Cuentos y relatos

Y el amor pasó a ser la única regla

 

Me encontraba medio adormilado, con los ojos repletos de legañas, cuando aquel domingo encendí el televisor, mientras intentaba atinar y poner el café dentro de la cafetera. Aún tenía los párpados medio cerrados. La espalda me dolía de la paliza que me había pegado la cama. Y el sol me cegaba a través de la ventana a pesar de que da a un patio interior. Era el primer día luminoso después de meses de lluvia ininterrumpida que me habían parecido milenios. No era un día corriente. No era un domingo más.

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Mientras sujetaba mi cabeza con la mesa de la cocina oí al presentador de las noticias anunciar que el Estado Islámico se había disuelto, que había dejado la lucha. ¡Pegué un respingo! Me tiré de los pelos del brazo y puse la mano bajo el humillo de la cafetera par ver si me despertaba. También me lavé la cara con el agua helada del grifo del fregadero, salpicando todo el suelo. Y, medio histérico, llegué a mirar el calendario para comprobar si había hibernado durante meses y, sin darme cuenta, el día de los inocentes me había atropellado. Pero volví a mirar la televisión y parecía cierto: los periodistas daban paso a imágenes de Al Jazeera que me hacían pensar que sí, que era verdad. ¡Los yihadistas habían renunciado a las pistolas y a los chalecos bomba! Practiqué uno de mis deportes favoritos –el zapping– a más velocidad que Fernando Alonso pero, a pesar de mi incredulidad inicial, todos los canales mostraban las mismas imágenes de unos videoaficionados en la que varios refugiados regresaban a sus casa exultantes de alegría y eran recibidos por los antiguos sembradores del terror que, tras una lobotomía colectiva, tiraban las armas al suelo y acogían a niños a los que pocos meses antes habían dejado huérfanos. “¡Es demasiado para mi!”, pensé con el corazón atribulado, apagando con un espasmo el televisor.

 

“¡Pero si tendría que alegrarme..! ¿Qué me pasa?”, me dije mientras bajaba a la calle para despejarme y respirar aire puro. Gracias a que las nubes se habían despejado, mi vecindario tenía un ambiente más alegre de lo habitual. Los vecinos tenían las puertas abiertas y estaban comentando, animados y en corrillos, la gran noticia. ¡No era para menos! Pero, mi alma volvió a revolverse cuando se dio cuenta de que algo había cambiado, de que el mundo no era igual. Y no sólo en Oriente Medio.

 

Las mujeres tenían el guapo subido, y no precisamente porque se hubieran maquillado más de la cuenta, sino por todo lo contrario. Hasta mi vecina del piso de abajo, una vieja que suele pasear con rulos y con sombras azules alrededor de los ojos que disimulan unas arrugas espantosas embadurnadas de crema, me parecía adorable. Me froté por enésima vez la cara y, cuando cayeron las últimas legañas que quedaban en la mirilla de mis ventanas al mundo, descubrí qué había pasado: no sólo mi vecina, sino ninguna chica llevaba maquillaje, ni sombras de ojos, ni cremas, ni pendientes, ni collares, ni abalorios, ni bisutería… En menos de veinticuatro horas las máscaras habían desaparecido y fui consciente de que estaba ante una auténtica revolución cuando la vieja más antipática del vecindario, que también había decidido lucir sin rubor sus pellejos, me dio tres besos chillándome al oído: “¡Hijo! ¡Hijo! ¡Hijo! ¡Qué guapo eres!”. Me asusté tanto que salí corriendo, bramando. Y recé tres veces: “¡Se han vuelto locos! ¡Se han vuelto locos! ¡Se han vuelto todos locos!”.

 

Cuando llegué al final de la manzana, y miré al semáforo para cruzar la calle, me sorprendí al ver las luces rojas y verdes parpadeaban sin ningún orden y que en el asfalto no había ningún coche. Sólo paseaban ciclistas y padres con carritos de bebé. Mientras atravesaba la carretera, y respiraba oxígeno para recuperar el aliento perdido, me choqué con otra “buena nueva” dentro de aquel manicomio en el que se había convertido el mundo: aunque estábamos en pleno otoño, y en la acera podía observarse que aún había acumuladas montañas de hojas resecas, los limoneros, a pesar de que sus raíces seguían peleándose con el hormigón y con las tuberías, estaban completamente verdes y cubiertos de flores blancas y amarillas. La tierra había avanzado cinco meses de un plumazo en su trayectoria alrededor del sol y había decidido pararse, sin consultar a sus inquilinos, en el primer día de la primavera. Mi reacción ante aquella explosión de tonalidades fue encenderme, con bastante ansiedad, un cigarrillo. Y, aunque ninguno de los que caminaba disparándome su sonrisa de la mona lisa me miró con extrañeza, a los pocos minutos me sentía un completo extraterrestre mientras me acercaba la boquilla a la boca. “¿Qué se habrán fumado estos?”, ironizaba mientras aspiraba con orgullo, como el último fumador que quedaba en la ciudad, una gran bocanada de humo negro.

 

No sé por qué pero en ese momento sentí el impulso, como un mendigo desesperado, de mirar dentro de un contenedor de basura. Quizás intuí que en un cubo de desechos me sentiría más seguro. En mi verdadera casa. Y me aterrorizó, a pesar de que llevaba horas paseando por aquella ciudad de la alegría, descubrir en aquel vertedero de plástico cientos de pulseras, pintalabios de sabores, relojes, pendientes de todos los colores, botes de perfume de ancianos y de jóvenes, colonia para niños, collares… Todas las personas, al unísono, habían decidido aquel domingo que Halloween ya no estaba de moda y se habían despojado del disfraz con el que se maqueaban cada mañana para parecer más atractivos, para ser aceptados.

 

Y, como me había quedado sin habla y sin saber qué hacer, me fui al Paseo de la Castellana a animar a los corredores de una maratón que se celebraba aquella mañana, y a la que no me había apuntado porque me parece absurdo correr sin perseguir nada, sin ganar nada… O, como mucho, un trofeo de hojalata dorado. Aunque lo intuía, no pude evitar reírme a carcajada limpia cuando me di cuenta de que los competidores ya no lo eran. Aunque simulaban que corrían, se dejaban paso los unos a los otros con maestría y nadie pretendía llegar el primero a la meta. Algunos daban vueltas en círculos y los niños atravesaban la meta, para más sorna, de la mano. “¡Esto es absurdo. Una auténtica farsa. ¿Lo habéis oído? ¡No me lo creo!”, grité para que se enteraran de una vez. Pero un adolescente sin granos en la cara, con paciencia, me contó la solución al misterio: “No te inquietes. ¿No te has dado cuenta de que el amor ha pasado a ser la única regla?”. Pero no le creí. Y pensé que, todos se habían drogado, que se habían atiborrado de bebidas con vitaminas y que yo era el único sereno de la ciudad. ¡Ellos no querían competir, pero yo sí! Así que pegué un acelerón y, dando zancadas como Gulliver en la playa de los enanos, me planté en mi portal, no sin descubrir antes que los vecinos habían dejado sus llaves amontonadas en una esquina. “¡Están pirados! Están pirados! ¡Están todos pirados!”, me repetía a mi mismo como un auténtico desquiciado.

 

Después de cerrar la cerradura con ímpetu y tumbarme un rato en el sofá, me bebí de un trago un vaso de agua hirviendo con cuatro sobres de tila. Conseguí calmarme. Y, a las pocas horas, aunque aún estaba un poco mareado y muy confuso, volví a salir a la calle. Más tranquilo y reflexivo, mientras el sol se ponía, se me encendió una bombilla. “¿Y si lo que predicaba Jesús de Nazaret se ha convertido en realidad? ¿Y si Imagine de Lennon ha pasado a ser el himno oficial del planeta?” Y me repetía algunos versos de la letra de aquella canción para ver si descubría la salida del laberinto: Imagina que no hay propiedades. Sin necesidad de avaricia o hambre. Una hermandad de hombres. Imagina a todas las personas compartiendo todo el mundo…Y el mundo vivirá como uno sólo

 

Pero volví a frustrarme cuando, tras sacar el móvil en el bolsillo para llamar a mi mejor amigo y preguntarle si él también necesitaba ser encerrado de por vida en un psiquiátrico, me di cuenta de que nadie caminaba absorto con la pantalla del teléfono iluminándole la cara. Y que en la boca del metro nadie dejaba una vía libre en las escaleras para los más estresados. ¡Y hasta los perros caminaban, mansos, junto a sus dueños! Sin correa, sin bozal, sin ladrar…

 

Me miré en el reflejo de un escaparate para ver que no tenía la cara de Jim Carrey, el protagonista del Show de Truman y, de reojo, vi a Judas, aquel viejo amigo que había pasado a engrosar la lista de mis mayores enemigos. Y reflexioné con picardía: “¡Ésta es la mía! ¡No todos pueden ser tan buenos! ¡Si este me dirige la palabra y me mira a los ojos de nuevo creeré que el mundo ha cambiado! ¡Y admitiré que Dios existe, que ha hecho un gran milagro!”. Cuando paso a mi lado, no sólo se paró, sino que le escuché decirme con timidez: “Hola”. Me dio un abrazo y, emocionado, me pidió perdón con lágrimas de felicidad en las mejillas. “¿Y que hago yo ahora? ¿Hago lo mismo? ¿Le perdono a pesar de todo el daño que me ha hecho? ¿Le pido también perdón?”, comentaban mis neuronas ante su inédita reacción, tras años dolorosos de distanciamiento. Pero, lo único que pude hacer es darle la mano, volver a salir corriendo y sentir que ese amigo, al que tanto había querido, y al que tanto había llegado a odiar, no debería llamarse Judas, sino Pilatos. La Tierra se había convertido en el Cielo pero yo, seguía aferrado al terreno. No estaba preparado para adentrarme en el Paraíso. El Amor ha vencido, pero yo sigo sin dejar que me abrace.

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