Cuentos y relatos

Como Santiago y Juan el Bautista

 

martirio de santiago por zurbaran

Martirio de Santiago (Zurbarán).

“Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel” (Marcos 6: 27-28)

Jacobo, sacerdote auxiliar de una pequeña parroquia de un municipio de apenas 30.000 habitantes en la orilla de un caudaloso río, pensaba que terminaría sus días en aquella localidad apacible. En paz. Como todas las mañanas, después de tomarse un café, salió a dar un paseo por el pueblo, que estaba medio vacío en pleno mes de julio. Sonreía. Mientras caminaba conversaba con su Padre, en profunda oración. Se imaginaba que era Juan, el discípulo amado, que murió a los 94 años, de viejo, en una pequeña isla. Mimetizándose con el apóstol más querido de Jesús, él también se quería dedicar a recordar y -¿por qué no?- a escribir sus recuerdos con el Maestro, el Nazareno. ¡Tenía tantos! Jacobo, con 86 años a sus espaldas, soñaba que su vida se apagaría siendo un curilla anciano, agradecido, después de una vida larga de servicio que para él había sido un regalo. Por eso hace diez años, cuando celebró sus bodas de oro como esposo del Esposo, decidió jubilarse, aunque pidió a su Obispo seguir ayudando en una pequeña parroquia. Quería seguir caminando de la mano de su amigo Jesús a otro ritmo, el que le permitía su bastón.

Pero su destino era otro muy distinto. Jesús lo profetizó hace dos milenios: “El cáliz que yo he de beber lo beberéis”. Unas palabras duras que Jacobo había meditado y predicado muchas veces y que intuía que también estaban dirigidas a él, aunque sólo conoció su significado más profundo cuando a las 10 de la mañana, después de haber ordenado un poco el salón parroquial, se dispuso a celebrar Misa con unos pocos fieles. Dos terroristas le obligaron a tirarse al suelo mientras gritaban: “¡Allāh akbar! ¡Allāh akbar!”. Nunca hubiera pensado que un día después de haber celebrado tan contento su santo, la fiesta de Santiago Apóstol (por el que su madre le llamó Jacobo), se iba a tener que enfrentar a dos asesinos del Estado Islámico. Los mismos que, como había visto en la televisión, no soportaban ver cruces de madera o de piedra en pie por las calles de Siria pero que mataban a los cristianos como en los primeros siglos de la Iglesia: cortando la cabeza a sus víctimas o, incluso, crucificándoles. Se acordó de que hace unas pocas horas, antes de irse a la cama, había releído en una biografía de santos que su patrón, el Apóstol, había muerto decapitado. Se llevó la mano al pecho, donde llevaba una medalla de su madre, María.

Durante los minutos que pasó tumbado en el suelo junto a dos monjas y dos feligreses, en la mente de Jacobo aparecían con claridad las siguientes palabras que había pronunciado su mayor Amor: “Un siervo no es mayor que su señor. Si me persiguieron a mí, también os perseguirán a vosotros”. Se las sabía de memoria. Y, aunque los terroristas empuñaban sus cuchillos cada vez más nerviosos y con fuerza, él se mantenía sereno, aunque estaba preocupado por las dos monjas y los dos feligreses que tenía a su lado. A la vez que les hacía gestos para que se tranquilizaran repetía mentalmente el Padrenuestro, aunque no pudo evitar susurrar dos frases en voz alta –“Hágase tu voluntad. Hágase tu voluntad”- que enfadaron a los terroristas.

La decapitación de San Juan Bautista o Degollación de San Juan Bautista, 1607-08, (Barroco Italiano), Óleo sobre lienzo, 361 x 520 cm., Museo de San Juan de La Valetta (Malta)-495.jpg

Decapitación de Juan el Bautista (Caravaggio).

Con la fuerza interior que solo tienen los que, como Santa Teresa, piensan que “no soy yo, sino que es Cristo el que vive en mi”, Jacobo intuyó desde el primer momento que iba a morir. Pero no tenía miedo porque sabía que el Amor es más fuerte que la muerte. Antes de que la policía entrara en la parroquia para salvarles, un terrorista se abalanzó sobre él. Su destino era acabar como Santiago, su patrón, y como Juan, el profeta del que Jesús había dicho que “entre los nacidos de mujer no se ha levantado nadie mayor”. Pero el último pensamiento de Jacobo no fue ni para Juan ni para Santiago sino para su mejor Amigo. “Jesús, Jesús, Jesús…” El mismo que subido a la Cruz, cuando apenas le quedaba un hilillo de voz, dijo con fuerza: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

*Un relato en homenaje a Jacques Hamel, sacerdote de 86 años asesinado por dos terroristas del autodenominado Estado Islámico en la localidad de St. Étienne-du-Rouvray (Francia).

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