Cuentos y relatos

Las cuerdas con las que sostenía el cielo

 Cuando tenía siete años, en las tardes de primavera, me sentaba en mi patinete y mirando al cielo, bajo la Luna y bajo el Sol, me tiraba por aquella cuesta empinada del parque de Montequinto sin miedo. Divisaba aquel paisaje de árboles y sentía la adrenalina de la velocidad como si fuera un piloto de carreras. No tenía vértigo porque sabía que mi madre estaría esperándome abajo, pasará lo que pasara. Recuerdo, como si fuera ayer, la última tarde en la que, siendo un niño, me lancé por aquella resbaladera de asfalto. La pena es que me caí al suelo y, después de aquel accidente, decidí que nunca más debería montarme en mi patinete. Aunque no era la primera vez que me hacía una herida, la decisión la tomé porque aquel día se me acercó refunfuñando un hombre desconocido con el que me choqué sin querer. En vez de levantarme, creo que me dijo: “Niño, ten más cuidado por donde andas. Voy a atarte en cada muñeca unas cuerdas. La que llevarás en la mano derecha sostendrá el Sol y la que llevarás en la derecha sostendrá la Luna. Ten mucho cuidado por donde andas, te lo repito, porque si vuelves a jugar o te las quitas, se caerá el cielo”. Y se fué.

Cuando pude levantarme, aquel hombre ya no estaba y me fui directo a los brazos de mi madre. Lloré desconsoladamente. Aún no me había recuperado ni de la caída ni del susto que me había dado aquel señor engominado y con bigote. Aunque poco a poco, gracias a las caricias de mi madre, me recuperé, a partir de ese día me hice mayor. De golpe. Todo lo hacía con mucho más cuidado, siempre preocupado de no soltar aquellas dos cuerdas que llevaba colgadas en mis manos y que cargaban con todo el Universo. Pronto comencé a darme cuenta de que yo no era el único. Casi todas las personas mayores llevaban esas cuerdecillas también en sus manos. Sólo los niños, cuando eran muy pequeños, estaban libres de esas ataduras. Aunque la mayoría de la gente disimulaba sus cuerdas debajo de relojes o de pulseras, yo sabía enseguida quien llevaba esa inmensa carga. ¡Sus caras les delataban! A la vez que fui ganando peso y estatura aquellas pequeñas cuerdecillas fueron engordando y cada vez me costaba más llevarlas. Algunos días me preguntaba: “¿Por qué tenemos que llevar estas cuerdas con tanta responsabilidad sobre nuestras manos? ¿Qué pasará si me las quito? ¿Será verdad que se caerá el cielo?” Pero no me atrevía a desatarme. Ya no podía.

Conseguí vivir hasta los veintisiete años con esas cuerdas, que se fueron convirtiendo, casi sin darme cuenta, en cadenas. Eso sí, estoy orgulloso porque he logrado sobrevivir pensando que conseguiría sostener el mundo con mi manos, frágiles y pequeñas. Sólo me permitía liberarme de mis cadenas cuando me iba a dormir, porque las dejaba atadas en la mesita de noche. En la oscuridad de mi habitación me permitía soñar y dormir a pata suelta. Pero por la mañana, tras lavarme los dientes y desayunar, antes de ir a la escuela o al trabajo, volvía a ponérmelas. Cuando era más pequeño o un adolescente, a veces olvidaba que tenía la responsabilidad de sostener el Sol y la Luna, como un saco pesado, para que todo fuera bien. Y me divertía. Pero pronto el recuerdo de aquel hombre aparecía como una tormenta de verano y volvía a darme cuenta de que tenía una responsabilidad y debía ser bueno y responsable. Si no, ocurriría un desastre fatal. ¡Y sería mi culpa! ¡Mi culpa! Ante todo, no quería defraudar a mis padres. Ni a mis profesores, ni a mi hermano, ni a mis amigos, ni a mis jefes…

Pero hace un año, no pude más. Decidí que lo mejor era dormirme para siempre, la única formula que conocía para dejar de sostener aquel peso tan grande. ¡El mismo Sol y la misma Luna! Pero, gracias a Dios, un joven de unos treinta años se me acercó cuando empecé a descansar para siempre y empezó a curar mis muñecas magulladas antes de que fuera demasiado tarde. ¡Aquel peso era insoportable, yo no podía con tanto! ¡Estaba dispuesto a desaparecer para que el dichoso Sol y la insoportable Luna, a los que había llegado a tener manía, siguieran en el cielo sin mi! ¡Me daba igual que me llamaran cobarde!

Aquel joven con pelo largo que entró en mi casa, mientras curaba mis heridas, me dijo: “No temas. Despierta. Tranquilo, levántate. Te han engañado”. Cogió mis manos, y con una dulzura con la que sólo me había tratado mi madre, mi padre y mi abuela cuando era un bebé, me explicó con suavidad: “Yo te quitaré esas cuerdas. Sé que al principio eran finas, pero poco a poco han ido convirtiéndose en cadenas invisibles para ti. Me costará un poco quitártelas, pero ten paciencia, yo te acompañaré todo el tiempo hasta que te liberes de ellas”. “¿En serio creías que tenías que sostener tú el Sol y la Luna?”, me preguntó con una sonrisa mientras trabajaba. Yo le respondí: “Todos me han enseñado con su ejemplo que debo llevar este peso. ¿No los ves? Ellos también las llevan. Todos sostenemos el cielo con estas cuerdas para que no se caigan el Sol y la Luna sobre nuestras cabezas”. Reconozco que, en aquel instante, tuve miedo y le grité: “¡No me quites las cadenas! ¡Es peligroso! ¡El Sol y la Luna se caerán!”. Sin embargo, con gran cariño, acariándome como si fuera su hermano pequeño, me contó una historia que nunca olvidaré: “Tranquilo, yo llevaré estas cadenas por ti. Te lo prometo. Sé libre. Te contaré un secreto. El Sol y la Luna son como dos globos de gas, como aquellos que tus padres te compraban cuando ibas a la feria de pequeño. No pesan y nunca se caerán, hagas lo que hagas, porque mi Padre los ha colocado en el cielo. Él me ha enviado a tu lado para te cuente la verdad, te quite este peso y te deje volar como las palomas. Sólo te pediré un favor. Si quieres. Ayúdame a quitar las cuerdas invisibles que atan a tantos hombres. ¡Tengo mucho trabajo! Pero no temas, no temas, porque ya eres libre. Sólo tienes que seguir a mi lado. ¡Antes o después, yo os liberaré a todos!” Después de aquella conversación, aquel joven no desapareció como el hombre engominado y con bigote que me engañó cuando tenía siete años, sino que se quedó a mi lado.

Esta misma tarde hemos bajado al sótano, he recuperado mi viejo patinete y hemos ido los dos al parque. Y aunque ya no parezco un niño inocente de siete años y estoy un poco más gordo, he vuelto a tirarme por aquella cuesta, con la misma ilusión que entonces. Ha sido una experiencia única, sobre todo cuando he visto el Sol y la Luna con la tranquilidad del que no tiene que hacer nada para que el cielo, como si fuera un techo endeble, siga sobre mi cabeza. ¡Lo mejor es que ahora, después de mucho jugar, ya no me siento en el patinete, sino que voy de pie sobre él como una bala! Y sé que si me caigo, aunque aparezca de nuevo aquel señor triste y enfadado, no volveré a hacerle caso. ¡Porque mi amigo, mi salvador, mi guía, esta abajo esperándome! ¡Y me sostiene!

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