Cuentos y relatos

La fiesta en la descubrí la alegría

lagotiberiadesMe miré en el espejo del cuarto de baño y vi un reflejo equivocado de mí mismo. Miles de fantasmas revoloteaban aquella mañana alrededor de mi rostro e impidieron que descubriera mi verdadera imagen. Me sentía sucio y, aunque me pesaba el cuerpo, hice un gran esfuerzo y me metí en la ducha. El agua caliente había relajado algo mi piel, pero mientras me peinaba noté que sobre mis hombros llevaba aún una mochila demasiado pesada de la que no podía deshacerme. Hundido por aquella carga, me marché sin hacer la cama y sin ventilar la habitación. Por el camino no recordaba ninguna canción que pudiera tararear y me sentía pequeño. Observé que todos a mí alrededor iban rápido, con ímpetu o estresados, pero a mí me costaba hasta caminar. Como si fuera Jeremías, recité una y otra vez para dentro la profecía que mejor encajaba en mi vida: Maldigo el día en que nací, el día en que me dio a luz mi madre no sea bendito”.

Ya en el autobús, de camino al trabajo y después de empaparme con la lluvia porque había olvidado el paraguas, mi cabeza rumiaba toda clase de calamidades: “No valgo nada, estoy perdiendo el tiempo, estaría mejor en la cama o en la tumba”, me decía mientras notaba que tenía los calcetines completamente mojados. Cuando llegué a la oficina noté que los ojos de mis compañeros se clavaban sobre mi como una estaca y aquella desconfianza hizo que ni siquiera pudiera decir los buenos días con dignidad. Aquel edificio lleno de ordenadores se había convertido para mí en un sepulcro y mis lágrimas se derramaban de mis ojos y resbalaban por mis mejillas, sin que pudiera ni siquiera gimotear. Mi cara, mojada e inerte como una piedra después de un tremendo chaparrón, casi ni se movía. Sólo mis labios temblaban a su antojo mientras mi pierna izquierda se meneaba con rapidez como si estuviera tejiendo en una máquina de coser antigua. En aquellos minutos lo único que me consolaba era recordar que mi vida era tan triste como la del santo Job, aunque estaba convencido de que me merecía lo que me pasaba y de que yo no era ningún santo.

Era viernes y, a pesar de que aspiraba a que me atropellara un autobús o a que, al menos, acabara el día para meterme entre las sábanas, hace unas semanas le había prometido a mi hermano que iría a visitarle a su ciudad. Y como buen cumplidor de promesas, después de terminar mi horario de trabajo, en el que apenas conseguía concentrarme porque estaba más muerto que vivo, me subí en el tren y me quedé profundamente dormido. Pero cuando llegué a la estación al mediodía, mi hermano no me esperaba. Después de dar dos o tres vueltas desorientado por el andén, un chico se me acercó y me dijo que venía de su parte y que, si quería, me llevaría a su casa.

Aunque al principio odié a mi hermano porque también él se había olvidado de mí y me había abandonado –otro más–, su amigo, un chaval de mi misma edad, me dio un fuerte abrazo y me dijo que no me preocupara de nada, que él estaría conmigo y que iríamos a la casa de su padre. “¡No temas! ¡Te caerá bien mi padre, ya verás! ¡Tenemos montada una buena allí!”, me repitió en varias ocasiones con salero. Lo primero que hizo fue quitarme la mochila donde llevaba mi ropa y algunos libros y la cargó sobre sus hombros. ¡Sentí un gran alivio! Pero no sólo noté que aligeraba unos cuantos kilos de mi espalda sino que arrancaba esa mochila de pesadumbre que tanto me costaba llevar. “¿Cómo habrá podido quitarme de encima ese peso si nadie había podido hasta ahora?”, pensé extrañado.

Dimos un largo paseo hacia nuestro destino pero, aunque en un principio me sentía inquieto porque aquel joven apenas me hablaba, mis ideas se aclaraban mientras observábamos las verdes praderas a las que nos dirigíamos. Estuve tentado en varios instantes a dejar de lado a aquel desconocido y salir corriendo de nuevo hasta la estación, pero una paz demasiado fuerte me invadió y me sugirió que me quedara junto a aquel joven que no me intentaba consolar con palabras huecas a pesar de mi rostro demacrado. Simplemente estaba a mi lado y me acompañaba. Sólo con mirarle a los ojos intuía que él conocía las lamentaciones silenciosas de mi alma aunque yo no le había contado aún mis desgarros. Percibí que con aquel compañero de viaje mis miserias eran transparentes pero no me asusté. Su sonrisa me demostraba que no me juzgaba. ¡Y eso me bastaba!

Después de una caminata de hora y media horas que juraría que apenas había durado unos minutos, vi una casa blanca y preciosa. Las puertas del jardín y de la entrada estaban abiertas de par en par. Cuando las atravesé todos me recibieron como si fuera alguien más de la familia y me llamaban por mi nombre. Entre aquellos desconocidos también estaba mi hermano, que casi se echa a llorar de alegría al verme. Aunque yo seguía teniendo cierto miedo, los abrazos y los besos de aquellos desconocidos consiguieron arrancarme una sonrisa de mi rostro. Por primera vez en muchos meses una luz parpadeante disipaba las dudas de mi interior: “¿Y si verdaderamente me quieren aquí? ¿Y si no les doy pena? Me tratan como si fuera de su familia. ¡Es alucinante!”

Después de aquel recibimiento, aproveché que era primavera y que había salido el sol para bañarme en un gran lago que había al lado de la casa. Después de bucear en aquella agua repleta de vida, el chico que vino a recogerme a la estación me prestó la ropa de su padre, porque entre tanto alboroto había perdido de vista mis cosas. Aún mojado, me senté en la mesa y comí hasta hartarme. ¡Estaba verdaderamente hambriento! Cuando terminé de comer, después de haber ahogado mis quejas entre risas y chistes absurdos, mientras nos tomábamos un café, comenzamos a cantar, como en una gran fiesta. Primero se animó el anfitrión, pero luego nos fuimos soltando el resto de los invitados. En aquel momento ni me di cuenta, pero ahora pienso que era increíble que una persona tímida como yo se arrancara a cantar y a bailar de forma desinhibida cuando apenas unas horas antes, en mi trabajo, mi corazón retumbaba de dolor como un motor estropeado.

Cuando menos me lo esperaba, en medio de aquel jolgorio, mi nuevo amigo se sentó a mi lado y me susurró con fuerza: “¡Cómo me alegro que hayas venido! ¡Qué grande eres! ¡Te quiero, amigo! ¡Tu hermano me había hablado mucho de ti! ¡Me alegro de que te sientas en tu casa!”. Con más fuerza que antes de que pronunciara aquellas palabras, levanté los brazos y le devolví el fuerte abrazo con el que me recibió en la estación. Como el resto de los invitados de aquella fiesta improvisada pero tan bien preparada, seguí cantando a voz en grito mientras que se esfumaba aquella nube que disipaba mi rostro aquella misma mañana. En un brindis improvisado, mi nuevo amigo se subió a la mesa principal y gritó con una gran sonrisa a los asistentes: “¡Bienvenidos a vuestra casa. Oídme bien, os lo aseguro, ¡vuestra tristeza se convertirá en alegría! Mejor dicho, ¡vuestra tristeza se ha convertido hoy en alegría!”. Abrumado, me di cuenta de que ni siquiera le había preguntado su nombre, pero él se me adelantó y, antes de que continuará la fiesta, dijo: “¡Por cierto, mi nombre es Jesús, para los que no me conocéis aún! ¡Cualquier cosa que necesitéis, venid a mí, que yo se la pediré a mi padre! Y, mirándome a mí –sí, a mí– me guiñó un ojo.

Aquella noche me fui a la cama cansado. Pero la melodía seguía sonando en mis oídos. Sólo podía recordar los increíbles momentos que había pasado en aquella casa blanca, rodeado de gente que, con su felicidad, había enjugado mis lágrimas. Sobre todo pensaba en aquel desconocido que, como un hermano y como un amigo, me había guiado desde la estación aquella mañana cuando estaba más desorientado, después de una larga pesadilla que pensaba que nunca iba a terminar. “¿Qué tiene de especial aquel joven me está acogiendo en casa de su padre, en su propia casa?”, me preguntaba. Y repetí su nombre hasta que me quedé dormido: “Jesús, Jesús, Jesús, Jesús…”

A la mañana siguiente, cuando me levanté, me fui directo al espejo. Después de lavarme la cara, noté que la mochila de pesadumbre que llevaba desde hace unos meses en mi espalda había desaparecido. Me sentí muy ligero de equipaje. Fresco. Vivo. Despierto. Y recordé aquellas palabras que Jesús había proclamado a voz en grito la tarde anterior: “Oídme bien, os lo aseguro, ¡vuestra tristeza se convertirá en alegría! Mejor dicho, ¡vuestra tristeza se ha convertido hoy en alegría!” Y no pude hacer otra cosa que sonreír, asomarme a la ventana y gritar a los madrugadores que estaban preparando el desayuno para que oyeran alto y claro lo que había descubierto: “¡Jesús, bendito sea el vientre que te llevó y los pechos que te criaron! ¡Esperadme! ¡Ahora bajo! ¡Él es la alegría! ¡Él es la alegría! ¡Tú eres la alegría!”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s