Un día...

Mi monopatín rojo

patineteQuizás parece viejo y destartalado, con la pintura carcomida y las ruedas desgastadas. Comprendo que lo miren con escepticismo al lado de esa moto enorme en la que andaba montado hasta hace poco, con luces de largo alcance, ruedas adaptadas para todo tipo de terreno y un motor de millones de caballos. Pero hace pocos meses recuperé mi monopatín rojo del desván y he decidido que nunca más me bajaré de él.

Cuando era un niño, mi tabla de madera, con cuatro ruedas adosadas del tamaño de unas pelotas de pingpong, me llevaba donde quería. Sobre ella vivía grandes aventuras en el parque, en las plazas y en las calles de mi barrio, donde me trasladaba a mundos de fantasía hasta que el sol desaparecía entre árboles con un tono amarillento. Me daba igual quien viniera conmigo. Aunque fuera a pasear sólo, lo pasaba igual de bien. Todo iba siempre sobre ruedas. Mi patinete podía superar cualquier bache, atravesar cualquier trampa e, incluso, si iba a mucha velocidad, planear sobre el agua de un pequeño lago que había al lado de mi casa. Me sentía como un surfista del asfalto.

Recuerdo muy bien el día en el que me bajé de aquella tabla de madera rasposa que me acariciaba. Apareció un niño de mi colegio con una bicicleta enorme y empecé a sentir envidia. Mis amigos se acercaron a ese chico que me hacía la competencia sobre dos ruedas y dudé: “¿Y si mi monopatín no es tan bueno? ¿Y si no soy demasiado bueno?” Cabizbajo y receloso, aquella tarde me despisté y la falta de confianza me hizo caerme al suelo. De la vergüenza, con una rodilla sangrando, salí corriendo a casa y, sumergiéndome en mi sótano mientras lloraba a borbotones, escondí mi monopatín en un rincón, justo detrás de las cajas donde mi padre guardaba los adornos de Navidad. Han pasado diez años y nueve meses desde aquel momento. Me olvidé completamente de mi monopatín hasta que, la pasada Navidad, sin esperarlo, volvió a darme una nueva oportunidad.

Era pleno diciembre y llovía a  mares. Mi madre me pidió que bajara a desenfundar el árbol, el Belén y las luces de colores. Al mover las cajas con desgana, vi con el rabillo del ojo su pintura roja y desgastada. De repente sentí una gran nostalgia. Como un escalofrío. Aunque tenía mi moto azul aparcada al lado, a la que me subía para fanfarronear con las chicas de mi barrio imitando a aquel chico de la bicicleta brillante que hizo que jubilara mi monopatín cuando apenas tenía trece años, sentí un impulso extraño: “¿Y si me subo de nuevo en mi monopatín? Venga, sólo para notar que se siente…”

Antes de atreverme a deslizarme sobre cuatro ruedas en medio de la lluvia, miré a los lados para comprobar que nadie que me viera. Me daba vergüenza. Aunque en los primeros minutos el vértigo me hizo sufrir un par de resbalones porque estaba desentrenado y porque la carretera estaba demasiado encharcada, a los diez minutos la sensación fue extraordinaria. ¡Volví a sentirme como un niño! ¡Libre! Y, aunque en aquel instante no podía pensar en nada, más tarde me di cuenta que cuando encerré mi monopatín en el desván enterré, sin quererlo, a un niño feliz, que había quedado sepultado por la impostura de un estilismo que me hiciera parecer más chulo y un vehículo sobre el que pareciera indestructible. ¡Pero, cuando nadie me veía, seguía sintiéndome tan pequeño! ¡Tan pequeño!

Ahora que vuelvo a pasear a bordo de mi monopatín rojo he nacido de nuevo. Aunque es rebelde y sigue llevándome donde quiere, si me fío de él siempre acabo danzando en planetas desconocidos, a los que no puedo ir sobre mi moto, un vehículo que tengo que dirigir yo y que no me permite viajar a las estrellas sino, en el peor de los casos, estrellarme. Aunque a veces me miran raro deslizándome sobre la carretera con veintitrés años a bordo de un vehículo tan poco usual –pensarán que soy demasiado mayor para esa clase de aventuras– me da igual. Ahora soy yo mismo, el que siempre he sido: un niño.

Dedicado a mi hermano Antonio, que hoy cumple 23 años y que para mi siempre seguirá siendo un niño

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