Cuentos y relatos

Y el Niño nació en mi trastero

Interior Trastero 2 (1)María estaba embarazadísima. A punto de parir. Pero José tenía que trabajar al día siguiente en la ciudad, así que ella decidió acompañarle y se metieron en el coche, bajo una luna llena que se veía de día. “¡No puedo dejarla sola!”, pensó él. “¡No puedo dejarle sólo”, afirmó ella. Hablaron por el camino de que, cuando llegaran a su destino, buscarían un sitio donde descansar. Y se tranquilizaron mutuamente diciéndose que si se ponían de parto tendrían a su disposición todos los hospitales de una gran ciudad. ¡Para que preocuparse! Durante todo el trayecto, de más de diez horas, ambos se reían y cantaban con las ventanillas del coche abiertas y sin calefacción. A pesar de que hacía demasiado frío aquel 24 de diciembre, la barriga redonda de María desprendía un gran calor que, como una chimenea, servía para calentarles.

Cuando llegaron a la ciudad era de noche y, como María estaba muy cansada y no sabían a donde ir, aparcaron en las afueras y buscaron un hostal para descansar. Pero no encontraron casi ningún sitio abierto, y los hoteles que tenían una habitación libre eran demasiado caros. El destino les llevó a mi calle. Allí empezaron a llamar a todos los timbres para pedir cobijo y poder pasar, con alguna familia, aquella noche tan especial. Pidieron ayuda sin ninguna vergüenza, con la cara más dura, porque eran dos jóvenes risueños, soñadores, optimistas, confiados. Pero, a pesar de su valentía, nadie les abrió la puerta y María pasó a estar cada vez más cansada. Ese fue el momento en el que les descubrí yo. Mientras ella descansaba en un banco, cantándole nanas al hijo que aún guardaba en su vientre, pegado a su corazón, José iba recorriendo toda la manzana buscando un hostal, un apartamento o una habitación… Pero “no había sitio en la posada”… Conforme pasaban los minutos, y sin María a su lado, el joven parecía cada vez más inquieto. Estaba realmente preocupado.

Yo llevaba varios minutos observándoles desde la ventana de mi casa, mientras me fumaba un cigarrillo recostado en la cama. Al mismo tiempo, mi padre veía el discurso del Rey en televisión, mi madre terminaba de sazonar la pierna de cordero que nos íbamos a meter entre pecho y espalda y mi prima pequeña berreaba por los pasillos pidiéndole el móvil a cualquier persona con la que se cruzaba. Yo seguía observando aquella escena, a aquellos dos enamorados, embobado. Y me preguntaba: “¿Por qué está tan sonriente esa embarazada tan poco abrigada? ¿Qué hacen en la calle a estas horas? ¿Por qué no están cenando con su familia?” Y me maravillaba al ver que mecía su cuerpo para dormir a su hijo, que susurraba y que hablaba con cariño a su hijo como si lo tuviera entre sus brazos.

También me di cuenta de que su marido, que iba con mangas cortas en pleno invierno como si fuera de Bilbao, se presentó ante ella haciendo un gesto de resignación con los hombros y la cabeza. Y que ella se levantó para darle un beso y un fuerte abrazo. Cuando estaba completamente conmovido, abstraído, sin poder pensar en nada más que en aquella pobre y feliz pareja, mi padre me pegó un grito desde la cocina: “¡Niño, hazme el favor de ir a tirar la basura antes de empezar a cenar!” Y aunque siempre me hago el remolón, pegué un salto de la cama desde la que observaba aquel cuadro viviente y fui a la calle corriendo. ¡Quería observarles de cerca! ¡Saber qué les pasaba! ¡Saber qué hacían en la calle cuando debían estar en casa cenando con su familia!

Mientras me dirigía al contenedor para tirar la basura, les miré de reojo. Soy un poco tímido y no me atreví a decirles nada. Pero fue ella, María, la que me llamó: “Hijo, buenas noches, ¿no sabrías algún sitio donde nos podamos a quedar a dormir? No hay nadie por la calle y la noche es demasiado fría para que una embarazada como yo duerma en el coche…”, me dijo sin tomarse demasiado en serio sus propias palabras. Sobre la marcha, mientras ella seguía hablando, porque era muy locuaz, pensé que a casa de mis padres no podía llevarles porque no cabía un alma más y, además, tendría que dar demasiadas explicaciones… Pero, a la vez que pensaba cómo podía ayudarles, me di cuenta de que aquella mujer –por cierto, más guapa que ninguna otra y con las mejillas y los labios sonrosados como si se acabara de tomar un poco de vino– tenía mojados los pantalones. ¡Había roto aguas! ¡Tenía que hacer algo rápido! ¡Ya! Y se me encendió la bombilla: “¿Y si os llevo a mi trastero, a mi refugio?”, les planteé.

Les conté, más nervioso que ellos, que el único sitio que tenía disponible para que entraran en calor era un poco incómodo, pero que había un viejo colchón que podíamos poner en el suelo para que María pudiera reposar mientras llegaba una ambulancia.  Mientras que nos dirigíamos al trastero para que no pasaran frío, la mujer me dio un fuerte abrazo y el chico me chocó la mano con una fuerza inaudita. ¡Ni que fuera carpintero! Por cierto, cuando aquella chica me rodeó con sus brazos, su hijo le pegó una patadita en la barriga. O al menos, eso noté yo. Cuando llegamos al sótano, saqué a toda velocidad la moto que guardaba dentro, encendí las luces ayudándome de una linterna y empecé a preparar con la ayuda de José, que iba a ser padre pero que tenía la cara aniñada, aquella estancia tan mía, tan íntima, que es una extensión de mi propia alma. Allí guardo mis éxitos en forma de diplomas y trofeos; mis fracasos amorosos en forma de decenas de carta de amor que no mandé a su destinataria; las ruedecillas que me ayudaban a montar en bicicleta cuando era niño… En aquel trastero soñé, cuando era un niño, con ser astronauta. En la adolescencia con ser médico. Y, por último, decidí que iba a ser periodista, sentado en el pequeño escritorio que utilizaba cuando tenía que pasar las noches en vela estudiando para no escuchar a mis padres, que tienen la costumbre de dormir con las puertas de las habitaciones abiertas y que roncan como si no hubiera un mañana.

Cuando todo estaba listo, intenté llamar de nuevo a Urgencias con el móvil. Pero las líneas de teléfono comunicaban. Lo más seguro es que hubiera sobrecarga en la red de Whatsapp, emoticonos y llamadas para desearse una Buena Noche. Y, mientras que el mundo seguía girando, disfrutando con inocencia, allí estaban María y José, esperando su primer hijo. Mientras que la mujer vestida de sol se tumbaba en el colchón, les dije que iba a subir a casa para pedir ayuda a mis padres y para coger unas cuantas mantas y ropa de abrigo. “¿No te importa? En serio, muchísimas gracias hijo! ¡Dios te lo paga!”, me dijo ella. Mientras subía a casa sus últimas cuatro palabras invadieron mi pensamiento: “¿Dios te lo paga? ¿El dicho no es Qué Dios te lo pague? ¿Dios te lo paga? ¡Qué raro suena! ¿Se habrá confundido?”. Parecía una reflexión absurda, fruto del nerviosismo, pero tiempo después he descubierto que no lo era.

Después de coger unos cuantos víveres y todas las mantas que encontré por los cajones, me di cuenta de que toda mi familia estaba sentada a la mesa y  que mi abuelo había empezado a entonar sus quejíos flamencos que ya son tradición en Nochebuena. Y sospeché cuando recordé que las luces de colores que adornan las calles se habían apagado. “¿Ya era medianoche? ¿Me había perdido la cena y nadie, con el barullo, se ha dado cuenta? ¿Pero si creía que había estado con María y José apenas unos minutos? ¿Cómo se me ha podido hacer tan tarde?”, me repetía mientras volvía a ver cómo estaban mis huéspedes. En aquella noche de locos me descolocó hasta el cielo, donde descubrí una estrella luminosa, más grande que Marte, en la que no había reparado antes. Cuando llegué a mi habitáculo, dejé en el suelo las mantas, la caja de leche y unas galletas, lo poco que había encontrado en la lacena. Y cuando golpeé la puerta para avisarles de que había llegado, descubrí que María tenía a una criatura entre sus brazos, envuelta en la chaqueta de José, la misma que ella había llevado toda la noche sobre sus hombros. “¡Ha nacido! ¡Ha nacido! ¡Ha nacido!”, grité ilusionado y lleno de alegría.

Y, cuando me di cuenta realmente de lo que había pasado, me derrumbé en el suelo. Y me postré emocionado delante de aquellos tres huéspedes. ¡Era Navidad! ¡Y el Niño-Dios había decidido nacer dentro de mí! Había venido a este mundo en medio de mis cosas, de mis ilusiones, de mis recuerdos, de mis anhelos, de mis éxitos, de mis fracaso… ¡Y en mi trastero! Lo último que recuerdo de aquella noche fue que, pese a mi atolondramiento, conseguí preguntarle al padre cómo se llamaba la criatura, aunque en mi corazón ya sabía la respuesta. “¡Jesús! ¡Por supuesto, se llama Jesús!”, me respondió con lágrimas en los ojos, emocionado y agradecido. También recuerdo, como si fuera un sueño, que el niño se reía y que casi no lloraba, sobre todo cuando su madre le susurraba con dulzura: “Cuatro angelitos tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan, dos a los pies, dos a la cabecera, y aquí estoy yo, tu mami, a tu delantera. Y te digo: Hijito, hijito… duerme y reposa… Y no tengas miedo de ninguna cosa”.

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