Cuentos y relatos

¡Soldado, a la guerra!

guerraHay un día en el que, más tarde o más temprano, tienes que enfrentarte a la gran batalla. Es una guerra sin cuartel, contra enemigos que te acechan por todos lados. Yo empuñé las armas hace algún tiempo y, aunque salí con muchos rasguños y hubo algunos instantes en los que creía que era mucho mejor estar muerto que pelear, volvería a librarla. Sin duda. ¡Fue emocionante! Todavía puedo ver en mis brazos y en mis piernas las cicatrices que me dejó aquel enfrentamiento contra mis adversarios y, aunque en plena refriega me dolían las heridas como nunca imaginarías, ahora estoy convencido de que esas marcas en mi piel son incluso atractivas. Un tatuaje de recuerdo.

Me da mucha pena cuando veo a tantos soldados a mi lado que ni siquiera son conscientes de que, más tarde o más temprano, tendrán que pelear contra aquellos malnacidos que les persiguen. ¡Qué frustración, por Dios! Si no hacen nada, terminarán moliéndolos a palos y triturarán sus sesos sibilinamente mientras ellos hacen como si no les pasara nada. Si no empuñan las armas ya, poco a poco irán desgastándose y acabarán medio moribundos, con ganas de tirar la toalla y de sacar la bandera de la rendición. Algunos se han aliado ya con sus destructores, creyendo que así no les harán daño. ¡Qué ingenuos! Sólo puedo hacerles una advertencia: los enemigos siempre seguirán siendo enemigos, aunque se vistan de grandes amigos o te seduzcan con sus cantos de sirena. ¡Cuánta ingenuidad!

También es muy triste ver como otros cobardes se quedan cómodamente en las trincheras, protegidos con una sábana en su sofá, mientras bombardean las murallas de su casa con armamento inteligente. Y me entran ganas de gritar cuando les miro: “¡Qué hagan algo de una vez, no ven que ya están entrando las bombas en su jardín!” Están tan ensimismados que ni siquiera se dan cuenta de que muy pronto serán rehenes. Esclavos. Confían en que el tiempo les sacará de los aprietos, de que los enemigos se olvidarán de aniquilarles y de que, tarde o temprano, sin mover un dedo, saldrán victoriosos. Pero no es así. ¡No! ¡No! ¡No! Es cierto que el enemigo a veces simula que ha declarado una tregua, pero no hay que engañarse. Está preparando una táctica mucho más peligrosa para hacerte añicos. Papilla.

Cuando estalló mi guerra, yo también estaba escondido. Muerto de miedo. Pero, cuando los adversarios estaban a unos metros y ya veía por la ventana que venían degollarme, salí corriendo. Pero no en dirección contraria. En un atisbo de lucidez, me sitúe cara a cara a mis enemigos. Ya no tenía nada que perder. Saqué toda la rabia que tenía dentro y, gritando como un cosaco, empecé a perseguirles yo a ellos. Aunque parecen peligrosos, en el ejército contrario están bastante atolondrados. Mi gran baza fue que, como me habían observado en mi letargo, estaban convencidos de que acabarían conmigo de un plumazo como en otras ocasiones y no se esperaban de que me pusiera delante de ellos con ganas de pelear. Lo primer que hice fue mirarles a los ojos y enseñarles los colmillos. ¡Y vaya si se asustaron! Porque después de varias batallas en las que me había retirado porque creía que era imposible vencer, mis nuevas armas, con las que me había entrenado en el sótano de mi casa para que no me vieran, eran impresionantes. Invencibles.

Cuando empezó la guerra peleaba con mis propios dientes, sin coraza, con el pecho al descubierto. Y fue así como me hice una herida en el costado bastante profunda. Tan aguda que, si miras a través de los tejidos, puedes notar con tus pupilas cómo se mueve mi corazón mientras bombea mi sangre. Pero estoy tan orgulloso de esta hendidura en mi caparazón… Esa marca de guerra es la única que no quiero que se cierre. Porque cuando estoy en silencio, a través de ella, puedo oír un tambor: “Pum, pum. Pum, pum. Pum, pum. Pum, pum”. Y cuando empieza a sonar más fuerte es cuando me doy cuenta de que acecha el peligro de nuevo y, en vez de huir, me pongo mi armadura, el casco, las rodilleras, las coderas y cojo el cuchillo que tengo siempre en mi mesita de noche. Y si hace falta saco también el Kalashnikov que guardo debajo de la cama. Ya no tengo miedo. Porque sé que, aunque en ocasiones tendré que seguir peleando porque algunos miserables no saben a quién se enfrentan, la batalla ya está ganada.

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