Cuentos y relatos

Con los ojos cerrados

ojosCuando me desperté ayer me senté tranquilamente cinco minutos en el borde de la cama para dar la bienvenida al nuevo día. Sin prisas. No sabía qué hora era porque no abrí los ojos, pero descubrí que ya había salido el sol hace bastante rato cuando noté, afinando el resto de los sentidos, como los niños correteaban por la acera como si lo hicieran por mi piel. El suelo estaba frío. Lo tanteé con mis manos para encontrar las zapatillas pero sólo conseguí dar con una. Seguí sin abrir los ojos. Cuando me cansé de buscar la otra, descalzo de un pie, me levanté y repetí el mismo ritual de todos los días. Cinco pasos hacia adelante. Tocar el marco de la puerta. Trece pasos a la derecha por el pasillo hacia la cocina. Abrir la puerta. Y, con los ojos cerrados, oler el café recién preparado. “¡Qué rico!”, dije en voz alta con una sonrisa.

No soy ciego. Pero tampoco abro a menudo mis párpados. He decidido que abriendo poco esas ventanas puedo oír y escuchar, husmear y oler, tocar y sentir más que el resto de las personas, las que siempre tienen los ojos abiertos sin pensarlo. Mi entrenamiento fue obligatorio durante años, así que la vista no es para mí una rutina. Es un regalo. Era ciego de nacimiento hasta que hace un año, cuando tenía treinta y cinco, un médico me curó en el hospital con una simple intervención quirúrgica. En aquella semana que estuve en el hospital ingresado fue cuando decidí, antes de que me dieran el alta, que sólo abriría los ojos un rato todos los días. Para ver el rostro de la persona que estaba a mi lado cuando la luz atravesó por primera vez mis pupilas. Mi mujer. ¿Qué más necesitaba ver?

Y lo he cumplido. Sólo suelo abrir los ojos una vez al día. Cuando escucho la cerradura por las tardes. A las seis, casi siempre puntual, ella llega a casa. Disfruto viendo su silueta. La de la persona que, durante los últimos cinco años, ha estado a mi lado y me ha preparado el café todas las mañanas a pesar de que no le podía guiñar ni siquiera un ojo para agradecérselo. El resto del tiempo leo en Braille, escribo mi próxima novela en mi ordenador adaptado y paseo con mi bastón y con otro de los amores de mi vida, mi perra guía Luz. Con ella respiro aliento puro de las flores del parque, escucho a los pájaros domesticados de mi urbanización y los llantos de bebés salvajes que pasean junto a madres preocupadas. Sólo vuelvo a cerrarlos cuando nos metemos en la cama y no vuelvo a abrirlos hasta el día siguiente, para ver de nuevo su contorno.

Pero ayer por la noche, algo pasó. Cuando mi mujer llegó a casa no pude seguir con los ojos abiertos. Ella me pidió que los cerrara cuando se sentó a mi lado en el sofá. Tenía algo importante que decirme. Y, aunque no quería dejar de ver su dulce sonrisa pintada de rojo, le hice caso. Cuando mis ventanas volvieron a cerrarse no dijo nada. Aquel silencio se hizo demasiado largo. Casi eterno. “¿Y si vuelvo a quedarme ciego para siempre?”, pensé. Al final, mientras oía los latidos de su corazón, tocó mi mano con la suya. La apretó con fuerza y la posó, temblorosa, sobre su vientre. Sin que pudiera decir nada, noté que allí encerrada había otra persona que tampoco podía ver, acurrucada en su abdomen. La que abriría mis ojos para siempre.

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