Cuentos y relatos

Mi nuevo compañero de piso

piso-644x362Jesús de Nazaret no es un personaje histórico que vivió hace 2.000 años, que fue bueno, que predicó el amor y que los cristianos piadosos admiran. No. Ese no es Jesús. Tampoco es un Dios lejano, que mira a los hombres desde su atalaya y que, como era Dios, ni sentía ni padecía. No. Ese tampoco es Jesús. Uno de mis primeros encuentros con él fue cuando se me apareció por la calle, en el barrio de Malasaña. Otro día me llamó por teléfono móvil y también me dejó muy tocado. Pero hay algunas novedades en mi vida, y quiero contárosla. Desde hace unos meses ya no se me aparece de vez en cuando, mostrando su rostro a través de los pobres que me encuentro en el camino o por medio de mi propia familia, sino que se ha convertido en mi hermano, mi padre, mi madre y en mi mejor amigo. ¡Sí! ¡Jesús es mi nuevo compañero de piso!

Lo primero que puedo decirte de él, que está sentado ahora mismo a mi lado en el sofá, es que es un joven de unos 30 años, de mi misma edad. Y que está vivo. Sí, el mismo que vivió en Palestina hace dos milenios, que pasó por el mundo haciendo milagros y que fue crucificado, está ahora a mi lado. Como lo oyes. Sigue teniendo marcas en los pies y en las manos que demuestran que sufrió la cruz. Pero os lo repito: ya no está muerto, sino que está vivo y vive conmigo. ¡El mismo hombre que nació en Belén, como un pobre que no tenía donde reclinar la cabeza, y que reposó en los brazos de su madre tras morir crucificado, después de haberse desangrado y derramado toda el agua que acumula un hombre en su costado! Lo repito tantas veces porque es muy fuerte. ¡Muy fuerte!

Durante mucho tiempo me explicaron: “Jesús ha muerto y ha resucitado” Y, durante muchos años, cuando me lo decían, me quedaba igual. Seco. Así que te entiendo perfectamente si no tienes la misma experiencia que yo. Sin embargo, él quiso hacerse amigo mío y yo, después de hacerme el remolón y haberme resistido durante demasiado tiempo, le he dejado entrar en mi casa. No podía hacer ninguna otra cosa. No ha sido mérito mío, os lo aseguro. Jesús es el mejor compañero de piso que he tenido en mi vida, y mira que los he tenido muy buenos. Sé que podéis pensar en este momento que estoy loco. Y no tengo ningún problema en admitir que sí, que estoy loco. Estoy loco de amor por aquel que me ha dado la alegría y que me está enseñando a disfrutar del mundo como nunca, pero sin ser del mundo ni adorar lo mundano.

Saber que eres amigo y familia de Jesús tiene muchas ventajas y cero inconvenientes. Aunque lo primero que te imaginas es que para conocerle primero tienes que rezar mucho, sacrificarte mucho y esforzarte mucho (sólo con pensarlo me agobio), lo cierto es que no es así como yo me he encontrado con él. A lo mejor otros le podrán conocer mediante el sacrificio y el esfuerzo, pero hay una vía mucho más fácil. ¡Es un camino estrecho pero accesible! Y ese es el que quiero mostrar a los que lean esto, porque un regalo tan grande no puedes esconderlo. Ahora entiendo muy bien a Pablo de Tarso cuando decía en sus cartas: “¡Ay de mi si no evangelizare!”

Para no utilizar eufemismos y ser sincero sólo puedo deciros que yo lo he pasado de puta pena en algunos momentos de mi vida, empecinado por encontrar lo que me iba hacer feliz. Buscaba la felicidad en el éxito en el trabajo, en el reconocimiento y buscando afecto por las esquinas, quería personas a mi lado que me hicieran sentir que no estaba sólo… Aunque tenía demasiado, siempre me resultaba insuficiente y quería más, hasta que llegó un momento (que duró bastantes meses) en el que sentí un vacío absoluto, en el que nada me llenaba. Noté que mis intentos por ser feliz eran inútiles y pensé, francamente, que había fracasado. Poco a poco, con mucha ayuda divina y humana, pude renunciar a todos esos dioses de pacotillas que me había construido y, paradójicamente, cuando olvidé que tenía que buscar de la felicidad, la encontré. Jesús se presentó con una fuerza arrolladora en mi vida y la cambió. ¡Es imposible de explicar pero tan impresionante!

Cuando he dejado de buscar la felicidad por mí mismo, y he confiado en que Dios me dará todo lo que necesito, como le pasó a Job, él me ha empezado a colmar de bienes. Tengo más amigos que nunca, más cariño que nunca, el mejor trabajo que nunca y una felicidad que no depende de lo que tengo o de lo que no tengo. Así que intento repetir cada día: “El Señor me lo dio, bendito sea Dios”. Y si algo no sale como quiero digo, desde el corazón: “El Señor me lo quitó, bendito sea Dios”.

Desde que Jesús vive conmigo nunca siento que estoy solo. Y he aprendido que él sigue queriéndome, sigue siendo mi padre, mi hermano, mi madre, mi amigo y mi compañero de piso, aunque a veces deje la casa (mi vida) desordenada, aunque me agobie por la vorágine del mundo y pase de él o aunque me dedique a poner a caldo a otra persona porque le he cogido manía, por poner tres ejemplos suaves en los que no quede demasiado mal. En esos momentos en los que la cago y me hago trampas en el solitario, mi compañero de piso me quiere aún más.

Aunque a veces tardo demasiado en reaccionar, cuando me doy cuenta de que he metido la pata y de que él sigue a mi lado, viviendo conmigo, descubro que la única manera de volver a ser feliz es decirle: “Hermano, amigo mío, perdóname. Otra vez la he cagado. Ya sabes como soy. Ayúdame a ser como tú, un amigo bueno, un hermano bueno, un padre bueno, una madre buena”. Y con su mirada (con Jesús una mirada es suficiente) me dice: “¡Tranquilo colega! Aquí sigo yo, nunca me voy a ir de tu lado”. ¡Qué paciencia tiene mi compañero de piso, qué fiel es, qué buenos consejos me da y cómo le quiero, cojones!

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2 replies »

  1. Fantástico Calixto. Te ha salido bordado. Como se nota que tienes compañero de piso. Así cualquiera lo consigue. Por qué nos empeñamos en ponerle reparos?

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    • El da la gracia Pilar y está con nosotros aunque le pongamos reparos. Siempre nos dejará que si queremos no nos acerquemos a él, pero nunca va a dejar de intentarlo. Hasta nuestro último suspiro. Al menos yo lo creo así. Un fuerte abrazo!

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