Cuentos y relatos

¿Cómo suena el silencio?

silencioHace una semana me encontraba solo en casa. Pero recibí una visita. Era el silencio. Después de su llegada, asfixiado de las obligaciones, sentí un gran placer al no oír nada. Ni el teléfono, ni la televisión, ni el roce de las ruedas con el asfalto, ni los semáforos para ciegos. Pero pronto noté los pasos que daban mis vecinos en el piso de arriba. El rugido de la nevera, que parece que tiene vida propia. El taconeo constante de las manecillas del reloj que tengo en la pared del salón. Y pasó un segundo. Y otro. Y otro. Y decidí que, a pesar de los obstáculos que estaban surgiendo en mi apasionada cita con la ausencia de ruido, no buscaría ninguna nueva distracción. Pero me costó demasiado porque tengo un vicio. Cuando no sé qué hacer, incluso cuando me quiero quedar dormido, enciendo la radio, pongo música clásica para relajarme, veo un bucle de vídeos interminable en la red o intento actualizar la cadena de mensajes de la última red social. Pero aquella mañana, un ángel me sugirió al oído que era el momento de desterrar el ruido. “¿Cómo suena el silencio? ¿Cómo suena el silencio?”, me preguntó mientras mi pulso se abrumaba.

Cuando aquella cita se ponía cada vez más interesante, sentí casi en la piel, por medio de un zumbido que emitió el ordenador, que me había llegado un nuevo mensaje. Probablemente de mi jefa. Lo sabía porque al mismo tiempo que la computadora me arrebataba la paz, mi teléfono tocó unos cuantos acordes de guitarra, con el que detecto rápido que ha llegado un correo urgente del trabajo. “¿Me levanto o no me levanto?”, medité. Y, como un esclavo sumiso hice el amago de plegarme a la tentación, a pesar de que era domingo por la mañana. Mi único momento libre de la semana. Con mucha fuerza de voluntad, me rebelé. Y volví a sentarme. Aunque crujieron los muelles del sofá, me acomodé de nuevos entre los cojines y decidí que comenzaría una revolución en solitario. La revolución del silencio.

Hoy es de nuevo domingo y, como un torpe aprendiz del sigilo, he apagado el ordenador, he desconectado el móvil como si estuviera en un avión, he parado las manecillas del reloj y he desconectado por unas horas la nevera. Después de comprobar con ilusión que ningún vecino estaba en casa y que no arruinarían mi revolución con sus pasos o con la aspiradora, me he encerrado en mi habitación. Por primera vez en la vida he escuchado los latidos de mi corazón y palpado, con los ojos cerrados, los rayos de sol que atravesaban, con calor, la ventana. Y, cuando no era consciente de si habían pasado unos minutos o unas horas, he recibido el soplido de otro ángel. Voy a comenzar una nueva batalla. Voy a librar una guerra mucho más importante. Un combate sin cuartel contra el ruido de murmuraciones, temores, acusaciones y banalidades que emite mi cerebro. El silencio será mi única arma. La calma me ha permitido sentir que mi corazón late sin permiso, que mis pulmones aspiran oxígeno sin pedirme ayuda, que la sangre recorre mis delgadas venas sin previo aviso y que la vida es el regalo de un artista. Y yo soy su obra maestra. A mi creador, por supuesto, no le gusta gritar. Y sólo se le puede escuchar en silencio.

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