Un poco de amor

Un gesto de amor cambia el mundo

panaderíaTumbado en la cama boca abajo, mientras me lamentaba cubierto por las sábanas, el miedo estaba acabando conmigo. Sólo quería morirme. Y estar solo. Me levanté de la cama y, compadeciéndome de mi mismo mientras me miraba al espejo del baño, pensé hablar con María y decirle sólo diez palabras: “¿Por qué me has abandonado? ¿Por qué me has abandonado?” El miedo me corroía por dentro. Era como una serpiente que atravesaba mi cuerpo por dentro y que devoraba mi gallardía, la ilusión y las ganas de vivir. A punto de carcomer mi alma y mi cerebro, las partes más dulces del pastel, aquel reptil me acosaba, mientras que yo seguía encerrado en mi casa, con la llave echada por dentro y las persianas bajadas para ocultar aquel sol de justicia que sacaría a relucir mis vergüenzas en el tribunal de la mañana.

Cuando decidí plantear mis dos preguntas a María, mi novia de toda la vida, me vestí como pude, sequé mis lágrimas con papel higiénico y bajé a la calle para comprar algo de comida. Pero entonces la vi a ella. La panadera. Tenía una sonrisa tan perfecta, con labios delgados sin carmín y graciosas paletas separadas. Su gracia me dio una tregua en mi letargo mientras esperaba para comprar una simple barra de pan. Aún seguía muy dolorido, pero su alegría y sus movimientos de cadera hicieron que, por unos instantes, la serpiente del dolor me diera una tregua. Su contorneo, su alegría, el tintineo de sus pendientes. Todo me gustaba de ella. Se me iluminó la cara con una sonrisa tonta de enamorado cuando me imaginé que era como un panecillo crujiente, con grandes curvas y una melena al viento morena que hacía juego con sus ojos verdes y brillantes.

El problema es que cuando llegó mi turno, después de que aquella bendita señora que se llevó más de cinco minutos eligiendo una barra de pan dorada me permitiera recrearme en mi nueva musa y olvidar a María, me volví a sentir solo. La panadera se fue a reponer el horno. No sólo no le había importado a mi novia de toda la vida, que me había dejado sin explicarme los motivos, sino que también me había convertido en transparente para Lucía, aquella chica pizpireta que prefería reponer el horno de panes a atenderme. También ella se había olvidado de mí. Aquella chica salada que había visto decenas veces detrás del mostrador, y que aquel día resplandeció para mí, me ignoraba. Como un adolescente rechazado, me volví a sentir un completo desgraciado. Cabizbajo, sin orgullo, mi rostro volvió a estar anegado de lágrimas silenciosas, que sequé rápidamente con otro trozo de papel higiénico que había guardado en mi bolsillo antes de salir de casa. Abochornado volvía a pensar que mi vida no tenía sentido, pero mi existencia dio otro giro inesperado cuando escuché aquella vocecita: “Pablo, alegra esa cara, chico. Perdóname, se iba a quemar el pan. ¿Qué te pongo?”, me dijo canturreando. Al ver que bailaban sus labios, y que se acordaba de mi nombre a pesar de que ella no había comenzado a existir para mi hasta ese día, se me cayeron las monedas al suelo por los nervios. Lucía se agachó al suelo, dejó entrever sus piernas, recogió los céntimos y me los devolvió todos junto a la factura más bonita del mundo, con una cara sonriente que ella había pintado para mí. “Adiós, Pablo”, me dijo guiñándome un ojo.

Con mi barra bajo el brazo, mientras atravesaba la puerta con un nuevo rostro, pegándole un mordisco al pan que bien se lo hubiera pegado con ansias a Lucía, sólo podía pensar una cosa: “Me ha llamado Pablo. Se acuerda de mi nombre. ¿Y si le gusto? Se sabe mi nombre. Me ha guiñado el ojo. Le gusto”. Recuperé de pronto mi valentía. Mi hombría. Y volví la mirada hacia atrás. Allí estaba ella, detrás del mostrador, dibujando en el aire una obra de arte de la panadería. O mejor dicho, de la repostería. Instintivamente, en lo más parecido que he hecho nunca a jugarme la vida, volví a entrar en la tienda y, mientras ella sacaba unos dulces del horno, escribí mi número de teléfono apoyado en la pared e inclinándome hacia donde estaba ella sin que se diera cuenta, le di un beso en la mejilla y dejé aquel papel en su mano. Así fue como olvidé, después de una semana carcomido por el miedo al abandono, a mi novia de toda la vida. Volví a convencerme de que un solo gesto de amor puede cambiar el mundo. Y revolucionar una vida.

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