Cuentos y relatos

El Gólgota en Pamplona

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¡Papá! ¡Escúchame! Tu Hijo, mi Hermano, mi mejor Amigo, ha vuelto a ser arrestado. Sí, Jesús de Nazaret. ¿Por qué lo has abandonado de nuevo? ¿Por qué? Lo han prendido en Pamplona, una ciudad en la que tengo grandes recuerdos, en la que un día te dije que te seguiría hasta el fin de mis días aunque, hasta hace muy poco, muchos años después, no me he dado cuenta de quién eres realmente: Amor infinito y con mayúsculas. Y sólo he descubierto la punta del iceberg.

Esta vez Judas ha sido un pobre artista que “no sabe lo que hace”, igual que no sabían lo que hacían los judíos que creían que defendían la Justicia cuando mataron a tu Hijo amado, el predilecto, hace cerca de dos mil años. Me imagino que Pilatos posiblemente es, hoy, el alcalde de Pamplona, el concejal de cultura o todos los que han hecho que Jesús sea de nuevo ultrajado, crucificado, a los ojos de todos. Ellos se han lavado las manos. Pero, te lo repito, “no saben lo que hacen”. ¡Perdónalos! Pero me surge una duda: ¿quién soy yo en esta historia? Aún no sé del todo la respuesta, pero la intuyo…

Lo que está ocurriendo en Pamplona no es nada nuevo. Y en el fondo sé que tú has permitido que pase. Porque te has querido entregar, darte, por Amor infinito.

Jesús, sé que estás sufriendo de nuevo entre nosotros. Sé que si quisieras podrías desaparecer de esa exposición y venir con un ejército de ángeles y salvarte. ¡Si pensara que no puedes hacerlo no creería realmente que eres Dios, el Alfa y el Omega, el Todopoderoso! Pero no te voy a probar, ni pedirte que lo hagas ¡No se me ocurre! ¡Dios -Tú- me libres! No quiero tropezar en la misma piedra que aquel ladrón que te dijo que, si realmente eras Dios, te bajaras de la Cruz. ¡Yo sí creo que eres mi Dios, mi Rey! Y sé que no te bajas de la cruz, que no desapareces de esa exposición, porque quieres ser entregado de nuevo para salvar nuestras almas porque te miramos, desde la Iglesia, con comodidad. Y quieres despertarnos hoy de nuestro sueño cómodo, como lo hiciste con tus discípulos, que huyeron horrorizados de la cruz, hace dos milenios.

Si te digo la verdad, en realidad no siempre soy Juan. También soy Pedro. Y como él, me entran ganas de sacar la espada y liberarte. Pero sé que me pides que la guarde. Y que me recuerdas que, mientras te estén juzgando, te negaré tres veces. Y lo he hecho. Mi alma llora de nuevo, amargamente, por mi traición. Te he negado cuando esta mañana me he cruzado con un mendigo y me he ido a mi casa a desayunar calentito mientras él se moría de frío. Te he negado cuando he visto el telediario con indiferencia, como si la violencia que veo no fuera conmigo. Y te he negado por tercera vez cuando, mientras tu estás siendo crucificado en Pamplona, vivo mi fe callada sin transmitirla a los demás, por vergüenza, por ser políticamente correcto, por lo que vayan a decir…

Pero ha cantado el gallo. Y por eso publico estas lineas, arrepentido. No lo hago porque quiera, sino porque estoy obligado a decir, por amor, que eres mi Salvador, que eres un crucificado que ya ha resucitado. Y que has vencido la batalla. Eres el único que puede guiarnos, enseñándonos con tu sufrimiento, con tu dolor, con tu ejemplo, que no somos dioses y que no debemos seguir a carneros de oro como el dinero, el egoísmo, la envidia, la riqueza, la vanidad, el narcisismo, la competitividad…

Papá, Hermano… No soy un dios, sino un simple hijo. Me arrepiento de mi indiferencia ante tu Cruz y la de mis hermanos y me quiero poner a servirte, como un esclavo. Y aunque no me veo digno, lo suficientemente bueno, rápidamente me doy cuenta de que soy más importante de lo que creo, que confías más en mi que yo en mi mismo. ¡Me lo ha revelado una Paloma! Me has regalado una dignidad mucho mayor de la que merezco, como me enseñaste en la parábola del Hijo pródigo. Es impresionante que hayamos sido hechos a imagen y semejanza tuya, del Dios verdadero. Así que en realidad no somos malos, sino muy buenos y solo tenemos que encontrarnos a nosotros mismos, abandonar el mal, la comodidad y revestirnos de lo que realmente somos: hijos amados de Dios.

¡Gracias, Jesús, por haber aceptado hoy, de nuevo, ser ultrajado y crucificado en el Gólgota, en Pamplona! Y perdona a los que lo han hecho y a los que no te hemos defendido como debíamos. No sabemos lo que hacemos.

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