Cuentos y relatos

Duerme y reposa

tele-bCualquier mujer –y si no que le pregunten a mi chica– se sentiría a salvo a mi lado. Hasta el gamberro más envalentonado se lo pensaría dos veces antes de enfrentarse conmigo en un callejón oscuro y sin salida. ¡Menuda tunda se llevaría! Mido casi dos metros, tengo espaldas de nadador profesional y, por si fuera poco, colecciono en el armario cinturones de kárate. Todos menos el negro, que se me resiste. Pero no soy un monstruo ni nada parecido. Tengo veintinueve años, una sonrisa pintada en la cara y en una juerga no hay quién me gane. Conquisté a mi novia con dos armas de las que estoy especialmente orgulloso: cuando hablo canturreo –en andaluz– y soy el que mejor cuenta chistes de mi pandilla –aunque eso no es demasiado difícil porque la mayoría son del norte y bastante estirados–. Como firma Mary Poppins su currículum, “prácticamente perfecto en todo”. Pero tengo un secreto. Una debilidad. Un talón de Aquiles que sólo conoce mi madre y mi hermano pequeño. ¡Odio la oscuridad! ¡Odio la oscuridad! ¡Odio la oscuridad!

Desde que tengo uso de razón, y aunque lo he intentado miles de veces, no puedo irme a dormir y apagar la luz como una persona normal. Siempre duermo con la puerta abierta. Y con la lámpara del pasillo encendida. Recuerdo que un día, con trece años, cuando –por decirlo fino–los vellos cubrían ya las partes más impúdicas de mi cuerpo y el acné apacentaba mis hormonas, me desperté a media noche y descubrí que mi madre había apagado la luz del pasillo sin que me diera cuenta. Y me meé encima. Con literalidad. Sólo después de darle al interruptor –mientras que, avergonzado, quité las sábanas y le di la vuelta al colchón– mi corazón dejó de ser una tamborrada. Pero anoche, por primera vez en mi vida, decidí que había llegado el día D y la hora H. ¡Por razones de fuerza mayor! Hace nueve meses, completamente enamorado, le regalé un anillo a mi chica. ¡Y vamos a casarnos! Pero, ¿cómo le voy a decir, a sólo una semana de la noche de bodas, que su marido, cuando no haya luna llena, se hará pis encima? ¡En la cama! ¡En su cama!

¡Pero no soy un cobarde! ¡Ni una nenaza! ¡No tengo pánico a la soledad, sino a la maldita oscuridad! Por eso ayer estrené el piso en el que quiero fundar una familia con una diabólica misión: dormir completamente a oscuras. Antes de pasar por la vicaría quería comprobar si seguía pasándome lo mismo que en la adolescencia porque, como no me va el rollo sadomasoquista, desde aquella noche, la más vergonzosa de mi adolescencia, aún no he vuelto a experimentar la más completa de las tinieblas. Después de tomarme unas cuantas cervezas y un trago de whisky para mitigar el pánico –lo suficientemente henchido y colocado– bajé la persiana completamente hasta abajo. Quité las pilas de la linterna que, como un fetiche, llevo a todas partes en el bolsillo –también en el del pijama– y, en una subida de bilirrubina, arranqué los cables de la lámpara más cercana a la almohada para no caer en la más fácil de las tentaciones: encender la luz.

Antes de meterme en la cama, di unas cuantas vueltas por el salón. Pero, cuando ya no me quedaba otro comic por hojear y casi había llegado al final de Youtube, noté que había llegado la hora D del día H. ¡O cómo se diga! Cerré la puerta de mi cuarto, me tumbé en la cama con la luz encendida y, con el palo de una escoba entre mis brazos –con el que había decidido engañar a mi futura esposa aquella noche– di varios golpes en todas las direcciones hasta que, con los ojos bien cerrados, acerté a darle al interruptor. Tarde por lo menos dos minutos en abrir de nuevo los ojos. Cuando por fin me atreví a deslizar los párpados por mi córnea para comprobar que, a mi pesar, había alcanzado mi objetivo comencé a temblar, a sudar, a escuchar sonidos de ultratumba y a sentir grandes palpitaciones en el pecho. “¡No ha funcionado! ¡No ha funcionado! ¡Tengo que encender la luz! ¡Tengo que encender la luz!”, pensé machaconamente, mientras que el pánico recorría mis venas como cubitos de hielo. Me sentía enterrado entre las sábanas de seda que nos había regalado mi futura suegra. Mi instinto de supervivencia me llevó a pegar un brinco. Pero tuve la fortuna de que, al apoyarme en la mesita de noche, después de derramar un vaso de tila templada en la cama, mi mano se topó con una figura rugosa que despertó mi curiosidad. Y que me calmó. Era mi primera noche en aquella casa y tampoco sabía muy bien qué es lo que había en ese cuarto, pero aquel bulto que me resultaba familiar anestesió mis temblores por unos momentos. Aunque la cama apestaba a infusión, volví a tumbarme y, con un cierto toque de misterio, traté de adivinar con las yemas de mis dedos qué era aquella estatuilla que me resultaba tan agradable al tacto.

Mientras palpaba la base fría de mármol y el metal caliente que dibujaba una cruz, aquella estancia se iluminó de repente. Vino a mi cabeza, como un relámpago, la persona más luminosa que he conocido nunca, y de la que tenía muy vagos recuerdos hasta ayer. La mujer que, con sus manos rugosas, acariciaba mi pelo cuando aún no me habían quitado los pañales. La señora que me había dejado en herencia ese crucifijo. Y, olvidándome completamente de la noche más cerrada que he vivido nunca, mientras me quedaba profundamente dormido por primera vez en la oscuridad, sentí que escuchaba de nuevo a mi abuela, con su voz de azúcar, recitándome el hechizo que dejó de repetirme, abruptamente, cuando se murió sin consultarme cuando tenía trece años: “¡Hijito! ¡Hijito! ¡Duerme y reposa! ¡Duerme y reposa! ¡Y no tengas miedo de ninguna cosa!

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