Un poco de amor

El padre más cariñoso del Universo

Después de comer copiosamente y de beber vino junto a él, vestido con su ropa porque la mía estaba sucia, me he tumbado a su lado en el sofá. ¡En casa! ¡En casa! Él se ha quedado dormido y yo he aprovechado este momento de silencio para dibujar con palabras, sin despegarme de él, esta noche de claridad. Hasta hace unos meses me sentía perdido. Desorientado. Abandonado. Pero he vuelto a nacer. El sol ha vuelto a salir en plena noche, cuando menos lo esperaba. Y, aunque aún a veces me escapo de casa a hurtadillas y me tropiezo, siempre vuelvo al lado de mi papá. Él es el único que sabe quien soy. Él me quiere.

Ahora que estoy recostado junto a él puedo adelantar que la torpe travesía que voy a contaros mereció la pena. Era necesaria para que me diera cuenta de que mi padre siempre ha estado a mi lado. Desde que nací. Él escuchó los latidos de mi corazón antes que nadie. Él estaba a mi lado cuando pronuncié mis primeras palabras, por la noche, mientras mi madre dormía. Él fue el primero que con su soplo de vida, susurró mi nombre mientras estaba en el vientre de mi madre, cuando ella aún no sabía que estaba embarazada.

Sin embargo, después de tantos años a su lado, me había acostumbrado a su compañía. Siempre me decía: “Todo lo mío es tuyo. Todo lo tuyo es mío”. Pero, aunque me lo había repetido cientos de veces, no creía que fuera cierto. “¿Todo lo suyo es mío? ¿Todo lo suyo es mío? ¿Qué querrá decir?”, dudaba como un adolescente desagradecido. Recuerdo que de pequeño me sentía seguro cuando caminaba con él de la mano. Pero, a la vez que crecía en estatura, comencé a avergonzarme. Mi desconfianza había hecho que, incluso cuando comíamos en la misma mesa, ya nunca habláramos. Aunque él intentaba preocuparse por mí, me miraba siempre con cariño y acariciaba mi pelo, yo le devolvía sus gestos con recelo. “¿Qué querrá a cambio?”, me preguntaba. Hasta me molestaba que fuera tan bueno. No le comprendía. Mis amigos, en la calle, me habían enseñado que para ser respetado había que ser un poco malo. Aunque en el fondo de mi corazón, cuando me hacía el gallito delante de los demás para ser aceptado, lo que de verdad echaba de menos eran esos partidos de fútbol que jugaba con mi padre en el parque y en los que él se dejaba marcar un gol para hacerme feliz.

Pero la rebeldía y las malas compañías me llevaron a buscar la felicidad fuera de casa. Y, como a veces me sentía mal porque creía que estaba defraudando a mi padre, no se me ocurría otra cosa que preguntarle a algunos de sus compañeros de trabajo qué pasaría si le confesaba mis desmadres para que me ayudara. Pero me mintieron. Ellos tampoco conocían a mi padre, aunque me aseguraban que eran sus amigos. Me decían que él era muy exigente, que me castigaría si me portaba mal, que si no cumplía con sus reglas me echaría de casa… ¡Qué tuviera cuidado! ¡Qué tuviera cuidado! Así que comencé a vivir una doble vida. En casa me comportaba bien, como un hijo impecable, pero mi alma se sentía cada vez más lejos de él. Me convertí en un mentiroso, en un fanfarrón, que se emborrachaba de tristeza y que, tambaleándome, volvía a casa y me encerraba rápido en mi habitación sin darle tan siquiera las buenas noches.

Me sentía culpable. Así que, armándome de valor, decidí ser yo mismo y abandonar definitivamente la casa de mi padre, donde me sentía un extraño. Estaba convencido de que él era un dictador como me habían sugerido sus colegas y no estaba dispuesto a aceptar sus monsergas. Una mañana, resacoso, le robé bastante dinero, cogí toda mi ropa y cuando ya había cogido todo lo que necesitaba, pegué un portazo sin despedirme y me fui corriendo. Pronto me quedé sin nada. Cuando ya me lo había gastado todo, tuve que dormir tres noches al ras del suelo, pidiendo comida y consuelo a otros mendigos como yo, y acabé exhausto. Quería morirme. Acabar con todo. Recordé que hasta los pobres que llamaba a la puerta de la casa de mi padre –de mi antigua casa– vivían mejor que yo.

Admito que volví a su lado por conveniencia. Sólo quería un poco de comida, un poco de bebida, una ducha caliente y un techo donde poder dormir. Aunque eso significara que tuviera que asumir las duras reglas de mi padre y la mirada severa que imaginaba que me echaría por haberme escapado de casa sin su permiso. Como ya no tenía dónde caerme muerto, avergonzado, sucio y sudoroso, me atreví a volver a su lado. Cabizbajo. Sólo tuve que andar un rato cuando le divisé a lo lejos. Sentí pánico. Entonces empecé a ensayar en voz baja, titubeando, las palabras que le diría: “Perdón papá. Perdóname. Haré lo que me digas. Pero vuelve a acogerme en casa, por favor. Aunque tenga que dormir en el sótano”.

¡Pero no lo conocía! ¡Me había olvidado de él! Cuando se dio cuenta de que era yo el joven que veía a lo lejos –su hijo–, comenzó a correr hacia mí llorando como un niño pequeño. Nunca le había visto sollozar así. Me dio un fuerte abrazo que no esperaba y, sin soltarme durante al menos diez minutos que parecieron horas, le dije balbuceando con mi boquita de piñón que nunca me saldría de sus estrictas reglas. Pero él me susurró al oído, mientras seguía llorando como un bebé que quiere volver a los brazos de su madre: “¡Hijo! ¡Hijito! ¿Qué tonterías dices? Todo lo tuyo es mío. Todo lo tuyo es mío. ¡No te lo he repetido cientos de veces! Ven conmigo. Y no te preocupes por nada. ¡Estaba muerto de miedo! ¡Estaba muerto de miedo! No me abandones nunca, por favor. ¡Hagas lo que hagas! Te quiero como eres. Yo siempre estaré a tu lado, pequeño”.

Por fin he aprendido, y espero que nunca se me olvide, que no tengo que buscar el calor fuera de su casa. De mi bendita casa. En el salón tenemos una chimenea de fuego —y Amor incandescente— que nunca se apaga. Y cualquier día en el sofá, mientras vemos el fútbol juntos o le cuento cosas de los pobres charlatanes que me encuentro a veces fuera de casa, disfruto llamándole “papá”. También me he dado cuenta de que sus compañeros de trabajo, que aún siguen pavoneándose en el bar diciendo que le conocen muy bien, no saben en realidad quién es mi papá. El padre más cariñoso del Universo. Algún día, cuando surja la oportunidad, les invitaré a casa a tomarse un café con él.

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