Cuentos y relatos

Y adoraron al niño en mi trastero

magos

El niño no paraba de sonreír en mi refugio, mientras su madre le mecía y José, su padre, miraba a los dos embobados, sin decir absolutamente nada. Yo seguía sin tener cobertura en el móvil y sin poder llamar a urgencias, a pesar de que Jesús había nacido en mi sótano, en el lugar donde atesoro mis mayores recuerdos, mis trofeos y mis fracasos, mis ilusiones y mis miedos. Aunque creía que ya lo había visto todo aquella noche, la aventura no había hecho más que comenzar.

Para tomar un poco el aire, y con la excusa de ver si mi teléfono reaccionaba, volví a salir a la calle. Mientras apuraba un cigarrillo, pensando en todo lo que acababa de vivir, descubrí que un chico de mi edad, con una camiseta y una gorra blanca, estaba empezando a reclutar a los sin techo de mi barrio. Aunque yo no había visto a aquel joven antes junto a María y José, les decía entusiasmado: “¡Ha nacido el hijo de mi amiga en el barrio! ¡Es un pobre como vosotros! ¡Vuestro Rey!” Y, sorprendentemente, aquellos vagabundos, a los que siempre había mirado con pena, resurgían de las cajas de cartones con una sonrisa de oreja a oreja. Incluso los que se refugiaban habitualmente en el vino para calentarse parecían aquella noche más sobrios que yo. Me acerqué a ellos y sentí, por primera vez, que eran los pastores de mi urbanización. Ellos no llevaban ovejas pero cuidaban a los perros, a los gatos y a las palomas que deambulan, abandonadas como ellos, por la ciudad. Aquel chico que conocía también –y tan bien– a María, me dijo, por cierto, que se llamaba Ángel. Con mucha educación, me pidió permiso para poder visitar al chiquillo, a Jesús, en mi trastero. Pero, ¿Cómo sabía que un niño había nacido en mi refugio? ¡Si yo no le había dicho nada!

Completamente obnubilado ante las sorpresas de aquella nochebuena, sin pensar demasiado, le respondí que sí: “¡Por supuesto! ¡Por supuesto! ¡Les hará mucha ilusión!” Comenzaba a hacerme cargo, por fin, de que aquella noche era única, que la Navidad se estaba repitiendo en mi corazón y, por primera vez en muchos meses, cogí el móvil y le arranqué la batería. ¡Quería aprovechar cada instante! ¡Cada oportunidad! ¡Cada minuto! ¡Cada suspiro! ¡Sin distracciones! Sin embargo, a pesar de las evidencias, seguía acumulando algunas dudas en mi mente: “¿Cómo ha podido Jesús volver a nacer hoy en Madrid, entre mis trastos? ¿No nació ya en Belén hace dos milenios?”. Aunque estaba convencido de que me estaba volviendo completamente loco y de que tendría que pedir cita con el psiquiatra de guardia el lunes a primera hora, me sentía la persona más afortunada del planeta.

Pero había más regalos preparados para mí. Cuando aquellos hombres y mujeres nómadas, que dormían bajo el cielo, como los pastores de antaño que cuidaban a sus ovejas, se acercaron al pesebre que José y yo habíamos improvisado en mi refugio de la adolescencia, me di cuenta de que los animales nos habían seguido, y que empezaban a aullar, ladrar y piar, cantándole una melodía a aquel niño que acababa de nacer. ¡Aquel pequeño, aunque no tenía una cuna donde reclinar la cabeza, era demasiado especial! Los mendigos, cuando vieron los ojos de aquel bebé, reaccionaron igual que yo. Con la misma emoción que cuando le vi por primera vez. Y, mucho más valientes que yo, no dudaron en gritar: ¡Bendito seas, Jesús! ¡Bendita seas, María! ¡Gracias por haberte venido a vernos!”. Y noté por primera vez en mi vida que la pobreza, si se mira de forma adecuada, puede llegar a ser la mayor de las riquezas; la fuente de toda la inocencia, del mayor de los entusiasmos.

Cuando aquellos pastores de nuestra era se retiraron con prudencia para dejar descansar a la joven madre y a su hijo, les acompañé a la puerta. Y, con una media sonrisa bobalicona que no se me borraba del rostro, recuerdo que me sentía inmensamente feliz. Pensaba que la noche había terminado de la mejor manera posible. ¡Qué maravilla! Sin embargo, cuando intuía que era la hora de dejar un poco de intimidad a aquella pareja y a su hijo e irme a dormir, porque estarían muy cansados, divisé en un descampado a tres hombres que se habían bajado de sus coches y que charlaban con efusividad. Y se me ocurrió la siguiente idea peregrina: “¿Y si son los tres sabios, los tres Reyes Magos?”.

Me acerqué a ellos para averiguarlo. Aunque iban vestido con ropa normal, y no con largas túnicas como en mi Belén, eran dos hombres mayores, uno con barba blanca y otro con barba negra, y un joven de raza negra vestido como un auténtico hippie. ¡Encajaban en el perfil! Ellos no se percataron de entrada de que les observaba y seguían con su conversación. Por lo que pude detectar, se acababan de conocer. Al final logré preguntarles qué hacían allí, en aquel descampado. Y me dijeron, como si se hubieran puesto de acuerdo para gastarme una broma, que habían visto en internet que aquella noche, justo en aquel punto, se iba a poder ver un fenómeno astrológico que no se había visto, por lo menos, desde hace dos milenios. ¡Los tres habían seguido, por su cuenta, el rastro del cometa Halley, que iba a relumbrar aquella noche, en mi barrio! ¡Y más que nunca!

Mientras preparaban sus telescopios y sus sillas para asistir a aquel espectáculo del Cielo, que sólo los verdaderos astrónomos y los curiosos valoran, me atreví a preguntarles sus nombres. Aunque lo hice, tengo que admitirlo, de una forma algo chulesca: “¿Cómo os llamáis? Venga, ¿cómo os llamáis? ¿A qué adivino vuestros nombres?”. Y, extrañados, me respondieron con otra pregunta: “Chico, ¿dónde están tus artilugios? ¿Tú también vienes a ver la estrella?” Cuando volví a preguntarle cómo se llamaban, el de barba negra me dijo riéndose: “Yo me llamo Melchor, como el Rey Mago”. El anciano de barba blanca, mirando a su compañero, lo apuntaló con maestría: “Pues vaya, ¡qué casualidad! ¡Yo me llamo Gaspar!” Y para colmo, el joven afroamericano, al que ya no me atreví a preguntarle sus credenciales, dijo con un español macarrónico: “¡Yo soy Balta! ¡Bal-ta! ¿Y tú, chaval, cómo te llamas?”

Sólo recuerdo que le contesté algo parecido a esto: “¡Ya no sé ni como me llamo! ¡Ya no sé quien soy! ¡Sólo sé que un niño pequeño ha nacido en mi trastero esta noche y ha revolucionado mi vida! ¡Se llama Jesús! ¡Venid! ¡Deprisa! ¡Deprisa! ¡Y no os olvidéis del Oro, del incienso y de la mirra, aunque ni siquiera sé que es la mirra, porque en esta época ya no se usa mucho!”

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