Cuentos y relatos

El salvador que necesitaba ser salvado

persons-person-maleManuel era un joven educado, simpático y sonriente que se dedicaba a salvar a los demás. Le habían dicho que esa era la única forma de ser bueno. Desde muy pequeño le contaron que debía ayudar, servir y estar a disposición de los otros cuando le necesitaran. Cuando aún le llamaban Manolillo nunca le decía que no a un compañero de clase que le pedía un trozo de su bocadillo en el recreo. También intentaba contentar a los profesores y a sus padres sacando buenas notas y preocupándose mucho cuando una multiplicación le salía mal. Cuando se hizo mayor, su abuelo le contó que era el niño más bueno que había conocido nunca porque, cuando le pedía que se quedara sentado en un banco mientras él hacía un recado, ni se movía. Su madre le contó otra vez que un día le pidió que se quedara quieto mientras ella limpiaba y, cuando pasó una hora, él le preguntó con dulzura: “¿Ya, mamá? ¿Ya, mamá?”. Y ella le respondió: “Claro que sí, hijo. Que se me había olvidado que seguías ahí sentado. ¡Corre y vete a jugar!”

Cuando pasaron algunos años, aquel imberbe angelito se convirtió en un hombre. Pero Manuel, aunque tenía en su rostro algo de barba, seguía llevando al niño buenecito dentro de su caparazón. Se convirtió en un trabajador eficiente al que no le importaba salir más tarde de la oficina. Cumplía a rajatabla las exigencias de sus jefes y trataba de solventar cualquier papeleta, aunque no le correspondiera. Los problemas de sus amigos también se los echaba a sus espaldas. Si les había dejado la novia o si se agobiaban en el trabajo allí estaba Manu para salvarles. O, al menos, para consolarles un rato. Lo más curioso es que, aunque su mochila iba engordando, él se sentía bien siendo un superhéroe. El problema es que su armadura era demasiado frágil. De cristal.

Un día, de golpe y porrazo, a Manolillo le entraron ganas de llorar y Manuel no supo cómo consolarlo. Y el vaso en el que guardaba las lagrimas de los demás estalló en mil pedazos. En una de sus misiones de rescate sufrió una caída tan fuerte que no creía que nunca más pudiera volver a recuperarse. Aquel joven que creía que sabía cómo salvar el mundo, por primera vez en su vida empezó a preguntarse: “¿Quién me salvará a mi?. Y se decía a sí mismo, resignado: “Nadie, nadie me cuidará a mí”. Sospechaba que nunca iba a encontrar a alguien que le quisiera lo suficiente, que le consolara y que le escuchara. ¡El pobre estaba tan magullado! Pasó de ser un salvador a un mendigo de cariño, aunque no sabía ni siquiera qué es lo que necesitaba. ¡El salvador necesitaba ser salvado!

Justo cuando Manuel había tirado la toalla y se tumbó en el suelo, se cruzó con otro joven que no necesitaba ser salvado, porque era mucho más fuerte. Como Manolillo se encontraba medio moribundo en el frío asfalto, él le cogió con sus brazos y cargó con él y con su mochila, que pesaba demasiado. Estaba llena de los trozos de bocadillo que había dado a sus compañeros, de las horas extra en la oficina y de los llantos que Manuel había escuchado estoicamente. La mochila le había provocado fuertes hendiduras en los hombros.

El buen samaritano que recogió a Manuel en el camino le preguntó: “Manolillo, ¿te parece normal todo el peso que llevabas en esa mochila sin beber ni siquiera un poco de agua en el camino?” El joven ni podía contestarle. Sólo lloraba. Pero su salvador le sonrió y le dijo: “Toma un vaso de agua. Bebe poco a poco y no te preocupes si tienes mucha sed. Porque tengo agua abundante y fresquita para ti”. Y aquel desconocido, que ponto se convirtió en el refugio de Manuel, se le acercó al oído y le susurró con delicadeza: “Te voy a contar un secreto. Yo puedo llevar tu mochila y cargar contigo cuando te caigas porque yo tengo un Padre que me sostiene y que, cuando hablo con él, me da toda la fuerza que necesito. Y él es muy fuerte, te lo aseguro”. Aquella noche Manuel, al mismo tiempo que mecía a Manolillo dentro de su alma, abrió el libro que tenía en su mesita de noche al azar y comenzó a leer: “El hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido…”

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