Cuentos y relatos

Chucho es un león

Aquel perro delgaducho, sucio y mojado parecía que llevaba dos días sin nada sólido que llevarse a la boca. Me dio mucha pena cuando hace unos meses, sentado en un banco en el que solía ponerme a escribir todas las tardes de invierno, lo vi buscar comida con desesperación por los cubos de basura sin demasiado éxito. Cada día que pasaba por mi lado estaba más débil. No tenía nada que darle. Cuando lo vi por primera vez era el animal más grande del barrio. Al llegar a las calles de la ciudad de las luces de neón, adornadas con flores de plástico, su rugido era fuerte. Parecía otro. Durante los primeros días su vida fue sencilla. Alegre y fácil. Todos los viandantes le tiraban comida desde las ventanas a cambio de que se desperezara y les mostrara su extraña cabellera roja. Pero a las pocas semanas se cansaron de él y los comerciantes trataban de asustarle para que se fuera de allí. ¿Pero dónde iba a ir, si no conocía otro sitio mejor? Chucho, de apellido “Vete” –así le llamaban–, tenía tanto miedo que incluso las ratas que salían en tromba de las alcantarillas por las noches le asustaban. ¡Con lo grande que era!

Llevaba varios meses sin verle. Pensé que habría muerto o que habría huido. Pero una noche, mientras daba un paseo por el parque pensando en un nuevo relato, me llevé un susto de muerte. Sentí pánico. Sin embargo, aquella parálisis me permitió ver un espectáculo precioso. Mientras que mis palpitaciones y mi respiración se calmaban observé a Chucho, al que reconocí por su color rojo anaranjado inconfundible bajo la luz de la luna. Junto a él había otro animal mucho más grande. Deslumbrante. Creo que era un león. Sí, un gran león rojo con el que Chucho andaba haciendo círculos sin sentido a un ritmo pausado. Paseaban. Desde mi escondite vi que su nuevo compañero le alimentaba, que le lamía las heridas. No pude evitar sonreír cuando descubrí que también jugaban a aullar como si fueran lobos, aunque se me aceleró de nuevo el corazón cuando empezaron a rugir para espantar a los murciélagos que se escondían entre los árboles. Aproveché que se dieron un baño en el lago para huir. Salí corriendo pero seguí pensando.

Esta tarde, cuando he llegado al parque me he puesto a escribir esta historia, pero he tenido que reescribirla por completo porque he vuelto a ver a Chucho. Está más gordo, más limpio, más sano. Ahora parece también un león, aunque aún su forma de moverse dista bastante de la de un verdadero Rey de la Selva. “¡Tantos años en aquel barrio lúgubre habrán hecho algo de mella!”, pensé. Aunque nunca me lo habría imaginado, estoy seguro de que Chucho también es un león y que nunca nadie se ha dado cuenta. Sólo su nuevo amigo. “¿Se habrá dado cuenta él? ¿Sabrá Chucho que el parque donde vive su amigo puede ser su hogar, su selva? ¿Por qué demonios habrá vuelto a este lugar que no es para él? ¿Necesitará pasar más noches mirando a los ojos salvajes de su nuevo compañero para darse cuenta que él no está condenado a vivir entre luces baratas, flores de plástico y restos de comida rápida?”, me pregunté mientras merodeaba a mi alrededor aquel león desentrenado que creía que era un perrillo callejero.

perroleón

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