puchero me parece de lujo… Pero, ¿cómo va arreglar la persiana? Si el persianero que vino a ver hace varias semanas para ver si la podía arreglar me dijo que tiene que descolgarse por el patio con un arnés… ¿Se va a colgar papá por el patio interior para hacer rappel- dije partiéndome de risa.

– Qué sí hijo, que sí. Que dice papá que te la va a arreglar. Llámale al trabajo y te lo cuenta.

Y así hice. Le llamé. Y aunque le solté el mismo discurso que a mi madre, él, que a cabezón no le gana nadie, me dijo que se venían a pasar el Puente del 12 de octubre a Madrid, que aprovecharían para salir de Sevilla y cambiar de aires y que, por supuesto, arreglaría la ventana. Yo estaba seguro de que no lo conseguiría. Pero si Jesús dice que “para Dios no hay imposible”, para mi padre, que venía de su mano, tampoco había nada imposible.

Pues bien, ¡dicho y hecho! Dios –junto a su emisario, Antonio, y su abogada, Elvira– viajó cerca 600 kilómetros en coche desde Sevilla, con todas sus herramientas, para arreglarme la persiana, que estaba completamente hecha añicos. El viernes llegaron a mi piso muy tarde así que, después de charlar un poco y ver una serie en la tele, caí completamente KO en el sofá del salón. El sábado por la mañana, mientras mi mamá seguía durmiendo plácidamente, mi papi se despertó prontito y, mientras yo me tomaba un café, empezó a arreglar aquel desaguisado que el casero no quería pagar y que me podía costar un ojo y medio de la cara. En aquel momento fue cuando Dios me descubrió lo que pretendía hacer aquel día. Mientras observaba como mi padre, sacaba las baldas, preparaba la cuerda, se subía en la silla y hacía de McGiver –por cierto, una de las series que nos gustaba ver juntos cuando yo era pequeño– su Padre y el mío me mostró en vivo y en directo como funciona su Amor. Lo hizo con el mejor ejemplo posible, con el de otro padre.

Mi padre, que podría ser perfectamente en ese momento el presentador de Bricomanía, no necesitaba mi ayuda. Pero me involucraba en su operación: me pedía las tijeras, el destornillador, que aguantara un muelle… Mientras tanto, él hacía el trabajo sucio. Y así fue como me di cuenta de qué es lo que Dios quería decirme aquella mañana: que Él me cuida. ¡No necesita mi sobreactuación, mi palabrería! ¡Sólo quiere que me deje cuidar por Él! Mientras que mi padre contaba conmigo para arreglar una persiana pidiéndome que sujetara una cuerda, Dios me susurraba que sólo quiere que le acompañe, que esté ahí observándole mientras Él hace sus maravillas y que, de vez en cuando, me pedirá que le eche una mano. Sólo necesita, eso sí, que le abra las puertas de mi casa porque, si no, es prácticamente imposible que me arregle la persiana. Aunque, mejor dicho, como para Dios no hay nada imposible, estoy seguro de que si la próxima vez le cierro la puerta se asomará por la ventana y me pedirá con cariño que le deje pasar. ¡Porque así son los padres! ¡Pesados! ¡Pero pesados por Amor!

Dios me susurró el sábado que Él se había encarnado en mi padre, que consiguió arreglar, milagrosamente y en sólo hora y media, una persiana que un persianero había dado por perdida. Aunque ya estaba completamente impresionado, boquiabierto, por aquellas palabras que Dios había puesto en mi corazón mientras veía como mi padre hacía su despliegue de bricolaje, Papá Dios volvía a sorprenderme por medio de las palabras que mi papi que, sirviéndose una cerveza después de un trabajo que había ennegrecido sus manos, me dijo entusiasmado con su marcado acento sevillano: “Mira Cali, ya hemos arreglado la persiana. No ha sido tan difícil. Ya ves”. “¿Hemos arreglado?”, le pregunté con una media sonrisa en el rostro. “Sí. La hemos arreglado los dos. Tú también la has arreglado. Sin ti no la hubiera podido arreglar”, apuntó tirando por tierra sus medallas mientras se encendía un cigarro y se secaba el sudor de la frente con la otra mano.

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