Cuentos y relatos

Dos abuelos de la mano y una canción

bola papel.jpgAquella noche estrellada de Navidad caminaba sin rumbo fijo para respirar el aire gélido de Madrid y estirar las piernas. Estaba bastante abstraído hasta que vi a una pareja de ancianos que paseaba cogida de la mano, una postal bucólica a la que nunca hubiera prestado demasiada atención pero que en aquel instante iba a desatar una auténtica guerra nuclear en mi costado. Hace dos meses mi novia, a la que había conocido cuando éramos casi unos niños, cogió mi corazón como si fuera una hoja de papel emborronada, lo arrugó y lo lanzó de nuevo a mi pecho, porque no había otra papelera más cercana. Pensaba que había afrontado muy bien ese revés. Estaba orgulloso de seguir riéndome a carcajadas desde el primer día con mis amigos y de no haber derramado ninguna lágrima por una niñata. Mis colegas me preguntaban: “¿Estás bien, tío?” Y yo les respondía: “De lujo, tío. De menuda me he librado”.

Pero aquellos dos abuelos me hicieron sentir por primera vez solo. Demasiado solo. Empecé a hacerme algunas preguntas, que discurrían en mi cerebro al mismo tiempo que las lágrimas comenzaban a empapar mi rostro. “¿Por qué? ¿Y ahora qué?”, grité en voz alta mientras mi corazón comenzaba a latir con más ímpetu. Mi chica, aquella con la que paseaba de la mano cuando parecíamos unos adolescentes, me había devuelto algunos discos de música, la ropa que tenía en su casa y el cepillo de dientes. Pero, ¿cómo me devolvía mi intimidad? ¿Cómo iba a entrar en calor cuando llegara el frío, si ella era la única piel con la que me abrigaba cuando venían las peores heladas? ¿Por qué no habíamos podido acabar como aquellos dos viejecillos, paseando nuestras arrugas por las calles con los dedos entrelazados?

Nada me hacía pensar que aquella misma noche, a diez días de la Nochebuena, iba a comenzar una nueva historia de amor. Me daba vergüenza que me viera llorar alguien conocido, así que me refugié en la pequeña iglesia de mi barrio. No la pisaba desde hace años. Como estaba llena de gente, porque iba a comenzar la Misa de nueve, me acerqué a ver el Belén que había en una esquina para que nadie me viera los ojos hinchados. Y, aunque estuve delante de las figurillas algunos minutos sin pensar en nada, recordé que mi abuela me había dicho cuando era pequeño que le pidiera al niño Jesús lo que quisiera. Y así lo hice. Dejé a un lado a los pastorcillos y me puse de pie delante de aquel bebé de porcelana tumbado en un pesebre y le espeté: ¿Y ahora qué? ¿Qué hago, niño? No sé qué hacer. ¡Haz conmigo lo que te dé la gana!

Su respuesta no tardó en llegar. A los pocos segundos la gente se calló y se puso de pie y una joven alegre, con una sonrisa de oreja a oreja y con una voz muy dulce, empezó a cantar mientras tocaba su guitarra: “Dile a quien tiene herido el corazón, no pierdas la fe. Pues el Señor tu Dios con su gran amor, cuando invoques su nombre, él te salvará. Él vendrá y te salvará. Él vendrá y te salvará. Alza tus ojos hoy, él te levantará, él vendrá y te salvará”.

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