Experimentos

Y después, ¿qué?

reino.jpgHay cientos de libros de moda que tratan de fortalecer la personalidad y la autoestima o que desgranan la lucha contra la depresión y la ansiedad. Yo he leído algunos. También se ha puesto de moda el mindfullness, la meditación y el yoga para enfrentarse al estrés. Yo también he practicado algunas de estas técnicas. Este mundo puede ser agotador. Entre semana trabajamos sin parar, como pollos sin cabeza, para ganar dinero y para que el fin de semana esté lleno de placeres. Pero siempre me pregunto lo mismo: “¿Y después qué? ¿Y después qué?”

En ocasiones, la vida se limita a tener más, a ser valorados más, a viajar más, a beber más, a ligar más, a ascender en la empresa más. Pero, aunque todo esto puede estar muy bien, vuelve a aparecer en mi mente la duda: “¿Y después qué? ¿Y después qué?” En los casos más extremos podemos incluso dejar nuestra alegría en manos de los “me gusta” de Facebook o de la valoración de nuestro jefe, algo mucho peor. Y no digo esto desde una atalaya, porque yo mismo he caído cientos de veces en este laberinto sin salida en el que se ha convertido este mundo, que hace que crezca tanto nuestro “YO” que, cuando en el telediario aparecen barcazas llenas de refugiados cayéndose al mar en su intento de llegar a las costas europeas, hace que tengamos el corazón demasiado embotado y miramos otra vez al móvil para seguir preguntándonos: “¿Por qué no me habrá escrito en whatsapp esta chica, si estaba conectada?”

Yo he estado secuestrado por este mundo como la mayoría hasta que conocí a alguien que me dijo, cuando ya no podía más, esta pregunta que ahora me planteo antes de hacer nada: “¿Y después qué?” Él no tiró por tierra el mindfullness, la meditación, los libros de psicología o a los terapeutas, que a veces son también salvadores, pero me ha ofrecido una mirada mucho más amplia. Cuando empecé a conversar con él sus afirmaciones no fueron taxativas y radicales, sino simplemente preguntas que me hacían pensar: “¿De qué te sirve ganar el mundo entero si pierdes tu alma?”, me planteó en una ocasión.

Mi encuentro con este amigo, que ha cambiado mi mirada con su mirada, ha sido suave. Lento. Porque él tiene una personalidad muy distinta a la del común de los mortales. ¡Quizás por eso es el hombre que está más vivo de todos! Si nosotros somos invasivos, intentamos cambiar el mundo con nuestras propias fuerzas y no nos conformamos nunca con lo que tenemos, él simplemente nos mira y nos escucha. Le gusta el silencio. “Anda, deja todo lo que tienes, ven y sígueme… No mires atrás”, me dijo otra vez en una de nuestras conversaciones después de que le preguntara, asfixiado como siempre por el voluntarismo, que quería que hiciera. Y me asusté. Claro que me asusté.

Desde que soy un niño él ha estado a mi lado, aunque yo no le reconocía. Primero le descubrí por medio de mi abuela, que me repetía: “Nada te turbe, nada te espante, Dios no se muda, con la paciencia todo se alcanza, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. Luego aprendí por medio de unos versos y de una canción que “ni la vida, ni la muerte, ni lo alto ni lo profundo, ni los ángeles ni principados, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios”. Y aunque yo estaba demasiado inquieto con las cosas de este mundo y quería dejar todo arreglado, él aprovechó un momento en el que ni siquiera tenía nada que llevarme a la boca, solo algarrobas de los cerdos, para acogerme en su casa, darme ropa limpia y prepararme una fiesta que nunca nadie había dado en mi honor.

Hace cerca de dos años, cuando estaba demasiado agotado intentando salvar el mundo pequeño en el que estaba encarcelado, empecé a dedicar unos minutos de mi día a dejarme mirar por mi mejor amigo, que como creo que todos sabéis ya a estas alturas se llama Jesús. Sí, Jesús. Me encanta repetir su nombre. Jesús. Jesús. Jesús. Jesús. No le pedía nada, simplemente me sentaba a su lado en un bar. Le observaba. Leía su vida y la de sus amigos. Y él me observaba con una sonrisa enorme. Casi la veía. Sentado en una mesa de una cafetería, escribiéndole una larga carta de amor mientras pasaba el verano, el otoño, el invierno, la primavera y llegaba otra vez el verano, le conté mis temores, las mentiras que me atenazaban y mis frustaciones. Siempre me tomaba un café y, mientras me fumaba algún cigarrillo de más, él comenzó a hablarme con sigilo. Porque yo ya no le aturullaba con una lista de peticiones interminables y me sentía cada vez más y más pequeño. Lo era y lo soy.

Jesús me dijo que me quería, más que nadie en este mundo, que estaba a mi lado y qué lo único que tenía que hacer para ser feliz era confiar que él y su Papá -los mismos que han creado el Cielo, la tierra y a mí- siempre, siempre, siempre están a mi lado, aunque yo me dedique a huir de ellos. Y que cualquier cosa mala que aparentemente me pase -el dolor, la enfermedad, las contradicciones o las persecuciones- son una caricia de un padre bueno que trata de quitarle a su hijo pequeñito los dos cuchillos con los que nunca debe jugar: la vanidad y la soberbia. Porque “el que quiera salvar su vida la perderá” y “el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios”. Así de claro.

Pero tranquilo, que mi amigo no dice que los que disfruten en esta vida vayan a condenarse cuando mueran como muchos se creen, sino mucho más. Mira lo que le explicó a unos fariseos, los enterados de su época, que iban a pillarle: “El reino de Dios no viene aparatosamente, ni dirán: ‘Está aquí’ o ‘Está allí’, porque mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros”. Algunos privilegiados como yo estamos teniendo un anticipo en esta tierra. Por eso soy ya el hombre más feliz del mundo. Y ya no me importa preguntarme: “¿Y después qué? ¿Y después qué?”

2 replies »

  1. Hacia tiempo que no te leía, pero llegó un día mi hijo Alberto y me dijo que pidiera por tu madre que estaba muy enferma. Me impactó tanto la petición de mi hijo (porque eso significa que se habrá preguntado alguna vez “y después qué”) que no sólo recé por tu madre, aunque ella estará posiblemente más cerca de Jesús que yo, sino que me dije voy a leer a Calixto que siempre me dieron mucha paz sus comentarios, y en ello estoy. Gracias, porque siempre aportas, con esa sensibilidad que te caracteriza, una alegría dentro de los problemas y los malos tragos de la vida y unas ganas de pararte un poco a reflexionar, a dejar por un momento las prisas y a interpelarme, sobre cómo va mi vida.
    ¡Cómo sigue tu madre?

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  2. Pilar, tengo muchas ganas de conocerte, que Alberto es una persona muy grande y eso viene de familia. Él me ha hablado mucho de ti.

    Pues hoy le han dicho a mi madre que ha mejorado, porque Dios es muy grande. Llevaba 10 días ingresada, creían que podía ser una Hepatitis grave o que se hubiera extendido el cáncer que tuvo de mama, pero parece ser que al final se ha quedado en un susto y que sólo tendrá que cuidar la alimentación y hacerse revisiones cada varios meses. Creíamos que iba a ser para más largo pero ha sido una gran noticia de la que nos hemos enterado hoy!!

    Un beso Pilar y le voy a decir que a ver si me lleva a conocerte!

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