Cuentos y relatos

Mi pesebre

ordenando“Tengo algo parecido al síndrome de Diógenes”. Aquel día, después de haber pasado varias horas aletargado en el sofá, pronuncié estas palabras en voz alta, mientras tenía una especie de revelación. Me di cuenta de que mi casa era un reflejo de mi corazón herido y de que, más que un hogar, parecía un museo de curiosidades. Estaba llena de objetos inservibles. Acumulaba abalorios que había recabado en mis viajes, ropa almacenada en cajas que ya no usaba, fotografías de gente que había sido importante en mi vida y que había desaparecido sin dejar rastro… A algunos les había abandonado yo y otros se habían olvidado de mí.

Como todo no me cabía en las estanterías, en el sótano también guardaba recuerdos de aquella época en la que me dio por ser moderno, de otra temporada en la que me hice un bohemio y los cuadernos de dibujo en los que me imaginaba mi futuro cuando era un niño. “Si ese chiquillo lo hubiera sabido…”, pensaba con nostalgia. También escondía en una caja de zapatos, debajo de la cama, aquellas cartas de amor que escribía a las chicas de las que me enamoraba y que nunca me había atrevido a mandar.

Cuando fui a la cocina a beber un poco de agua me di cuenta de que también tenía el frigorífico vacío, de que los platos rebosaban en el fregadero y de que la ropa sucia ya no cabía en la lavadora. Como no podía con tanto desorden en mi cabeza, decidí que lo mejor era salí a dar un paseo para aclarar mis ideas. Era pleno diciembre y los copos de agua nieve, que no terminaban de cuajar en el suelo, estuvieron a punto de hacerme coger una pulmonía. Así que volví a casa, encendí la chimenea y me puse a hacer todo lo contrario a lo que hace la gente cuando se acerca la Navidad: en vez de comprar, tirar cosas.

Tampoco es que fuera mérito mío. No me quedaba otra. O empezaba a tirar recuerdos y a limpiar la suciedad o pronto tendría que irme yo de mi propia casa. Así que cogí tres bolsas de basura gigantes, una amarilla, una roja y otra azul, y las puse abiertas en el sofá. En la amarilla colocaría aquello de lo que me iba a deshacer, en la roja todo aquello que guardaría y en la azul aquello que devolvería a sus dueños, porque tenía demasiadas cosas que había cogido prestadas y que nunca había devuelto.

Pero la tarea no era sencilla. Me llevó mucho más tiempo del que creía hacer ese trabajo. Cada vez que me daba cuenta de que había algo de lo que debía deshacerme o que tenía que devolver a su auténtico dueño empezaban a asaltarme la duda: “¿Y si me lo quedo un poco más de tiempo?”, me decía a mi mismo cuando veía algunos recuerdos. “Esta fotografía de mi ex debería quedármela… ¿Y si fue el amor de mi vida y vuelvo a encontrarme con ella?”, murmuraba en otras ocasiones.

Cuando no tenía más fuerzas para ordenar mi casa y mi vida, me tumbé en el suelo. El sofá seguía ocupado por las bolsas de basura.”¡Es imposible! Renuncio”, me dije a mi mismo. En ese momento estiré la mano para coger un libro que tenía escondido en la estantería, lleno de polvo: La Biblia que me había dejado en herencia mi abuela. Como la limpieza de mi habitación, aquel libro también parecía inabarcable. Al final lo abrí por el principio y me topé con la historia de Abraham, un hombre al que Dios le pidió que se deshiciera de su propio hijo para probar su lealtad. Y me dije para mí mismo: “Este sí que tiene dos pares de narices, y no yo. A él le pidieron que se deshiciera de lo que más quería y estuvo a punto de entregarlo y yo no soy capaz de deshacerme de esta mierda en la que nado, y que me ha convertido en un esclavo”.

Con el orgullo herido, le grité al Dios que creía conocer algo parecido a esto: “Pues yo también te entrego todas mis cosas. Pero me vas a tener que ayudar”. Y me puse a llenar con rabia todas aquellas bolsas de basura para dejarlas en el contenedor más cercano a la mañana siguiente. Había estado encadenado demasiado tiempo por recuerdos, personas y cosas variopintas y quería ser, por fin, libre. Y de paso tener una casa limpia, donde poder descansar y estar tranquilo.

Aquella misma noche, aunque aún no me había dado tiempo a ordenar ni una décima parte de mis recuerdos, cuando iba a irme a dormir, llamó un hombre a la puerta. Estaba muy apurado. Me pidió por favor que le dejara pasar, que estaba buscando un sitio para que su mujer pasara la noche. Y que estaba embarazada. Me explicó que no tenía nada de dinero y que todas las personas a las que había pedido que le acogieran no tenían espacio en sus casas o le habían mirado con desconfianza. Yo no pude más que sonreír y decirle: “Mira José, el único problema es que habéis venido a una pocilga que estoy intentando limpiar. Ya he tirado unas cuantas cosas y puedo quemar unos cuantos recuerdos más en la chimenea para que paséis la noche tranquilos y para que no paséis frío. Por favor, pasad”. Y así fue como mi casa, que aún era un auténtico desastre, se convirtió en un pesebre para una madre y su hijo, que estaba a punto de nacer.

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2 replies »

  1. Eres grande y buena persona te conozco atraves de mi Hermano Moises y me gusta mucho tus cuetos y las vivencias que cuentas suerte para ti y tu familia us admiradora

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