Cuentos y relatos

Cuando me convertí en un muñeco

juguetesMe encontraba tirado en el sofá. Cada minuto, como en un ritual endiablado, me desperezaba, le daba la vuelta al cojín para no tener la cabeza demasiado acalorada y estiraba la mano para ajustar la orientación del ventilador con la misión de que el aire refrescara, poco a poco, cada una de las partes de mi cuerpo. La pereza me carcomía tanto por dentro como por fuera, después de una semana improductiva y fatigosa de trabajo. Ni siquiera tenía ganas de cambiar el canal de la televisión, a pesar de que emitía un sonido ininteligible de un programa interminable sobre noticias rurales. Cuando llevaba más de una hora mirando al techo, sin saber qué hacer, entre bostezo y bostezo, escuché un golpe fuerte en el sótano que me hizo dar un brinco.

Bajé corriendo las escaleras, dejando las zapatillas por el camino, para ver qué ocurría. Cuando noté el frescor agradable que, como un frigorífico, encerraban esas cuatro paredes en pleno agosto, me olvidé de qué es lo que hacía en el trastero. Me puse a mirar con curiosidad los armarios llenos de cajas y de recuerdos de toda una vida, una vida que ahora no sabía cómo continuar y que se me hacía demasiado larga. Pesada. Cuando intenté sacar de una estantería el tablero de ajedrez en el que había diseñado tantas estratagemas frente a mi padre cuando era un niño, una de las cajas de la última balda se balanceó y a punto estuvo de darme en la cabeza. Como tenía las manos alzadas, pude parar el golpe. Pero caí al suelo de culo, como un portero de fútbol principiante que despeja un gol que va a entrar por la escuadra de casualidad. A pesar de que la caída me había dolido un poco, sobre todo en el orgullo, me eché a reír. “¡Cómo puedo ser tan torpe!”, grité en voz alta.

Estaba tan desganado que me quedé unos minutos sentado el suelo, mirando con intriga esa caja perfectamente embalada que no sabía que contenía. Empecé a arrancar la cinta adhesiva como si fuera un regalo y, aunque me costó abrirla, finalmente lo logré utilizando los dientes. Mis vellos se rizaron de emoción cuando vi que dentro estaban mis muñecos, mi ejército infantil, aquellos amigos con los que había compartido largas tardes de mi infancia jugando y jugando, riendo y riendo, soñando y soñando. Recordé que en aquellos días de infancia el cronómetro, que aquel sábado tanto me pesaba porque iba demasiado rápido y demasiado deprisa, se detenía. Y que, nadando en mi planeta de fantasía, avanzaba, sin pausa, la manecilla del reloj de la alegría.

Cogí uno de esos muñecos de plástico de colores, de apenas cinco centímetros, y comencé a jugar. Al principio miré a la puerta con vergüenza, por si alguien me veía. Pero, ¡quién iba a bajar allí, si estaba sólo en casa! Así que volví a acariciar a mi figurante favorito, el que siempre encabezaba aquel despliegue de personajes con los que inventaba nuevas vidas, y lo puse en primera línea.Se llamaba “Yo”. Era el más alto, tenía un bastón que envainaba como una espada y grandes mofletes. La tabla de ajedrez me serviría como base para iniciar la gran aventura en la que no conseguía convertir mi vida, quizás porque hacía demasiado caso a los que me decía que todo estaba bien y que era mayor para cambiar. Pero con mis amigos de juguete no tenía nada que perder, así que cogí al pequeño “Yo”, así le bauticé cuando apenas tenía cinco años, y me puse manos a la obra.

Pronto me di cuenta de que en la contienda habría unos cuantos aliados pero también algunos enemigos. En lo alto de la guarida desde la que haría el asalto al nuevo mundo (una caja cubierta por una tela arrugada que hacía las veces de una montaña) puse a “Yo”. Muy cerca ubiqué a su madre, una muñeca guerrera; a su padre, un pirata con gafas, y a su hermano pequeño, un niño simpático con una capa y un antifaz. Al lado de “Yo” también situé de manera estratégica a sus amigos, muñecos variopintos de toda clase y pelaje. Me quedaban algunos muñecos que colocar. Los que menos me gustaban. Decidí que irían al tablero de ajedrez, el campo que tendría que atravesar “Yo” para llegar a su destino, un lugar donde nadie podría parar sus sueños.

Cuando, satisfecho, terminé de colocarlos a todos en su sitio, “Yo” y sus aliados estaban enfrentados a “Los Otros”, que señalaban con un dedo levantado y mirada desafiante desde el tablero de ajedrez el camino equivocado, donde había un dinosaurio. Otros tenían los brazos levantados, y le impedirían pasar hacia el destino ansiado, que llamé El Paraíso. ¿Pero cómo lograría “Yo” y los suyos llegar allí si había tantos enemigos por el camino? Estuve a punto de desistir y de pensar que el juego no tenía sentido. “No hay forma de no cruzarme con ellos, porque en la pelea quedaríamos heridos y tardaríamos demasiado en avanzar”, medité inmerso en una guerra imaginaria que veía demasiado real. Pero, sin esperarlo, miré al suelo y descubrí, en una esquina, la pieza que me faltaba.“¡Bingo! ¡Bingo! ¡Bingo!”, canté entusiasmado.

Me había olvidado de un enorme Carro mágico, que sin caballos ni nada que tirara de él, era capaz de transportar a “Yo” donde quisiera. Sobre él “Yo” lo vería todo diferente, desde una altura que daba otra perspectiva. Deleitándome por mi descubrimiento puse el Carro encima de la montaña-caja, subí a mi muñeco preferido y a su hermanito encima y, después de suspirar profundamente, levanté poco a poco mi dedo hasta que el muñeco, sobre ese vehículo indestructible, derrumbó a “Los Otros”. Ambos, los precursores, consiguieron llegar al Paraíso sanos y salvos. “¿Y si hago yo ahora lo mismo y dejo de perder mi vida tumbado en el sofá? ¿Con la cantidad de amigos y aliados que tengo que llevar sanos y salvos al Paraíso?”, pensé. Así fue como, sin recoger ningún muñeco del suelo, me subí al salón y, sentándome en el escritorio, me puse a escribir esta historia. Un cuento que es el comienzo de otro mucho más largo y apasionante, donde el cronómetro está parado y sólo avanza la manecilla de la Alegría.

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