Un poco de amor

Mi estrella polar

 

 Su cuerpo está adornado por cientos de lunares. Unos puntos que me iluminan cada día, como miles de estrellas en un cielo abierto de verano. Cuando recorro su piel con la mirada, siempre con disimulo y con cierto pudor, puedo observar constelaciones, auroras boreales y hasta planetas. Estoy seguro de que Dios le tatuó, cuando nació, una estrella polar, la que guía mi camino. ¡Aunque aún no he logrado encontrarla! ¡Y se me acaba el tiempo! Últimamente uno de mis rituales favoritos es buscar cada mañana, en la habitación del hospital donde yace tumbada, antes de que se despierte, la estrella que, como un navegante perdido, ha guiado mi pasado, mi presente, mi futuro y mi destino.

Aunque el auténtico espectáculo astronómico llevo semanas sin contemplarlo. El eclipse se producía cuando salíamos a dar un paseo por las mañanas. Mientras paseábamos al perro. Soy el único hombre del mundo que tenía el privilegio de observar, tan de cerca, el firmamento a la luz del sol. Aunque a veces no tenía demasiada suerte porque mi niña, como hace demasiado frío, se cubría con una parca y una bufanda de lana que, como una nube eterna, me impedían escudriñar la bóveda celeste al completo. Sus botas también ocultaban en invierno la parte del firmamento que más me gusta: sus piernas. Aún recuerdo con qué estilo salían a relucir cuando se ponía esa minifalda roja que le regalé, y que tanto sonrosaba mis mejillas.

Pero mi Cielo, mi firmamento, se apaga. Ahora me encuentro sentado a su lado en una inhóspita habitación de hospital. Y mientras escribo estas líneas para intentar llorar más y más fuerte, mi cara se llena de lluvia fina que me seco con sus manos, lo único que se asoma fuera de la sábana que cubre el universo. Tiemblo cuando pienso que se acerca el Apocalipsis. Aunque a veces dudo que sea cierto, porque Dios no debería borrar de un plumazo todas las estrellas del firmamento. Tampoco ese lunar envenenado que tiene en la espalda, y que lleva a mi niña al final de su existencia. Y al ocaso de la mía.

El cura me ha dicho para calmarme que es su hora, que tiene noventa años y que se va al Cielo. ¡Pero se equivoca! ¡Llevo más de setenta a su lado y aún no he descubierto donde está la estrella polar! ¡Y hasta que la encuentre ella no puede abandonarme! Y aquí sigo, como un navegante perdido, levantando mis cejas y, destapándola, cuando me dejan las enfermeras, rastreo mi Norte. Mi Sur. Mi puerto. Y busco desesperadamente el lucero que, pidiendo un deseo mientras elevo la vista al cielo, a mi cielo, nos salvará.

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