Cuentos y relatos

“Él vive en ti”

mufasa

“Se les ha subido la tensión, ¿no te has dado cuenta? En cuanto les ha venido a ver el cura.  No falla”, me dijo una mujer en el hospital.

-“Pero ¿por qué? No lo entiendo, si Dios calma, sana, cura, libera. Es alegría”, le contesté yo.

– “Pues no sé hijo, yo sólo sé que somos todos muy católicos, pero cuando estamos en un hospital no queremos ver a un cura ni muertos, porque es como si nos fuera a dar la extremaunción”.

Esta breve conversación que mantuve el pasado domingo en el hospital con la hija de la zalamera compañera de habitación de mi madre, volvió a recordarme una idea que llevo rondando en la cabeza desde hace mucho tiempo: “La mayoría de los católicos no conocemos a Dios. No le conocemos”. Yo, hasta hace muy poco tampoco le conocía, aunque creía que sí. Después de una noche oscura en mi vida que me ha permitido descubrir la luz más bonita me he dado cuenta de que el mismo Jesús fue el primero en avisarme de que estaba a años luz de conocer a Dios. Por ejemplo, en una ocasión le dijo a sus discípulos, los que pasaban con él todo el día: “¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis?”. En otro momento le dijo a los fariseos, que eran los más religiosos de aquella época: “A mi me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis”. Son sólo dos frases en las que Jesús dice claramente que no sabemos quién es Dios. Que ni nos lo imaginamos.

Creo que no me equivoco si digo que la imagen que tenemos de Dios, que han construido en nuestra cultura, es completamente falsa. Pensamos que Dios es un ser lejano a nosotros, que tenemos que hacer esfuerzos sobrehumanos para cumplir sus mandamientos y que el premio a una vida sacrificada y de cumplimiento de las virtudes es el Cielo. Pues no. ¡No! Eso no es lo que revela la Biblia. Ni Jesús. Ni sus discípulos. Y si alguien te ha dicho eso lo más seguro es que a él también le hayan enseñado mal o que quiera engañarte. “Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”, decía el mismo que hace dos mil años proclamaba que era Dios. Con Jesús sólo hay dos alternativas: o creer que es Dios o pensar que estaba loco.

Yo creo que es Dios y que está loco, pero loco de amor. Porque me ama gratis. ¡Sí, gratis! ¡Sin esperar nada a cambio! No tengo que hacer absolutamente nada para que él me quiera. Si lees el Evangelio, la historia en la que Jesús se proclamó Rey pero aclarando que su Reino no era de este mundo, nos daremos cuenta que él, mientras le escupían y le clavaban en un madero, pronunció una frase que pocos nos atreveríamos a decir cuando nos están atacando: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Cuando lo pienso me parece muy fuerte. Al mismo Pedro, la roca sobre la que construiría su Iglesia, le perdonó sin recriminarle nada sus tres negaciones en el momento más duro de su vida: cuando le estaban condenando a muerte. Si yo hubiera estado en la piel de Jesús quizás habría perdonado a Pedro, pero a renglón seguido le hubiera dicho: “Mira, te quiero mucho Pedro y te perdono, pero voy a elegir a otro para guiar mi Iglesia. Se te queda grande”. Pero Jesús no funciona así.

Sin embargo, que la salvación sea gratuita no significa que no sea exigente. Así que tranquilos, gente virtuosa del mundo. Para empezar, para poder de verdad conocer a Jesús lo primero que hace falta es atravesar el mismo sendero que el maestro. “El que quiera seguirme que coja su cruz de cada día y me siga. Mi yugo es llevadero y mi carga ligera”, dijo en una ocasión. De hecho, si escuchamos las promesas de Jesús a sus amigos en un momento en el que nos pilla débil yo saldría corriendo: “Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió”. En esta misma conversación Jesús lo vuelve a dejar claro: “No conocen al que me envió”. ¡No le conocemos! ¡No le conocemos!

Lo que más me impresiona es que Jesús fue capaz de perdonar a sus discípulos la traición más absoluta, el abandono en el momento más duro de su vida, sin pestañear. “Está para llegar la hora, mejor ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre”. Su reacción no es de enfado, sino todo lo contrario: “Os he hablado de esto para que encontréis paz en mí. En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: yo he vencido al mundo”. Él, que intuye va a ser crucificado, se dedica a dar ánimo al resto. Eso sí que es tener valor.

Pero… ¿qué es vencer al mundo? ¿Ser el hombre con más éxito en el trabajo? ¿Ser el mejor cuerpo del gimnasio? ¿Haber leído los mejores libros, escuchado la mejor música y ser el más inteligente de tu grupo de amigos? ¿Que seamos los líderes de nuestra pandilla o que los fines de semana disfrutemos como si no hubiera un mañana con resaca? Creo que todo esto está muy bien, pero no es precisamente vencer al mundo, sino lo contrario. Para Jesús vencer el mundo es amar hasta el extremo a los demás, aunque no le hagan caso. Pero eso no se puede conseguir esforzándose y con los propios méritos. Lo digo por experiencia. Porque pronto se cuela el interés de que nos respondan, de que nos den las gracias, de que nos valoren por lo buenos que somos y por nuestras buenas obras. La forma de amar que nos enseña Jesús es muy distinta. Sólo es posible querer a los demás con su peculiar estilo si te sientes tan amado, tan amado, tan amado y tan querido por tu Papá Dios que te das cuenta de que, aunque eres muy poca cosa, una hormiga en un universo enorme, “solo Dios basta”, como diría Santa Teresa. Es como cuando el mono hechicero le dijo a Simba en el Rey León: “Mufasa. Él vive en ti”. Varios santos han sentido en su corazón una frase muy parecida: “No soy yo, es Cristo el que vive en mi”.

Aunque haya buscado equivocadamente la felicidad y me haya creído el rey del mundo, Dios me mira con un amor infinito, porque ve lo bueno que hay en mi. Y llora, como hizo por Jerusalén, cuando esquivo mi verdadera identidad (ser un hijo querido y amado por mi Padre). “¿Para qué sirve ganar el mundo entero si pierdes tu alma?”, diría el propio Jesús. Lo bueno es que él está siempre al acecho, buscando a sus hijos queridos. Jesús encarna a la perfección a los personajes de los dos cuentos que más me gustan: el del Buen Pastor que busca a sus ovejitas -os confieso que yo me imagino a los pies de mi pastor muchos días- y el del Padre misericordioso que cuando decides volver a casa, después de una larga travesía gastándote la herencia, te recibe con una gran fiesta y te reviste con su propia ropa. Eso es Amor y lo demás es tontería, como dirían en mi tierra.

Pero lo más maravilloso después de todo esto es que si crees como yo que estás lejos de Jesús pero le buscas, aunque seas consciente de que no eres un discípulo digno y de que aún no has entendido nada de nada, ni de misa la mitad, él te da la receta del mejor medicamento: Espíritu Santo. Después de resucitar, cuando Jesús se apareció a sus discípulos, Pedro y compañía seguían teniendo miedo. De hecho, en un momento dado el Evangelio, cuando él se les aparece tras volver a la vida, cuenta que “ellos, aterrorizados, y llenos de miedo, creían ver un espíritu”. Y Jesús mismo, Resucitado, les intentó tranquilizar: “¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona”. Lo que más me gusta de esta escena es que, tras el susto inicial, se alegran pero siguen atónitos. Y Jesús, como veía que no reaccionaban, intenta quitarle hierro al asunto y les pidió algo de comer. ¡Él sí que es un tío sencillo!

Tras esta escena, yo mismo diría: “Vale. Después de estos signos y de que hayan visto a Jesús resucitado sus discípulos no deberían tener miedo a nada. Así que lo lógico es que se fueran a predicar a los cuatro vientos”. Pero esa tampoco es la lógica de Jesús. Él les dijo a sus discípulos que se estuvieran quietos un poco más: “Yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto”. Es decir, lo que Jesús les quiso decir es que no fueran activistas y que se quedaran orando hasta que él les diera la fuerza que viene de lo alto.

El final de la historia o, mejor dicho, el principio de ella, se puede leer en los Hechos de los apóstoles. Un libro impresionante, digno de salir en los reportajes del programa de Iker Jiménez. En él se cuenta que mientras los apóstoles estaban reunidos en un salón, rezando con la madre de Jesús porque no se atrevían a salir a la calle por si les mataban, el Espíritu Santo lleno sus corazones como una ráfaga de viento y fuego y empezaron a hablar en lenguas extrañas, a profetizar, a curar a enfermos y a predicar llenos de alegría. Algunos dijeron: “¡Están borrachos!”. Y ellos se defendieron diciendo algo así: “¿Pero cómo vamos a estar borrachos si son las nueve de la mañana (la hora tercia)?”. Bastante lógico.

¿Te suena haber visto algo parecido alguna vez en tu vida? Yo sí he tenido la suerte de estar reviviendo un Nuevo Pentecostés. Comparto mi fe con un grupo que, aunque al principio creía que estaban bebidos y flipando, en realidad están llenos del Espíritu Santo. Ahora empiezo a entender, después de mucho tiempo, lo que quería decir Jesús cuando les prometió a sus amigos qué es lo que harían en su nombre: “A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos”. Esto es lo que les prometió Jesús. Y él no se caracterizaba por decir las cosas poco claras. De hecho, precisamente por su claridad, le mataron.

Categorías:Cuentos y relatos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s